Habían pasado tres semanas desde aquella madrugada en el hospital.
Lorenzo ya caminaba con más soltura, aunque seguía usando la excusa de las quemaduras para evitar cualquier esfuerzo físico que no implicara abrir una cerveza. Bruno lo cuidaba como si fuera su hermano, y Mía se había convertido —aunque no lo admitiera— en la que mejor lo hacía reír cuando el dolor le apretaba.
Eren los observaba desde una esquina de la biblioteca, entre libros y carpetas abiertas.
Él y Luna estaban sentados en la misma mesa.
Cerca.
Pero no tanto como al principio.
No como aquella noche del hospital.
No como cuando el silencio entre ellos se sentía seguro.
Ahora… había algo distinto.
Tensión.
No esa que precede a un beso, sino la que roza el miedo.
El miedo a decir lo que uno siente y que el otro no lo sienta igual.
A que esto —sea lo que sea esto— acabe antes de empezar.
Se veían casi todos los días.
Estudiaban juntos.
Caminaban juntos.
A veces se rozaban los dedos por debajo de la mesa.
A veces se besaban a escondidas en algún rincón de la ciudad.
Pero Eren notaba que Luna estaba más callada.
Más ausente.
Y lo peor es que él también lo estaba.
Porque seguir avanzando requería soltar el pasado.
Y a veces, el pasado tenía uñas muy largas.
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Fue un jueves por la tarde cuando conocieron a Esther.
Una chica de su edad, de cabello castaño claro, siempre recogido en una trenza que le caía por la espalda.
Estudiaba diseño también, y había coincidido con Ara y Luna en un par de clases, aunque hasta ese día no se habían cruzado en la biblioteca.
Fue amable, simpática, inteligente.
Se acercó con naturalidad.
Hablaba con entusiasmo.
Y reía con una facilidad que a Eren le resultó contagiosa.
Bruno, por supuesto, bromeó en voz baja:
—¿Tenemos nueva incorporación al club de las miradas cruzadas?
Eren lo ignoró. Pero Luna no.
Aunque no dijo nada, Eren notó que endureció la expresión.
Dejó de escribir en su libreta.
Y tardó más de la cuenta en volver a mirar a nadie a los ojos.
Cuando Esther se fue —después de dejar claro que necesitaba ayuda con una entrega para la semana siguiente—, el silencio se instaló de nuevo en la mesa.
Eren quiso hacer un chiste.
Decir algo.
Desactivar esa tensión que se había colado entre ellos sin permiso.
Pero Luna ya había empezado a recoger sus cosas.
—¿Ya te vas? —preguntó.
—Estoy cansada. Nos vemos luego —respondió sin mirarlo.
No hubo beso.
No hubo roce de manos.
Solo el sonido de su mochila al cerrarse y sus pasos alejándose por el pasillo.
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Pensó en todo lo que no estaban diciendo.
En todas las veces que quiso preguntarle qué le pasaba y no se atrevió.
En las veces que ella había evitado mirarlo cuando se acercaba demasiado.
Pensó en Anica.
Pensó en la enfermedad de su madre.
Pensó en Luna y en esa forma suya de retirarse justo cuando todo parece estar por florecer.
Y se preguntó si lo suyo estaba condenado a ser siempre así:
mitad caricia, mitad huida.
Esther no le interesaba.
No como Luna.
Pero había algo en cómo Luna se puso en guardia que lo inquietó.
No por celos.
Sino por lo que revelaba.
Desconfianza.
Miedo.
Heridas que aún sangran sin aviso.
Y Eren, aunque no quería presionarla, sabía que pronto tendrían que hablar.
De verdad.
Con todas las letras.
Porque seguir fingiendo que todo está bien es la forma más silenciosa de ver cómo algo bonito se rompe en cámara lenta.
La habitación estaba en penumbra cuando Eren cerró la puerta.
Tiró la mochila en el suelo, se quitó la chaqueta y se dejó caer sobre la cama, todavía con el eco de la biblioteca en la cabeza.
Esther.
Su risa.
La forma en la que Luna se tensó cuando ella se acercó.
Esa especie de retirada repentina que no pudo ignorar.
Apoyó la nuca en la pared, cerró los ojos.
No quería pensar.
Pero cuando uno lleva tanto acumulado, el cuerpo no sabe hacer otra cosa.
Después de unos minutos, se levantó.
Fue hasta el armario.
Abrió el segundo cajón.
Apartó un par de sudaderas viejas…
Y ahí estaba.
La caja.
No muy grande.
De cartón firme, con una cinta azul descolorida.
La había guardado ahí el mismo día que regresó del entierro de Anica.
Nunca la había abierto desde entonces.
Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas.
Y la abrió.
Una pulsera de hilo que ella le había hecho.
Un par de fotografías en blanco y negro, de esas que Anica insistía en revelar “como antes”.
Un billete de tren a Florencia que nunca llegaron a usar.
Una nota suya escrita en servilleta:
"Eren, si desaparezco un día, ven a buscarme al fin del mundo, ¿vale?"
La leyó dos veces.
Sintió una punzada.
Pero no le dolió como esperaba.
Era nostalgia. No pena.
Melancolía, no herida.
Y por primera vez, supo con certeza que ya estaba listo para dejarla marchar.
No porque no la quisiera.
No porque ya no importara.
Sino porque otra persona le estaba empezando a ocupar el pecho.
Y era injusto para ambas no reconocerlo.
Luna.
Cerró los ojos y la vio.
Su forma de fruncir los labios cuando piensa.
Sus silencios incómodos.
La forma en que se aleja… pero se queda.
Y cómo, al mirarla a los ojos, por un segundo todo parece posible.
Pensó en cómo se puso hoy cuando apareció Esther.
Cómo bajó la mirada.
Cómo se fue sin despedirse.
Y, sin querer, sonrió.
—¿Celos, Ferrara? —susurró al aire, entre dientes.
Tal vez no estaba tan loco como creía.
Tal vez Luna sí sentía lo mismo que él.
Y eso… le daba más miedo que cualquier fuego.