El hospital tenía ese olor a limpieza forzada que a Luna siempre le había resultado incómodo.
Pero esa mañana, más que el olor o las paredes frías, lo que dolía era el silencio.
Mía había sido ingresada en observación.
Los médicos no decían mucho.
Solo que estaban estabilizándola.
Que habían llegado a tiempo.
Que el cuerpo estaba respondiendo.
Y que ahora tocaba esperar.
Eren y Luna no se habían separado desde que llegaron.
Se sentaron juntos en una de las sillas del pasillo.
Él no decía nada, pero tenía la mano sobre la pierna de Luna, como si solo ese contacto pudiera contenerla.
Ella sacó el móvil.
Miró la pantalla durante unos segundos.
Dudó.
Y luego llamó a Ara.
Tardó más de lo habitual en responder.
—¿Luna? —La voz sonaba rasposa, como si acabara de despertarse. O de llorar.
—Ara… estoy en el hospital. Con Eren. Es por Mía.
Hubo un silencio.
Denso.
Pesado.
—¿Qué ha pasado?
—Intentó… —La palabra no le salía. Tuvo que apretar los dientes para obligarse a decirla—. Intentó quitarse la vida.
La encontramos en el puente, Eren y yo.
Se había tomado las pastillas. Estaba… muy mal.
—Dios… —susurró Ara, y luego se escuchó cómo se echaba a llorar del otro lado.
—Está viva. Estable. Pero aún no sabemos mucho. Los médicos creen que puede ser necesario que esté ingresada en psiquiatría un tiempo. Para que esté segura.
Para que pueda recuperarse.
—Voy para allá.
Colgó sin más.
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Pasaron unos veinte minutos hasta que Ara llegó.
Venía sin maquillar, con el cabello recogido a la fuerza en una coleta, una sudadera gris que no era suya, y la cara aún marcada por el llanto.
Tenía los ojos hinchados y un temblor en las manos que no intentó esconder.
Luna se levantó al verla.
La abrazó fuerte.
Muy fuerte.
Como si quisiera envolverla toda, protegerla del dolor.
Detrás de Ara, Bruno y Lorenzo entraban por la puerta principal.
Eren los había llamado antes, al poco de llegar.
Los tres se encontraron frente a frente, en ese pasillo largo de luces frías.
No hubo bromas.
Ni saludos exagerados.
Solo miradas llenas de preocupación.
Lorenzo fue el primero en hablar.
—¿Cómo está?
—Viva. Y estable —respondió Luna, con tono sereno, casi automático.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Bruno, acercándose más.
Luna les contó lo poco que sabían.
Que había tomado antidepresivos.
Que se los habían recetado hacía meses y nadie lo sabía.
Que se los había mezclado con alcohol.
Que cuando la encontraron, ya no quería saltar, pero tampoco sabía cómo seguir.
—Los médicos nos han dicho que, por precaución, están valorando ingresarla un tiempo en psiquiatría —añadió Luna, bajando la voz—. Solo hasta que estén seguros de que no va a volver a intentar algo así.
Nadie dijo nada durante unos segundos.
El peso de esas palabras se les clavó como una piedra en el estómago.
Ara se sentó en una de las sillas, se tapó la cara con las manos.
Y lloró.
—No lo vi venir… —susurró—. No pensé… No sabía que estaba tan mal.
Lorenzo, que normalmente tenía una respuesta para todo, no abrió la boca.
Solo le puso una mano en el hombro.
Y Bruno, con los ojos bajos, murmuró:
—A veces uno está tan metido en su propio ruido que no escucha el grito de los demás.
Eren se acercó un poco más a Luna.
Ella sintió que el cuerpo entero le pedía llorar, pero no se lo permitió todavía.
No hasta que Mía despertara.
No hasta que pudieran abrazarla.
Por ahora, solo quedaba esperar.
Y estar.
Juntos.
Como antes.
Pero diferente.
Porque ahora sabían que todos guardaban algo.
Y que el silencio, si no se rompe, puede volverse una trampa mortal.
El reloj del pasillo marcaba las cinco de la tarde cuando la enfermera salió por fin a buscarla.
—¿Luna Ferrara?
Se levantó de inmediato.
Eren la miró desde su sitio, sin decir nada, pero con la seguridad de quien se queda para sostener en la sombra.
Luna asintió y siguió a la mujer por el pasillo angosto, distinto a urgencias, con otra luz más suave y casi sin ruido.
La planta de psiquiatría no era como se la imaginaba.
Ni blanca, ni aséptica, ni amenazante.
Solo tranquila.
Vacía.
Como si todos allí necesitaran exactamente eso: espacio.
Se detuvieron frente a una puerta blanca con una ventana pequeña.
La enfermera sonrió levemente.
—Solo diez minutos, ¿sí?
Luna asintió.
Abrió la puerta.
Entró.
Y allí estaba Mía.
Sentada en una cama estrecha, con ropa de hospital.
El pelo recogido en un moño mal hecho.
La mirada baja.
Las manos entrelazadas sobre el regazo.
Cuando la vio, no sonrió.
Pero tampoco apartó la vista.
—Hola —murmuró Luna.
—Hola.
Hubo un silencio incómodo.
Una pausa inevitable.
Luna caminó hasta ella, despacio, como si cada paso la acercara también al peso de todo lo que aún no sabían cómo decir.
Se sentó a su lado.
No muy cerca.
Pero lo suficiente para que Mía pudiera elegir si acercarse o no.
—No sé qué decir —susurró Luna.
—Yo tampoco —dijo Mía—. Me siento como si no fuera yo.
—Te vi. Esta mañana. Y eras tú. Pero estabas... rota.
—Sigo estándolo.
Luna tragó saliva.
—Te juro que no me di cuenta.
Que lo que sea que estabas cargando... me lo perdiste entre sonrisas.
—Porque es más fácil hacer reír que explicar lo que duele.
Se quedaron así. En silencio.
Ambas mirando el suelo.
Ambas con las manos apretadas.
Y entonces Luna alargó los dedos.
No de golpe.
No para forzar.
Solo… los dejó ahí, cerca.
Mía los tomó.
Fuerte.