Donde se detiene el miedo

Capítulo 20: El mensaje que no vi

El despertador sonó, como todos los sábados, a las 8:00.

Pero Eren no se levantó.

No porque estuviera especialmente cansado, ni por falta de motivación, sino porque… sentía algo raro en el cuerpo.

Una incomodidad leve, como si se le hubiese olvidado algo.

Como si hubiera dejado una puerta entreabierta.

Como si alguien le estuviera llamando desde muy lejos y él no lograra escucharlo bien.

Se quedó en la cama, mirando el techo.

Desde hacía semanas, los días se le pasaban con un ritmo extraño.

Había intentado mantener la rutina: estudios, entrenamientos, café con Bruno, alguna visita a Lorenzo, silencios incómodos con su padre.

Y Luna.

Luna y sus silencios.

Luna y su manera de mirar sin prometer nada.

Luna y esas ausencias recientes que empezaban a hacer ruido.

Se sentó al borde de la cama.

Agarró el móvil.

Lo desbloqueó.

Y entonces lo vio.

Un mensaje.

De ella.

> ¿Nos vemos mañana? Me gustaría hablar contigo.

Enviado la noche anterior. Sin abrir.

—Mierda… —susurró, con el estómago encogiéndose.

Sintió un tirón en el pecho.

Porque no había ignorado ese mensaje.

No.

Simplemente no lo había visto.

Había estado en casa con su padre, viendo una peli a medio prestar atención, bromeando con la pizza y luego se quedó dormido como si el mundo no tuviera cuentas pendientes.

Y mientras tanto, Luna había escrito.

Había esperado.

Y él no había estado.

La culpa le cayó de golpe.

Se imaginó a Luna mirando el teléfono, esperando una respuesta que no llegó.

Y entonces la entendió.

Entendió su silencio.

Su retirada.

La forma en que algunas personas no piden explicaciones: solo se van.

Abrió la conversación.

Dudó.

Podía responder.

Podía explicarlo.

Pero...

¿y si ya era tarde?

El corazón le latía rápido.

Se levantó de la cama, sin saber bien qué estaba buscando.

Se pasó las manos por el pelo.

Fue hasta la cocina.

Volvió.

Releyó el mensaje.

Y por primera vez en mucho tiempo, no quiso pensar tanto.

Solo quiso verla.

Hablar con ella.

Decirle que no la había ignorado.

Decirle que la elige.

Agarró la chaqueta.

Se calzó en dos zancadas.

Y salió de casa.

Porque si algo estaba aprendiendo últimamente, era esto:

el amor no se piensa tanto. Se hace.




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