Donde se juntan los ríos

El sorteo

Faltan 25 días para el Festival de las Dos Orillas.

El martes amanece con mi mamá planchando una blusa que no es de ella.

—Es de tu tía Marlene, me la prestó para que te veas «presentable» —me informa, con la plancha suspendida sobre la tela como una amenaza—. Póntela.

—Mamá, yo tengo ropa.

—Tú tienes franelas, Andrea. Franelas con olor a aceite, que es distinto.

—Es la selección de un equipo de cocina, no un bautizo.

—Por eso mismo. Los de la otra orilla van a ir como si los hubieran peinado con regla. Tú no vas a llegar oliendo a la freidora de tu abuela, que en paz descanse, por muy orgullosa que yo esté de esa freidora.

Me pongo la blusa. Huele a suavizante ajeno y a derrota. Yus llega a buscarme con una falda que tampoco parece suya y las dos nos miramos en el espejo de la sala como dos reclutas disfrazadas de señoritas.

—Parecemos las secretarias de una funeraria —dice Yus.

—Parecemos las secretarias más tristes de la funeraria más pobre.

—Si quedamos, pido que conste que quedamos vestidas de luto por nuestra dignidad.

Nos reímos, pero yo por dentro no estoy en el chiste. Estoy en otra parte, en la parte que no muestro ni en el espejo: la que tiene miedo de que hoy, delante de cámaras y de la gente de la otra orilla, se note todo lo que yo no soy. Que no tengo título. Que no tengo chaqueta blanca con mi nombre bordado. Que mi cocina huele a aceite de verdad y mi currículum es un puesto con el toldo remendado. Me acomodo la blusa de mi tía por décima vez y pienso que eso es lo que más miedo me da de Puerto Ordaz: no que cocinen mejor. Que me miren y vean el remiendo antes que las manos. Después me acuerdo de las manos de mi abuela, de las de mi mamá agarrando la pinza con el trapo, y se me acomoda algo en el pecho. Mis manos son mi título. Que miren.

La preselección fue la semana pasada y todavía me parece mentira que estemos en esta lista. Cuarenta y pico de aspirantes por orilla, una cocina industrial con más jueces que aire acondicionado, y a mí me tocó hacer «el plato que mejor te represente». Hice empanadas de cazón. Los demás presentaron espumas, reducciones, una cosa con humo que salía de una campana de vidrio, como si el plato estuviera preso. Yo puse tres empanadas en un plato blanco y la jueza de la esquina, una señora de lentes que no sonrió en dos horas, se comió dos y preguntó si había más. Quedé de finalista. Yus también, con un dulce de lechosa que «no es tradicional en presentación», dijeron, y ella respondió, delante de todos, que la tradición sabe igual en copa que en vaso plástico. Keiber quedó por una vía que hasta hoy es un misterio administrativo, porque Keiber no se inscribió en nada: su grupo de calipso lo postuló en la categoría de acompañamiento cultural y el muchacho se enteró por el grupo de la cuadra.

Hoy, de veinte finalistas, salen seis. Tres de San Félix. Tres de Puerto Ordaz. Y mi mamá, que dice que no está nerviosa, lleva planchadas tres blusas.

Para llegar a la sede del festival hay que cruzar el puente, y cruzar el puente un martes a las ocho es una actividad de riesgo. En la parada del mercado ya hay cola para el microbús y Yus hace lo que hace Yus: negocia con el universo.

—Yo pedí el por puesto —dice, señalando un carro blanco que viene bajando con el parabrisas lleno de santos y una cortinita de flecos.

El carro se detiene y de la ventanilla baja, como baja un rey a saludar a su pueblo, don Ramón.

Don Ramón tiene sesenta y tantos años, treinta y tantos manejando las rutas de esta ciudad, y una memoria que debería estar inscrita en el registro civil. No existe persona en Ciudad Guayana que don Ramón no haya montado en ese carro. No existe secreto en Ciudad Guayana que don Ramón no haya escuchado desde el asiento de adelante, fingiendo mirar la vía.

—¡Las cocineras! —dice, abriéndonos la puerta de atrás con la solemnidad de quien abre un teatro—. ¡Móntense, que hoy el carro va bendito! ¿A la selección esa del festival?

—Don Ramón, ¿cómo sabe?

—Mi amor, yo sé quién va a quedar antes que el jurado. Ayer llevé a dos jueces a almorzar y hablaron todo el camino. La gente cree que uno maneja, uno lo que hace es escuchar con licencia.

—Entonces díganos —dice Yus, ya instalada, con la falda de funeraria recogida en las rodillas—. ¿Quedamos o no quedamos?

—Ustedes dos quedan seguro —dice don Ramón, arrancando con ese cariño brusco que tienen los carros viejos—. La que cocina como la abuela y la que habla como la radio. El problema no es si quedan. El problema es con quién les va a tocar aguantar.

Cruza el puente despacio, porque don Ramón maneja como quien conversa, y el Caroní pasa debajo de nosotros ancho y oscuro, yéndose a buscar al Orinoco como se ha ido todos los días de mi vida. A esta hora la ciudad está en su mejor luz, esa de la mañana que todavía no quema, y por un segundo, un solo segundo, se me olvida el nudo que tengo en la barriga desde el domingo.

Dura lo que dura la bajada. En la otra orilla ya se ve la sede del festival: un salón con banderines, una tarima, sillas plásticas puestas en filas de a diez y un parlante que está probando su existencia con esa retroalimentación que le perfora a uno el alma.

—Uno, uno, probando. Sí. Uno.

—Llegaron las de la suerte —dice don Ramón, cobrándonos en la puerta—. Vayan y me cocinan esa ciudad partida como Dios manda: juntica.

—Don Ramón, ¿usted no cobra el doble cuando hay evento?

—A las futuras ganadoras se les fía. Anoto en mi cuaderno, que es más viejo que el de Chirica y más confiable que el banco.

Adentro huele a café de termo y a nervios. Hay familias enteras. Hay cámaras del canal regional. Hay una mesa larguísima con los nombres de los finalistas impresos en cartulinas, y mi nombre, ANDREA PAZ, se ve tan serio en mayúsculas que siento que le pertenece a otra persona, una con blusa planchada que sabe lo que está haciendo.




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