Donde se detiene el miedo

Capítulo 22: Lo que dejamos salir

El sol ya se había colado por completo entre las cortinas mal cerradas, y el calor tenue de la mañana comenzaba a colarse entre los pliegues de la sábana.

Eren no sabía cuánto tiempo llevaba despierto.

Quizá desde que notó el primer movimiento de Luna a su lado.

Quizá desde que empezó a escuchar el ritmo pausado de su respiración, que por primera vez, no parecía agitada ni ansiosa.

Ella dormía boca abajo, con el brazo izquierdo extendido sobre su pecho, y el cuerpo ligeramente cubierto por la tela arrugada.

Y fue ahí cuando las vio.

Las marcas.

Pequeñas, finas, apenas visibles si no se sabía dónde mirar.

En los brazos.

Y también, al bajar un poco la mirada, en la parte alta de los muslos.

Antiguas.

Cicatrizadas.

Pero innegables.

El corazón le dio un vuelco.

No sabía si preguntar.

No sabía si era su lugar.

Pero también sabía que lo necesitaba entender.

Por ella.

Por los silencios que había detrás de su risa.

Por las barreras que aún existían incluso entre sus abrazos.

Luna abrió los ojos unos minutos después.

Se giró, aún somnolienta, y lo miró con esa calma nueva que se habían regalado unas horas antes.

Y fue entonces, sin necesidad de rodeos, cuando Eren lo dijo.

—¿Puedo preguntarte algo?

Ella asintió, sin miedo.

—Las marcas —susurró—. Las vi.

Y si no quieres hablar de eso, está bien. Pero… si sí quieres, estoy aquí.

Luna se quedó en silencio un instante.

Y luego, con una sinceridad que dolía, habló.

—Me hacía daño. A mí misma.

Desde pequeña.

Cuando me sentía vacía.

Cuando no podía respirar por la ansiedad.

Cuando me comía algo “prohibido”, o sacaba una nota que no era perfecta, o sentía que decepcionaba a alguien.

Eren la escuchaba sin interrumpir.

Sintió que cada palabra era un latigazo que no iba dirigido a él, pero que le atravesaba igual.

—Era la única forma que encontraba de sentir algo.

O de castigarme.

Porque siempre creí que era mi culpa.

Todo.

—Ya no lo haces, ¿verdad? —preguntó él, con el tono más suave que tenía.

Luna negó con la cabeza.

—Hace casi un año que no. Pero a veces, me dan ganas.

Cuando tengo miedo.

Cuando siento que estoy por confiar demasiado.

Como contigo.

Eren la abrazó.

La apretó contra su pecho, como si su solo cuerpo pudiera decirle que no estaba rota.

Que no estaba sola.

Que ahora alguien sí se quedaba.

—Gracias por contarme —le susurró.

—Gracias por no irte —respondió ella.

Pasaron el resto de la mañana hablando.

De todo.

De Anica.

De Tom.

De sus padres.

De las veces en que la vida pareció insoportable.

Eren se sentía más cerca de Luna que nunca.

Y ella, por primera vez, parecía dispuesta a abrir todo lo que había cerrado durante años.

Hasta que el móvil sonó.

Luna lo agarró con desgana.

Cuando vio que era Mía, se incorporó al instante.

—¿Hola?

Mía… ¿qué pasa?

No te entiendo… ¿estás llorando?

Eren se acercó, alarmado.

Luna activó el altavoz.

La voz de Mía era apenas un hilo ahogado por los sollozos.

No se entendía nada, salvo su nombre, repetido entre jadeos y palabras incompletas.

—Tranquila, tranquila… respira. Respira primero —dijo Eren, intentando calmarla.

Pero no hubo respuesta coherente.

Solo ruido.

Llanto.

Y el sonido de algo que se caía al suelo.

Luna colgó.

Abrió la app de localización.

—Aquí está —murmuró, mirando el mapa—. En una calle cerca del embarcadero viejo. ¿Qué hace ahí sola?

—Vamos. Ya —dijo Eren, levantándose.

En menos de cinco minutos estaban vestidos y fuera.

Sin desayunar.

Sin pensar.

Porque a veces, no hay tiempo para dudas cuando alguien que quieres te necesita.

Y esa, para Luna y Eren, era la clase de urgencia que no se ignora.

Eren arrancó la moto con una rapidez que no usaba desde hacía meses, pero sin perder el control.

Su corazón latía al ritmo del motor.

Fuerte. Rápido. Sin margen para distracciones.

Luna, detrás de él, le apretaba la cintura con más fuerza que otras veces.

No hablaba.

Pero no hacía falta.

Ambos sabían que lo que estaban a punto de ver podía cambiarlo todo.

Al llegar al embarcadero viejo, Eren no tuvo que preguntar.

No necesitó que nadie le señalara.

Solo siguió el hilo invisible que unía a Luna con su amiga.

Y entonces la vio.

Mía.

Subida en el muro de piedra del puente.

Los pies sobre el borde.

El cuerpo oscilando levemente.

El rostro… descompuesto.

Las lágrimas habían dejado surcos en sus mejillas.

El rimel corrido, los labios partidos, el pelo alborotado.

Los ojos, perdidos.

Vacíos.

Y en ese momento, Eren entendió.

Entendió que la risa también puede ser una defensa.

Que el sarcasmo es un escudo.

Y que la gente rota a veces brilla más para que no la miren de cerca.

Luna se bajó de la moto como si el suelo quemara.

Corrió hasta el puente.

No gritó.

No suplicó.

Solo se detuvo a unos metros.

Y dijo su nombre.

—Mía…

La pelirroja giró la cabeza, despacio.

La miró.

Y en sus ojos había algo que Eren jamás había visto antes: rendición.

—No quiero morirme —murmuró, casi inaudible—. Pero… no sé cómo seguir.

Luna se acercó un paso más.

La voz temblaba, pero no se rompía.

—Estoy aquí.

Te juro que no tienes que saberlo ahora.

Solo bájate, ¿sí?

Mía lloró más fuerte.

Le costaba mantenerse erguida.

El equilibrio fallaba.

Las piernas flaqueaban.

—Me tomé casi todas… —dijo entre sollozos.

—¿Todas qué? —preguntó Eren, con suavidad.

—Las pastillas. Mis antidepresivos. Los tenía… los tenía en la mochila desde esta mañana. Fui a por más a la farmacia.




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