Donde se detiene el miedo

Capítulo 16: Círculos en la piel

El teléfono sonó a las tres de la mañana.

Luna no recordaba la última vez que una llamada a esa hora no le revolvía el estómago.

Miró la pantalla medio dormida, con el corazón acelerado.

Eren.

Respondió con la voz rasposa, los ojos ya bien abiertos.

—¿Eren?

—Luna. Tranquila. Tú estás bien, ¿verdad? —preguntó rápido, casi atropellado.

—Sí, claro. ¿Qué pasa?

Hubo un segundo de silencio. Uno que la preparó para lo peor.

—Estamos en el hospital. Con Mía. Ella está bien, solo muy alterada… pero Lorenzo tuvo un accidente. Una explosión en la cafetería. Está en reanimación. Ha pasado horas en cirugía.

Luna no procesó del todo las palabras, pero ya se estaba poniendo los zapatos.

—¿Dónde estáis? —preguntó con la voz firme.

—Hospital Civil de Venecia. Mía llamó a Bruno. Llegamos hace un rato.

Colgó sin decir nada más. No lo necesitaba.

Ara salió de su habitación al escuchar el ruido, y solo hizo falta una frase para que también estuviera vestida.

Bianca, al verlas prepararse con prisas y caras de espanto, no hizo preguntas.

—Vamos. Yo conduzco —dijo su madre, con la seriedad de quien sabe que hay momentos donde no se discute nada.

---

El hospital era como un mal recuerdo.

Pasillos infinitos, luces demasiado frías, y esa mezcla de urgencia y espera que siempre deja sin aliento.

Encontraron a Mía, Bruno y Eren en una sala pequeña y poco iluminada.

Mía estaba sentada en una esquina, temblando, la cara marcada por el llanto. Bruno le tenía el brazo por encima de los hombros. Eren se levantó en cuanto las vio entrar.

—¿Cómo está? —preguntó Luna en cuanto sus miradas se cruzaron.

—Ya está fuera de peligro. En reanimación. Ha sido una noche larga.

Ara se arrodilló frente a Mía, que al verla rompió en un llanto tan profundo que a Luna se le hizo un nudo en la garganta.

Se acercó con cuidado, como si su sola presencia pudiera ayudar. La abrazó sin decir nada, sintiendo los espasmos de su amiga contra su pecho.

La tensión de la noche se diluyó un poco con la buena noticia, pero el cuerpo de todos hablaba del agotamiento.

—Vente —le dijo Bruno a Ara, con la voz baja—. Vamos a tomar un café. Aunque sea del malo.

Ara asintió y, tras acariciar el brazo de Mía, se fue con ambos pasillo abajo.

Luna se quedó sentada en una de las sillas de plástico junto a Eren.

No se tocaban.

No hablaban.

Solo compartían ese momento extraño en el que todo parece calmo después de haber estado al borde del desastre.

Eren respiró hondo.

Y entonces, empezó a hablar.

—Mi madre murió hace cinco meses.

Luna giró la cabeza, pero no dijo nada.

—Nos enteramos del cáncer tarde. Muy tarde. Cuando ya no había casi nada que hacer.

Pasó de ser la mujer que me despertaba con la radio a no poder levantarse de la cama.

Vi cómo se iba apagando.

Día tras día.

Su voz tembló un poco, pero no se detuvo.

—Yo… intenté estar. En serio. Pero también me alejaba, porque no soportaba verla así. Me siento culpable por eso todavía. Por cada vez que elegí salir a correr, a entrenar, solo para no verla postrada.

Murió en casa.

Yo estaba con ella.

Luna le tomó la mano.

Sin decir una palabra.

Solo eso.

Contacto. Presencia. Silencio amable.

Eren bajó un poco más la cabeza, la otra mano apoyada en la rodilla.

—Y cuando pensé que ya no podía doler más, pasó lo de Anica.

Luna ya había escuchado ese nombre antes.

En tono vago.

En una conversación a medias.

Pero ahora entendía el peso que cargaba.

—Era mi novia. Llevábamos juntos casi un año.

No sabíamos que estaba tan mal.

Era alegre. Creativa.

Tenía una risa que llenaba todo.

Y un día… no volvió.

El silencio se volvió más espeso.

—No dejó una nota. Ni una llamada. Ni una despedida. Solo el vacío.

Y desde entonces… he vivido con miedo.

De que todo lo bueno desaparezca.

De no saber ver cuándo alguien se está cayendo por dentro.

Luna apretó su mano.

Y con la yema de los dedos, dibujó pequeños círculos sobre su piel.

Sin ritmo.

Sin pensar.

Solo porque sentía que eso era lo único que podía ofrecerle en ese momento.

Eren la miró de reojo.

—Cuando estoy contigo, también tengo miedo. Pero también me siento… como si respirar costara menos.

Y eso me da más miedo todavía.

Luna lo miró. Sus ojos estaban cansados. Pero abiertos.

Sin defensas.

Sin máscaras.

—Yo también tengo miedo —dijo ella, en voz baja.

Y eso fue suficiente.

Porque a veces, lo único que se necesita es saber que no se está solo en la tormenta.

Y en esa sala de hospital, iluminada por fluorescentes tristes y café de máquina en vasos de cartón, dos personas rotas se agarraron fuerte a la única certeza que tenían:

El uno al otro.

Pasaron un par de horas.

Nadie dormía.

Pero tampoco nadie tenía prisa.

El hospital se había vuelto una especie de burbuja en la que el tiempo se estiraba y el cansancio era tan constante que ya no molestaba.

Cuando por fin una enfermera se acercó a informarles que Lorenzo había despertado y podían pasar, el alivio fue tan grande que casi dolió.

La habitación era pequeña, blanca, con esa luz tenue que solo se usa en hospitales por la madrugada.

Lorenzo estaba pálido, pero consciente.

Sus ojos, aunque cansados, se abrieron con esa chispa burlona que lo caracterizaba.

—¿Qué hacéis todos aquí? ¿He muerto y no me han avisado? —bromeó, con la voz ronca.

Mía fue la primera en acercarse, aún temblando, pero sonriendo.

Bruno le siguió detrás con un suspiro profundo.

Eren entró en silencio, justo detrás de Luna, como si le bastara con que ella lo sintiera cerca.

Luna se quedó al fondo de la habitación, observando a sus amigos uno a uno.




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