La tarde olía a café recién molido y a algo parecido a la felicidad.
Eren había salido de la cafetería con el casco en una mano y la chaqueta colgada del hombro. Luna se quedó apoyada en el marco de la puerta, con la sonrisa esa que se le formaba solo cuando él estaba cerca.
No decía mucho, pero esa mirada bastaba.
Él se acercó.
Le acarició la mejilla con los nudillos, y le dio un beso lento.
Suave.
Corto.
Como los besos que se dan sin prisa, porque se piensa que habrá miles más.
—Voy a la biblioteca, solo un par de horas —murmuró.
—No corras, ¿vale?
—Lo prometo.
Subió a la moto.
El casco rosa, el de ella, seguía en el compartimento. No lo quitaba nunca.
Por si acaso.
Arrancó el motor.
El sonido familiar.
El empuje suave al girar el puño.
La ciudad se extendía frente a él como siempre:
calles estrechas, gente a pie cruzando sin mirar, coches mal aparcados, luces ámbar parpadeando entre la bruma ligera.
Iba tranquilo.
Apenas unas calles más adelante estaba la biblioteca.
Con Bruno. Con los apuntes. Con las tardes largas y aburridas que, ahora, se le hacían más ligeras porque la noche casi siempre terminaba con Luna.
El semáforo se puso en verde.
Aceleró despacio.
Y entonces, todo cambió.
---
Fue un segundo.
Un coche.
Demasiado rápido.
Demasiado violento.
No lo vio venir.
Nadie lo vio venir.
Se saltó el cruce.
Y le arrolló.
El impacto fue brutal.
El casco se soltó, salió despedido.
Su cuerpo voló por el aire.
La cabeza golpeó el asfalto con un sonido seco que no parecía real.
Y entonces, el mundo se volvió silencio.
No dolor.
No gritos.
Solo… silencio.
Todo se ralentizó.
Como si no le estuviera pasando a él.
Como si lo viera desde fuera.
Como si flotara.
El cielo parecía más gris.
Las voces de la gente a lo lejos eran ecos apagados.
Y en medio de todo eso, un único pensamiento.
Ella.
Luna.
La chica misteriosa.
Su cara en la puerta.
Su voz diciéndole que no corriera.
Sus ojos grandes.
Su risa cuando se encogía de hombros.
Su forma de decirle que lo quería incluso cuando aún no lo sabía.
Eren sintió cómo todo empezaba a apagarse.
No había miedo.
No había rabia.
Solo una pena serena.
Un amor tan grande que no cabía en ese último momento.
Y un único lamento:
No habérselo dicho más veces.
No haberle gritado al mundo que por ella había sido un hombre mejor.
No saber si ella alguna vez entendería que, aunque su vida terminara ahí,
ese amor no moriría con él.
La oscuridad llegó suave.
Como una manta.
Como un descanso.
Y lo último que Eren pensó, antes de irse, fue:
"Luna... te quiero. Y eso… eso es para siempre."
---