Faltan 21 días para el Festival de las Dos Orillas.
A las cinco de la mañana, el Mercado de Chirica es otro planeta.
No hay bulla, no hay fila, no hay radio todavía. Hay faroles amarillos peleando con una oscuridad que se está yendo a regañadientes, hay gatos con cargos administrativos recorriendo los pasillos como dueños, hay olor a agua de trapeador, a cartón mojado y a ese primer humo de leña que encienden en el pasillo de las arepas, que es el olor oficial de que la ciudad va a volver a pasar hoy. Los puestos duermen con sus santos y sus candados. El nuestro también duerme, con el toldo bajado y la pintura azul viéndose gris, y yo llego con mi llave, mi moño sin hacer y mi termo, sintiéndome lo que soy a esta hora: la heredera de un reino de cuatro metros por tres que todavía no abrió.
Esta es mi hora favorita del día y no se la he confesado a nadie. Antes del ruido, antes de las cuentas, antes de ser «la hija de Elena» o «la muchacha del cazón» para nadie, soy solamente la que abre. La que escucha cómo suena el mercado cuando respira dormido. Mi abuela llegaba a esta misma hora, con esta misma llave — que ya perdió el color y sobrevivió a tres gobiernos de la administración del mercado —, y yo la acompaño en el gesto sin darme cuenta: toco el candado con la palma entera antes de abrirlo, como se saluda a una casa.
—Buenos días —dice una voz a mi espalda.
Casi me infarto. Casi se me cae el termo. Casi cometo el primer homicidio del Equipo Ciudad antes de las cinco y cinco.
Andrés Leal está parado a tres metros, con un suéter gris, el pelo todavía peleando con la almohada y dos termos en las manos. Dos. Uno para él y uno…
—Dijiste a las cinco —dice, mirando mi cara de crimen—. Llegué a las cuatro y cuarenta por si había que madrugar más. No sabía cuál era el código de vestimenta para visitar, así que traje café. Bueno —corrige, con la honestidad incómoda que ya le voy conociendo—, traje café para mí y uno de más por si alguien no había tomado. Es de mi casa.
—Yo pongo el café en mi puesto, Leal. Lo dije ayer.
—Lo dijiste. Y yo traje igual. Tú decides cuál se toma en tu cocina, pero que conste que el visitante cumplió.
Me tiende un termo. Lo acepto porque son las cinco de la mañana y mi dignidad, a esta hora, está en modo ahorro de energía. Le doy un trago esperando café de restaurante fino, de ese que sabe a discurso… y es café normal. Café bueno, fuerte, con el punto de dulce bajito.
Exactamente como lo tomo yo cuando trabajo. Sin que yo se lo haya dicho nunca a nadie que no viva en mi casa.
Lo miro por encima del termo.
—Tú a mí no me has visto tomar café en tu vida.
—Domingos —dice él, encogiéndose de hombros con una tranquilidad criminal—. Tres meses de domingos. Tú trabajas con una taza al lado de la freidora y cada vez que don Efrén te la rellena le dice lo mismo: «sin tanta azúcar, don Efrén, que hoy hay prueba de guiso». Me aprendí el pedido de memoria. Era eso o seguir fingiendo que no miraba.
El mercado está vacío, oscuro y frío, y yo siento que me sube un calor por la cara que no tiene nada que ver con ninguna freidora, porque todavía no he prendido ninguna.
Esto es lo que no le voy a contar a nadie, ni siquiera a ustedes, que ya me han visto pensar cosas peores: no es que me guste. Es peor que eso. Es que me nota. Este muchacho, criado entre manteles, cruzaba la ciudad los domingos, se ponía una gorra chimba y se aprendía cómo tomo yo el café solo por mirarme trabajar. Hay gente que te dice cosas bonitas. Y hay gente que te pone atención, que es una cosa mucho más peligrosa.
—Entra —digo, abriendo el toldo con más fuerza de la necesaria—. Y cuidadito con enamorarte del puesto, que aquí el que entra ayuda.
—A eso vine.
Y ayuda. Ayuda mal al principio, como se ayuda cuando uno aprende un oficio mirándolo desde fuera: deja las cajas donde va la gente, agarra la escoba al revés de tanto estudiarla, pregunta dónde va el ají dulce con la seriedad de quien desarma una bomba. Pero ayuda sin quejarse, sin mirar el reloj, sin sacar el teléfono. A las cinco y veinte llegan Yus y Keiber en la moto de Keiber, ella dormida a medias agarrada de la caja de las cocadas como de un salvavidas, y se encuentran el espectáculo completo: el heredero de Casa Leal, en Chirica, barriendo mi puesto con la escoba todavía un poco al revés.
Yus se baja de la moto, se quita el casco, lo mira, me mira a mí, mira el termo extra en el mostrador, y hace esa cosa que hace su cara cuando archiva: un solo gesto, mínimo, con las cejas.
No dice nada. Todavía. Archivo abierto, grabando todo.
—¡El profesor madrugó más que el gallo! —dice Keiber, ya despierto como si su cuerpo funcionara con horario de mercado desde la cuna—. ¿Y tú qué haces barriendo, vale? Dame eso, que me da como una cosa verte sufrir la escoba.
—Estoy en entrenamiento —dice Andrés, entregándole la escoba con la dignidad de un rey abdicando—. Tu amiga es exigente.
—Mi amiga es un régimen, profesor. Bienvenido a la resistencia.
Óscar y Majo llegan a las cinco y cuarenta en un por puesto que los deja en la esquina equivocada, peleando con el conductor por la dirección como solo se pelea cuando uno todavía no desayunó. Majo trae el pelo recogido en un moño heroico y una cara de sueño tan profunda que se sienta en la primera caja que encuentra y anuncia que ella funciona «a partir de las siete, como los bancos». Óscar trae una bolsa con pan dulce «para el equipo», y la pone en el centro como se ponen las ofrendas, y yo entiendo mirándolos — dormidos, desordenados, verdaderos — que esta gente de verdad vino. Que no era un acto para la foto. Que a las cinco de la mañana, cuando nadie está mirando, es cuando se sabe quién está en las cosas y quién está de visita.
Entonces empieza el mercado de verdad y con él, la lección que yo no preparé.
Porque yo les iba a enseñar la sesión de trabajo: el guiso, los tiempos, la masa. Pero Chirica enseña solo, a su manera, y su manera es metiéndote en el medio sin preguntar. A las seis pasa el señor de los quesos a dejar la cuña de queso guayanés «de la buena, la de siempre» y le dice a mi mamá, que acaba de llegar, que se la apunta «donde siempre», y abre un cuaderno gastado, con la letra de tres generaciones, donde La Sazón de Paz debe y es debida en una economía paralela que no sale en ningún banco. A las seis y cuarto pasa la señora Carmen — la otra Carmen, la de las verduras — a cobrarle a Yus dos semanas de ají dulce con un sistema de fiado tan antiguo como el río, y Yus paga la mitad y negocia la otra mitad con una cocada y una promesa que ambas saben que vale más que un recibo.