Donde se detiene el miedo

Capítulo 19: Lo que se escapa

El mensaje fue corto.

Simple.

Pero le temblaban las manos cuando lo escribió.

> ¿Nos vemos mañana? Me gustaría hablar contigo.

Lo leyó cinco veces antes de enviarlo.

Pensó en añadir algo más.

Un emoji.

Una aclaración.

Un “solo si puedes”.

Pero no.

Lo envió así.

Directo.

Sin blindajes.

Eran casi las diez de la noche.

Pasó la primera media hora mirando la pantalla, como si por observarla con suficiente fuerza el mensaje se marcara como leído.

No pasó.

No parpadeó.

No vibró.

Ni una palabra.

Ni un “ahora no”.

Ni un mísero visto.

A las once y media, Luna empezó a darse por vencida.

---

—Salgo. ¿Venís? —preguntó por el grupo a Mía y Ara.

—¿A dónde? —contestó Ara.

—A donde sea. Quiero emborracharme.

Mucho.

No tardaron más de media hora en estar listas.

Tacones, labios rojos, perfume de más y esa mirada que solo se lleva cuando una necesita gritar con el cuerpo todo lo que el alma no puede decir en voz alta.

La música del local les golpeaba el pecho.

Luna se tomó la primera copa como si fuera agua.

La segunda llegó demasiado rápido.

Bailaban, reían fuerte.

Fingían una alegría que ninguna terminaba de sentir del todo.

Pero a veces, fingir ayuda a olvidar.

—A la tercera va la vencida —gritó Ara, levantando otro vaso.

—¡A la cuarta se llora! —añadió Mía, entre risas.

Y tenían razón.

Porque no mucho después, Luna estaba sentada en el borde de una banqueta, con los ojos empañados y el móvil en la mano.

El mensaje seguía sin abrirse.

No podía evitar pensarlo:

¿Y si simplemente no quiere verme?

¿Y si todo lo que creía que estaba sintiendo era solo una ilusión mía?

¿Y si me estoy volviendo a romper sin que nadie me lo rompa?

No dijo nada.

Solo se lo tragó con otra copa.

---

Más tarde, cuando ya estaban lo suficientemente borrachas como para cantar reguetón como si fueran himnos de guerra, pasó lo impensado.

Ara, visiblemente afectada por el alcohol, tomó a Mía del brazo.

No la soltó.

Le clavó los ojos.

Y le dijo:

—Te juro que si no te beso ahora, me voy a arrepentir toda la vida.

Mía la miró como si le acabaran de hablar en otro idioma.

—Ara… estás borracha.

—Sí. Pero eso no significa que no sea verdad.

Y la besó.

Fue un beso torpe, húmedo, probablemente mal ejecutado, pero honesto.

Luna se quedó helada.

Nadie habló durante unos segundos.

Y entonces, Mía se separó.

No dijo nada.

No gritó.

No empujó.

Solo… se fue.

Agarró su bolso, cogió su abrigo y salió del local sin decir una sola palabra.

Ni una.

Ara se quedó de pie, en medio del bullicio, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta.

—Yo… —empezó a decir, pero no terminó la frase.

Luna la abrazó por inercia.

Ambas tambaleantes, ambas confundidas.

Esa noche, ninguna de las tres sabía qué era lo que más dolía:

el silencio, la espera, o haber dicho demasiado tarde lo que el corazón gritaba desde hacía tiempo.

El sol entraba con una violencia absurda por la rendija de la cortina.

Luna abrió los ojos como si le hubieran dado un golpe en la sien.

La cabeza le palpitaba.

Tenía la boca seca.

Y el cuerpo, hecho trizas.

Pero más que todo eso, le dolía la noche anterior.

Eren no había respondido.

Ni una palabra.

Ni una excusa.

Nada.

Y luego estaba Ara.

Y su beso.

Y Mía, desapareciendo entre luces de neón como si nunca hubiera estado.

Intentó recordar los detalles, pero todo era un borrón de música alta, alcohol barato y emociones desbordadas.

Se obligó a levantarse.

Necesitaba ducharse.

Beber agua.

Y pensar.

Lo que no esperaba era escuchar el timbre a media mañana.

Cuando abrió la puerta, Mía estaba allí.

Con cara de no haber dormido.

Con las ojeras marcadas.

Y los labios apretados como quien está haciendo un esfuerzo enorme por no desmoronarse.

—¿Podemos hablar? —preguntó.

Luna solo asintió.

Se hizo a un lado y la dejó entrar.

Ambas se sentaron en la cama.

En silencio.

—Siento haberme ido así anoche —empezó Mía, sin rodeos.

—Lo entendí. No era fácil.

Mía respiró hondo.

—No me fui porque me diera asco. Ni porque me pareciera mal.

Me fui porque… no lo vi venir.

Y no supe qué hacer.

Luna asintió, sin mirarla directamente.

—Ara estaba… muy nerviosa. Se sentía expuesta. Y no esperaba que tú te marcharas sin decir nada.

—Yo tampoco me esperaba que me besara en medio de un bar —replicó Mía, sin maldad, pero con honestidad—. ¿Tú sabías algo?

Luna se mordió el labio.

—Lo sospechaba. Me lo confirmó ayer, justo antes de salir.

—¿Y tú qué piensas?

Luna se quedó callada.

Pensó en Ara.

En sus gestos.

En cómo la miraba.

—Creo que no te mintió. Que lo siente de verdad.

Pero también creo que está hecha un lío. Igual que tú. Igual que todas.

Mía apoyó los codos en las rodillas y se agarró el pelo con las dos manos.

—No sé si me gustan las chicas, Luna.

Nunca me lo he planteado.

Nunca me ha pasado.

Pero con ella… no es lo que parece.

No son los besos. Es lo que me hace sentir.

Y eso es lo que me da miedo.

Luna se acercó y le puso una mano en el muslo, sin hablar.

Sabía exactamente lo que era eso.

Sentir algo que se escapa de lo que una creía saber de sí misma.

Y tener pánico de descubrir que es real.

—No tienes que decidirlo todo hoy —dijo—. Pero no huyas más.

Mía alzó la vista.

Sus ojos estaban vidriosos.

—¿Y tú? ¿No ibas a dejar de huir tú también?

Luna tragó saliva.

—Le escribí anoche. A Eren.




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