Donde se detiene el miedo

Capítulo 24: Las cosas que se sostienen

La cafetería de Lorenzo olía a canela y café recién molido.

Había música suave de fondo, las mesas medio llenas y esa luz tibia de media tarde que entraba por las cristaleras, proyectando reflejos cálidos sobre el suelo.

Eran cinco, sentados en la mesa del fondo, como siempre.

Lorenzo detrás de la barra, riéndose a carcajadas.

Bruno con una bufanda ridícula que nadie entendía pero todos aceptaban.

Ara, con el pelo más claro y un cuaderno garabateado sobre la mesa.

Y Eren, a su lado, con una de sus sonrisas suaves, de esas que reservaba solo para ella.

Luna miraba el grupo y sentía algo nuevo:

paz.

No completa.

No perfecta.

Pero real.

Mía seguía ingresada.

Llevaba ya un mes en la planta de psiquiatría del hospital de Venecia.

Los médicos aún no hablaban de alta.

Decían que necesitaban más tiempo.

Más estabilidad.

Más certezas.

Cada dos días, iban a verla.

Se turnaban.

Llevaban libros, revistas, galletas, cartas tontas.

Y los fines de semana, todos iban juntos.

La sacaban al jardín trasero del hospital, donde el sol apenas tocaba los bancos y las hojas del otoño crujían bajo los pies.

Reían, hablaban, jugaban a juegos de cartas absurdos.

Y aunque a veces Mía no decía mucho, su risa volvía. Poco a poco.

Ara…

Ara iba más veces de las que decía.

Luna lo sabía.

No porque se lo hubiese confesado, sino porque un par de veces la había visto salir del hospital justo cuando a ella le tocaba entrar.

No dijo nada.

No preguntó.

Porque lo veía en su cara.

En la forma en que la miraba durante las visitas.

En los silencios que dejaba solo para escucharla respirar.

Ara iba como amiga.

Pero el aire entre ellas estaba cargado.

Había algo más.

Y Luna lo sabía.

Y Ara también.

Solo que ahora no era el momento.

Ahora tocaba estar.

Sin pedir.

Sin empujar.

Solo quedarse.

—¿Luna? ¿Estás? —le preguntó Lorenzo, que acababa de dejarle una taza de chai humeante delante.

—Estoy —respondió con una sonrisa—. Solo pensaba.

Ara se echó a reír.

—¿Pensando tú? A ver si vas a romper el cielo, Ferrara.

Luna se rió con ella.

Y bajo la mesa, sin que nadie lo notara, Eren le apretó la mano.

No la soltó.

Y ella tampoco.

Entre risas, chistes, frases sin importancia y cucharas que golpeaban las tazas, Luna sentía algo que llevaba años sin sentir con tanta claridad: pertenencia.

No solo con Eren.

No solo con Ara o Mía.

Sino con ellos.

Con este grupo.

Con esta nueva versión de ella misma, que no vivía para complacer, ni para esconderse.

Desde que le dijo a Eren cómo se sentía, las cosas eran distintas.

Lo quería.

Y él la quería.

No por lo rota.

No por lo bonita.

No por lo que escondía.

Sino por todo. Por quien era.

Se cuidaban.

Se reían.

Se escuchaban.

Habían aprendido a ser pacientes el uno con el otro.

A hablar sin miedo.

A llorar si hacía falta.

A construir algo nuevo, sin copiar las ruinas de lo anterior.

A veces aún dudaba.

A veces el miedo volvía.

Alguna vez, incluso, se habían cruzado con Tom por la calle.

Él intentó acercarse.

Decir algo.

Insinuarse.

Pero Luna ya no era aquella chica.

La que se callaba.

La que se encogía.

Ahora lo miraba de frente.

Ahora le bastaba una sola frase —firme, tranquila— para que él se marchara.

Porque ella había cambiado.

Había cicatrices, sí.

Pero también luz.

Y fuerza.

Y Eren…

Eren lo sabía.

Bajo la mesa, su pulgar acariciaba el dorso de su mano.

Un gesto tonto.

Pero tan real.

Tan suyo.

Luna lo miró de reojo.

Y él le devolvió la sonrisa.

Habían decidido intentarlo.

Con miedo.

Con cuidado.

Pero también con convicción.

Porque a veces, amar no es una locura.

A veces, amar es la forma más cuerda de empezar a vivir de nuevo.

La tarde estaba cayendo.

La luz naranja se filtraba entre las fachadas viejas de Venecia, tiñendo los canales con reflejos dorados.

El grupo se había disuelto poco a poco.

Lorenzo volvió al interior del local, Bruno cogió su bici, Eren se quedó unos minutos más con ella, dándole un beso suave antes de marcharse para su turno de estudio en la biblioteca.

Y Luna, sin pensarlo demasiado, giró hacia la izquierda del puente y alcanzó a Ara.

—¿Te acompaño a casa?

Ara la miró.

Y, sin decir nada, asintió.

Habían hecho ese camino juntas decenas de veces.

Después de clase, después de visitas al hospital, después de las risas y también después de llorar.

Pero esta vez era distinto.

Esta vez había que hablar.

Caminaron unos metros en silencio.

El aire era fresco, no frío.

Y la ciudad se sentía casi vacía.

—No he dejado de pensarlo —dijo Ara, de pronto, sin mirar a Luna—. Desde aquella noche.

Desde que Mía… intentó…

No puedo dejar de pensar que yo estaba allí.

Y no vi nada.

Ni una señal.

Luna tragó saliva.

Sabía bien lo que era eso.

La culpa silenciosa.

La trampa de la retrovisión.

—No es tu culpa —dijo, con voz firme.

—¿Cómo no va a serlo? —Ara se detuvo—. ¿Cómo es posible que me pasara por delante y no me diera cuenta? ¿Cómo puede alguien estar tan mal y disimularlo tan bien?

Luna se acercó.

Se puso frente a ella.

—¿Te puedo contar algo que no sabe casi nadie?

Ara asintió.

Despacio.

—Cuando estaba en el instituto… —empezó Luna—, yo también me hice daño.

Durante mucho tiempo.

Muchísimo.

Ara la miró, sin palabras.

—Lo hacía en los brazos. A veces en las piernas.

Y nunca nadie lo notó.




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