Donde se detiene el miedo

Capítulo 21: Donde se detiene el miedo

Estaban las dos tiradas en el sofá, sin decir mucho.

El mensaje que Luna había enviado a Eren seguía sin respuesta.

Aunque intentaba convencer a Mía —y a sí misma— de que no pasaba nada, por dentro se le estaba desmoronando algo.

Mía hojeaba una revista con desgana, los pies sobre la mesa y el cabello recogido de cualquier manera. Luna tenía una taza de café frío entre las manos y el corazón… en pausa.

Y entonces sonó el timbre.

Ambas se miraron.

Ninguna esperaba a nadie.

Ninguna se movió al principio.

—¿Tú has pedido algo? —preguntó Mía.

—No.

Se levantó Luna.

Con paso lento.

Arrastrando los pies.

El pijama de algodón aún arrugado. El pelo revuelto.

Abrió la puerta con la expresión propia de quien está preparada para cualquier cosa… menos para lo que encontró.

Eren.

Con el casco de la moto en la mano.

El pelo mojado de sudor.

Los ojos encendidos.

Y una culpa escrita en toda la cara.

—Hola —murmuró, sin aliento.

Luna parpadeó.

Una parte de ella quería gritar.

Otra quería abrazarlo.

Y otra, la más asustada, quería echarlo.

Pero no lo hizo.

Detrás de ella, Mía entendió en un segundo.

—Me voy —dijo con tono neutro—. Os dejo solos.

Y desapareció con las llaves en la mano y una pequeña sonrisa sin rastro de ironía.

Luna se giró de nuevo hacia él.

No sabía qué decir.

No sabía si debía dejarle pasar.

Pero su cuerpo se le adelantó.

—Entra —le susurró.

Eren la siguió hasta su habitación.

Los pasos silenciosos.

El casco entre las manos.

El corazón en la garganta.

Cuando Luna cerró la puerta, se hizo el silencio más espeso que recordaba.

Iba a decir algo.

Una frase.

Un reproche.

Una pregunta.

Pero no hubo tiempo.

Eren cruzó el espacio que los separaba en un segundo.

Le agarró la cara con ambas manos.

Y la besó.

No fue un beso suave.

No fue duda.

No fue disculpa.

Fue deseo contenido.

Fue necesidad.

Fue verdad.

Luna sintió el cuerpo arderle de golpe.

La rabia.

La frustración.

La espera.

Todo eso se volvió hambre.

Y ella respondió con la misma intensidad.

Lo besó como si el mundo se acabara en sus labios.

Como si el corazón, por fin, se hubiera rendido.

Las manos de Eren comenzaron a recorrerla con cuidado, despacio, como si pidieran permiso con cada roce.

Y ella lo entendió.

Y lo aceptó.

Sus dedos bajaron el borde de su camiseta de dormir, apenas con presión.

Luna se la quitó.

Sin miedo.

Sin palabras.

Ella también empezó a desnudarlo, con torpeza, con deseo, con el temblor de quien se entrega por primera vez sin armadura.

La ropa fue cayendo al suelo sin orden.

Las dudas, también.

---

Un rato después, el sol de la tarde entraba a medias por la ventana.

Luna estaba tumbada sobre el pecho de Eren, las piernas entrelazadas, la respiración aún agitada.

Él le acariciaba la espalda.

Suavemente.

Sin decir nada.

Y ella, con la cabeza apoyada justo donde sentía su corazón, se preguntaba cómo algo tan frágil podía sentirse tan seguro.

Sus cuerpos, aún tibios, seguían buscándose.

Besos lentos.

Caricias que no pedían nada.

Solo… estar.

Tenían conversaciones pendientes.

Temas por decir.

Cicatrices que aún no habían sido nombradas.

Pero ninguno quería romper ese momento.

Ese silencio que por primera vez no dolía.

Luna levantó la vista.

Eren la miraba como si fuera lo único que le importara en el mundo.

—¿Tú también tienes miedo? —susurró ella, apenas audible.

Eren asintió, y le besó la frente.

—Pero ahora... también tengo ganas.

Luna cerró los ojos.




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