Donde se juntan los ríos

Primera reunión: Orinokia

Faltan 23 días para el Festival de las Dos Orillas.

El territorio neutral queda en Puerto Ordaz, lo cual ya dice mucho de cómo entiende la neutralidad esta ciudad.

Lo propuso Majo en el chat, con la seguridad de quien no ha negociado nunca nada: «orinokia, feria de comida, mesa grande del fondo». Óscar aplaudió. Yus escribió «¿eso no es en la otra orilla?» y después «bueno dale, pero si me pierdo me buscan». Keiber mandó su ubicación en tiempo real durante cuarenta minutos sin que nadie se la pidiera. Y Andrés, el profesor, respondió con un mensaje que debería estudiarse en las escuelas: «Perfecto. Nos vemos a las 3:00 p. m. en el área de comidas del centro comercial».

El centro comercial.

Yo leí eso sentada en la cocina de mi casa, con los pies metidos en una ponchera de agua tibia porque los domingos de Chirica no perdonan ni a los veinte años que no tengo, y sentí en la barriga esa mezcla rara que ya me está saliendo cada vez que este muchacho abre la boca: risa y ganas de pelear, en porciones iguales.

Porque no es maldad, lo sé. Es crianza. Pero hay palabras que en esta ciudad son un pasaporte, y Andrés Leal va por la vida mostrando el pasaporte equivocado en cada frontera.

Llegar a Orinokia desde San Félix es una expedición con más etapas que la independencia: primero caminar hasta la parada esquivando los huecos que uno ya conoce de memoria y los vendedores que ya lo conocen a uno; después decidir, según la plata y la prisa, entre el microbús — que viene cuando viene, lleno como una lata de sardinas con buena música — o el carro por puesto, que es más rápido pero exige esa conversación inicial, ese «¿va por la avenida?», «¿me deja en la entrada de Orinokia?», «pendiente ahí, porfa», que es todo un idioma. Yo me fui en microbús, porque la plata de esta semana ya tiene nombre y apellido en una lista que no está en ningún papel, y me bajé dos paradas antes para caminar el último tramo y llegar, digamos, sudada con dignidad, no derrotada.

Yus, en cambio, llegó en por puesto, porque Yus negocia su comodidad como negocia todo: con la vida.

—Esa mujer me cobró como si me estuviera haciendo un favor a mí y a mis ancestros —anuncia, sentándose y dejándose caer contra la silla—. Pero llegué sentada, Andre. Sentada. Tú llegaste caminando como una propaganda de la pobreza.

—Yo llegué haciendo ejercicio.

—Tú llegaste ahorrando, que es distinto, y un día ese ahorro te va a salir en la cara en forma de arruga.

Keiber llegó tarde. Esto no es un dato, es una ley de la naturaleza, como que el río corre hacia el mar. Llegó con la moto todavía sonando en la cabeza, el casco en la mano y una excusa que él mismo descartó a mitad de camino:

—Surgió un viaje, surgió otro viaje, y el segundo viaje tenía una señora con dos bolsas que… nada, perdón. Estoy aquí. ¿Ya pidieron? ¿Qué es lo que piden los ricos aquí?

—Lo mismo que en tu casa, Keiber, pero en una bandeja distinta —dice Majo, que llegó hace rato, puntual como un reloj de iglesia, con la trenza impecable y una carpeta de colores que pone sobre la mesa con el cuidado de quien pone un arma cargada.

Óscar llegó con Andrés. Óscar llegó normal: franela, saludo para todos, silla corrida para Keiber. Andrés llegó con una libreta.

Una libreta. De tapa dura. Con un separador.

Yo miré esa libreta y sentí que algo dentro de mí, algo antiguo y de mercado, se preparaba para la guerra.

—Buenas tardes —dice Andrés, sentándose muy derecho, y abre la libreta en una página que ya trae cosas escritas, con una letra tan ordenada que dan ganas de pedirle que firme algo—. Traje una propuesta de metodología para las sesiones. Pensé que podíamos empezar por definir el concepto del menú, después establecer—

—Permiso —dice Yus, levantando un dedo—. Antes de la metodología. ¿Alguien me explica por qué el señor escribe «centro comercial» en el chat como si esto fuera Bogotá?

—Es un centro comercial —dice Andrés, genuinamente confundido.

—Se llama Orinokia —dice Majo, con la paciencia de quien corrige a un niño querido—. Orinokia. Orinoco, ¿captas? El río. Nadie en esta ciudad dice «vamos al centro comercial», Andrés. Eso suena a que vienes a inaugurar una tienda.

—En los documentos del festival dice «centro comercial Orinokia»—

—Los documentos del festival los escribe gente que dice «autobús», mi amor.

La mesa se ríe. Andrés se ríe también, un poco tarde y un poco rojo, y anota algo en la libreta.

—¿Qué estás anotando? —pregunta Keiber, estirando el cuello.

—Orinokia. Sin «mall».

—Anota también que aquí nadie dice autobús —digo yo, y me sorprende a mí misma estar disfrutando esto, estar sentada en la feria de comida de Orinokia a las tres de la tarde de un miércoles, con el olor a pollo frito de las franquicias peleando con el de las papas de alguien más, enseñándole a hablar a un muchacho de la otra orilla como si fuéramos amigos de toda la vida—. Se dice microbús. O carro por puesto, que los por puesto son carros, no son bus. El que dice autobús en Guayana acaba de llegar o está grabando un documental.

—Microbús —repite Andrés, anotando—. Por puesto.

—Y anota —dice Yus, robándole una papa a Keiber— que el que anota todo lo que decimos termina en el chat, en forma de burla, para siempre.

—Eso también lo anoto —dice Andrés, y por un segundo, un segundo rapidito, le veo la sonrisa de verdad, no la de la foto oficial: la de un muchacho que está entendiendo el juego y decide jugarlo—. Para uso futuro.

Yo debería aprovechar este momento para ponerme seria. Debería decir: tenemos veintitrés días, un puesto que se muere, una deuda que no sé cuánto es y un menú entero que no existe. Debería. En cambio estoy aquí, con la malta sudando en la mesa y el aire acondicionado pegándome en la nuca, pensando en que esta es la primera vez en meses que estoy sentada en un sitio sin estar trabajando, sin estar friendo, sin estar contando, y que la compañía — estos cinco desconocidos que el destino me empacó como un premio de consolación — no está tan mal. Me da hasta miedo pensarlo, como si reconocer una cosa buena fuera una manera de espantarla. En mi familia no felicitamos a la suerte en voz alta. La suerte, como el hielo, se derrite si la miras mucho.




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