El cielo está nublado hoy.
Desde la ventana del tercer piso se ve el jardín trasero.
Todavía no han podado los rosales.
Y eso me da cierta tranquilidad.
Hay algo en el desorden natural que se parece a lo que tengo dentro.
Sigo aquí.
Un mes y medio después.
Y aún no sé cuándo me iré.
Los médicos dicen que avanzo.
Yo no siempre lo siento así.
Hay días que me cuesta levantarme.
Otros en los que me despierto sin recordar por qué estoy aquí.
Pero también hay días…
como hoy.
Días en los que no me siento tan rota.
Ara vino a verme esta mañana.
Como siempre.
Trajo un libro de poemas.
Y una bolsa con galletas que jura haber horneado ella misma, aunque sabemos que eso no es cierto.
Se sentó en el borde de la cama y no dijo mucho.
Me miró.
Como siempre.
Con esa calma suya.
Con ese “estoy aquí” silencioso.
Yo la escucho sin decirlo.
La siento.
Y lo sé.
Sé que la quiero.
No sé si como amiga.
No sé si como algo más.
No sé si estoy lista.
Pero sé que, en mis peores días, ella fue quien volvió.
Y se quedó.
A veces me da miedo pensar en salir de aquí.
Porque aquí todo tiene nombre.
Etiqueta.
Rutina.
Afuera, volver a vivir parece un abismo.
¿Y si caigo otra vez?
¿Y si no sé cómo pedir ayuda?
Pero también me digo:
y si no caigo.
Y si empiezo.
Y si por fin entiendo que vivir no es tenerlo todo claro,
sino seguir caminando aunque no entienda nada.
Eren murió.
Y eso nos rompió a todos.
A mí me rompió un poco más.
Pero también nos unió.
Nos hizo sinceros.
Nos volvió frágiles, sí, pero también verdaderos.
No sé si estoy lista para amar.
No sé si estoy lista para soltar lo que pasó.
Pero sí sé que hay vida.
Fuera de aquí.
Y dentro de mí.
Y cuando me den el alta,
voy a salir.
No para ser otra,
sino para ser por fin yo.