Donde se detiene el miedo

Capítulo 15: Ruido y humo

Las puertas del hospital se abrieron con un sonido seco, demasiado limpio para lo sucio que se sentía todo por dentro.

Eren no recordaba haber corrido tan rápido en su vida. Ni siquiera en los entrenamientos. Ni siquiera cuando quería escapar de sí mismo.

Bruno lo seguía de cerca, jadeando, con el móvil aún en la mano.

—Planta de urgencias, nos dijo. —dijo entre dientes, sin detenerse.

Eren no respondió. No podía.

Las luces del hospital eran frías.

Todo olía a desinfectante y miedo.

Y entonces la vio.

Mía.

Tirada —casi literalmente— en una silla de plástico, con las manos cubriéndose la cara, el cuerpo encogido como si quisiera desaparecer.

Bruno fue el primero en llegar. Se agachó frente a ella, la tocó apenas en el hombro.

—Mía.

Ella alzó la cabeza con los ojos desbordados.

Nunca la había visto así.

Nunca.

—No sé si está bien —soltó de golpe, entre hipos y lágrimas.

Eren se acercó en silencio.

No sabía qué hacer con tanto dolor ajeno.

Solo se quedó quieto.

Presente.

—Estábamos… —intentó hablar, pero se atragantó con su propia voz—. Estábamos haciendo un trabajo. Como siempre. Como cada semana. Yo… me escapé antes. Fui a buscar a Lorenzo.

Él estaba cerrando. Iba a acompañarme hasta casa…

Se detuvo, se secó la nariz con la manga del abrigo.

—Hubo un ruido. Un chispazo. Dentro. En la cocina.

No sé qué pasó. Pero fue… fue como si explotara algo.

Eren frunció el ceño. Se acercó un poco más.

—¿Una explosión?

Mía asintió, temblando.

—Yo estaba cerca de la puerta. Lo último que recuerdo fue un grito. El suyo. Y luego... estaba en el suelo. Había humo. Mucho humo. No podía verlo. Me dolía todo.

Grité.

Grité tanto que me quedé sin voz.

Eren se agachó junto a Bruno.

Mía los miraba sin verlos del todo.

—Llamé a emergencias. Vinieron rápido. Se lo llevaron… dijeron que tenía quemaduras. Que estaba inconsciente.

No me dejaron ir con él en la ambulancia.

Bruno le tomó las manos.

No sabía qué decir.

Solo la sostuvo.

Eren sintió algo que lo traspasó.

Algo nuevo.

O tal vez algo viejo… pero enterrado.

El impulso de proteger.

De hacer algo.

Cualquier cosa.

—¿Dónde está? —preguntó Eren, incorporándose.

—En observación. No me han dicho nada más. No me dejan entrar —respondió Mía, más calmada, pero aún en shock.

Una enfermera pasó cerca. Bruno se acercó a preguntar. Eren se quedó con Mía.

—¿Te pasó algo? ¿Estás herida? —preguntó con suavidad.

—No. Solo un par de raspones. Me revisaron. Me dijeron que estoy bien. Pero él… él no despertaba, Eren.

Y rompió a llorar de nuevo.

Eren la rodeó con un brazo, torpe.

No sabía hacerlo mejor.

Pero lo intentó.

Y mientras Mía se deshacía en su hombro, él pensó que esto era lo que quería hacer con su vida.

Estar ahí.

Donde todo arde.

Donde todo tiembla.

Donde otros necesitan respirar cuando el humo lo cubre todo.

Pensó en su madre.

Pensó en Lorenzo.

Pensó en Luna.

Y por primera vez no dudó.

Quería ser alguien que sirviera. Que protegiera. Que estuviera.

—Va a salir de esta —le dijo a Mía, aunque no tuviera ninguna certeza.

Porque a veces lo único que podemos ofrecer es una frase que nos gustaría creernos.

Bruno volvió.

—Nada todavía. Sigue en quirófano. Hay que esperar.

Y eso hicieron.

Esperaron.

En medio del frío.

Del miedo.

Del silencio.

Con olor a hospital y el recuerdo de una explosión todavía grabado en el aire.




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