El cielo estaba encapotado y el aire tenía ese olor a canal y tierra mojada que anunciaba que la primavera estaba cerca, pero todavía no del todo.
Luna y Ara caminaban por una de las callecitas traseras del campus, justo después de clase.
Mía se había tenido que marchar antes —algo sobre un recado y una entrega— y eso les había dejado un rato a solas que no tenían desde hacía tiempo.
A veces, los silencios entre ellas eran cómodos.
Otras, como hoy, se notaban demasiado densos.
Ara iba mirando el suelo. Con las manos en los bolsillos.
Luna, en cambio, la miraba de reojo.
Llevaba semanas observándola.
Cómo miraba a Mía cuando esta hablaba.
Cómo se reía cuando ella hacía uno de sus chistes absurdos.
Cómo se quedaba callada cuando Mía hablaba de Lorenzo.
No necesitaba ser experta para darse cuenta.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Luna, sin apartar la vista del agua que corría por uno de los canales cercanos.
—Si vas a preguntarme si ya he elegido el tema del trabajo de identidad visual… no.
Luna sonrió.
Pero no tardó en ponerse seria.
—No. Es sobre Mía.
Ara se quedó quieta.
El aire pareció espesarse de golpe.
—¿Tú… sientes algo por ella?
La rubia se tensó.
Durante un segundo, Luna pensó que no iba a decir nada.
Que se iba a hacer la loca o se iba a reír como hacía siempre cuando algo la descolocaba.
Pero esta vez no.
Ara tragó saliva.
Se frotó las manos.
—¿Se me nota tanto?
Luna la miró con suavidad.
—No. Pero yo te conozco.
Ara se pasó la mano por la cara, avergonzada.
Como si le costara incluso admitirlo frente a sí misma.
—No sé cuándo pasó. Al principio solo me caía bien. Me parecía una tía genial. Pero luego… no sé. Empecé a mirarla de otra forma.
Y ahora, cada vez que la veo con Lorenzo me dan ganas de… no sé, desaparecer.
Me siento ridícula.
—No lo eres.
—¿Y si me equivoco? ¿Y si la cago? ¿Y si no siente lo mismo?
—¿Y si sí? —respondió Luna, con una sonrisa muy leve.
Ara suspiró.
Y por un segundo, pareció más niña que nunca.
—Me da miedo sentir. Porque cuando sientes, puedes perder.
Y perder duele.
Luna se quedó callada.
Entendía demasiado bien lo que estaba diciendo.
—¿Y tú? —preguntó entonces Ara, girando la conversación—. ¿Qué pasa con Eren?
Luna se tensó.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que… te brilla la cara cuando lo ves. Pero luego huyes. Siempre huyes.
Luna agachó la mirada.
Sintió un nudo en la garganta que llevaba semanas empujando hacia abajo.
—Tengo miedo. Mucho más del que parezco.
Ara la miró, sin decir nada.
Y entonces, Luna habló.
—Estuve con un chico cuatro años. Tom. Al principio parecía todo bien, pero luego... se fue volviendo más agresivo, más controlador, más mentiroso.
Me hizo creer que si alguien me quería, era por pena. Que sin él no era nadie.
Me aisló. Me destrozó.
Y cuando por fin logré salir, ya no sabía quién era.
Ara no la interrumpió.
No hacía falta.
—Antes de eso ya lo pasé mal. El colegio fue un infierno. Me hacían bullying por todo: por cómo hablaba, por cómo me vestía, por estar siempre sola.
Llevaba heridas mucho antes de conocer a Tom… pero él solo se encargó de abrirlas más.
Y desde entonces… desconfío de todo.
De la gente. De los gestos bonitos.
Del amor.
La voz le tembló.
Pero no bajó la mirada.
—¿Sabes qué me da más miedo que todo eso? —añadió Luna, al borde de las lágrimas—. Que Eren sea bueno. Que no me mienta. Que no me haga daño.
Porque entonces no tendría excusa para irme.
Ara la abrazó sin pensarlo.
Un abrazo fuerte, real.
Uno de esos que no necesitan palabras.
—Yo creo que ya no estás huyendo —le dijo al oído—. Estás aprendiendo a caminar otra vez.
Luna cerró los ojos.
Sintió que algo dentro de ella —algo muy pequeño, pero real— empezaba a soltarse.
Y mientras seguían su paseo entre canales, adoquines y faroles encendiéndose, ambas sabían que algo había cambiado.
Hablar era el primer paso para dejar de tener miedo.