Donde se juntan los ríos

Lo que se dice en Chirica

Faltan 18 días para el Festival de las Dos Orillas.

El mercado se enteró de la sentencia de Daniela antes que yo desayunara, y la sentencia, en boca de Chirica, sufrió transformaciones.

A las siete de la mañana, el muchacho de los quesos me recibió con un «buenos días, ¿cómo amanece el trámite?» que le debe haber dolido ensayar. A las siete y cuarto, don Efrén, entregándome el hielo, dictaminó que «esa señora de la libreta lo que tiene es que nunca ha desayunado aquí». Y a las ocho en punto, cuando la fila ya doblaba la esquina, la señora que vende las empanadas de queso dos puestos más allá — competencia histórica, enemiga jurada en materia de promociones — se acercó a mi mostrador, me miró con una solidaridad que no le conocía, y me dijo la frase que define a este mercado mejor que ningún reglamento:

—Ese plato de ustedes no es ningún trámite, mija. Lo que pasa es que esa señora no sabe de quién es esta cocina.

Y se fue a defender su frontera de queso como si no hubiera soltado una granada.

La solidaridad, eso sí, en Chirica viene con agenda. A media mañana, Yus apareció en mi puesto con una libreta (robada, con toda seguridad, del arsenal de papelería del profesor Leal) y anunció la fundación de una institución: el Consejo de Emergencia Gastronómica del Mercado, integrado por ella como presidenta, secretaria y prensa. Su primer decreto quedó pegado en mi nevera, junto al aviso amarillo, y decía con su letra de afiche:

«El Equipo Ciudad cocinará UNA PRUEBA para todo el que quiera opinar. Traiga su hambre y su lengua. Prohibido opinar sin comer, que para eso ya está la televisión».

—¿Tú fundaste un consejo sin consultarme? —pregunté.

—Andre, Daniela les dio tres semanas y una sentencia. Lo que este equipo necesita no es un consejo: es un pueblo entero catando. Además —bajó la voz, con su sonrisa de contadora del bochinche—, si la sentencia ya la sabe todo el mundo, que todo el mundo ayude a resolverla. Bochinche que no se usa, se desperdicia.

La idea era tan buena que me molestó no haberla tenido yo. Se lo dije. Me dijo que para eso están las presidentas y se fue a tocarle el tambor al pasillo entero: el viernes, hora de almuerzo, el mercado entero probaría lo que el Equipo Ciudad estuviera cocinando. El señor de los pollos donó dos gallinas «por la patria». Don Efrén donó el hielo «y el respeto». La señora de los quesos, mi enemiga jurada en promociones, donó media cuña «para el trámite», y al decirlo me guiñó un ojo, y así supe que en esta guerra de nombres yo ya no estaba peleando sola contra la señora de la libreta: estaba peleando con un mercado entero soplándome la nuca, que es una forma muy ruidosa y muy hermosa de que a una la quieran.

Ahí está la cosa que yo no le he terminado de entender a Chirica en diecinueve años: aquí el chalequeo es deporte nacional, pero cuando alguien de fuera toca a uno de los nuestros, el mercado entero se convierte en una sola familia con doscientas bocas y un solo peinado. Me llovieron soluciones toda la mañana, gratis, en fila, con la empanada en la mano: el hervido de la señora de las arepas, «que eso levanta un muerto y un jurado»; el sancocho de gallina del señor de los pollos, que gritó su propuesta desde su puesto agarrando una gallina como una copa de vino; los tequeños como «patrimonio mundial» según Keiber, que propuso servirlos con guasacaca «y que Daniela llore si quiere, pero que llore comiendo». Cada quien juraba que EL plato de esta ciudad era el que vendía su primo, su abuela, su puesto.

Y entre vendedor y vendedor, escuchando apellidos que se repetían, me cayó la ficha que me faltaba y que llevo dos días esquivando como se esquivan las verdades grandes: yo no sé cocinar esta ciudad porque no termino de saber de dónde viene mi propia cocina. Sé el guiso de mi mamá. Sé lo que me contaron de mi abuela Carmen: que era seria, que madrugaba, que su pescado «era otra cosa». Nadie dice qué otra cosa. Nadie dice nada nunca en mi familia: se cambian los temas como se cambian los canales cuando sale una noticia fea.

Daniela quiere un plato que responda quiénes somos. Muy bien. Decidí empezar por preguntarle a la única institución de esta ciudad que archiva sin cobrar: las viejas de Chirica, que lo saben todo y lo cuentan todo, con versiones.

—Usted me va a tener que ayudar a preguntar sin que se note —le dije a Andrés, que a las cinco ya había montado medio puesto como un empleado del mes de un negocio que no es suyo—. Porque si pregunto yo directamente por mi abuela, me van a cuidar. Y a mí no me sirve que me cuiden. A mí me sirve la verdad con toda su grasa.

Él cerró la libreta. Esa es su manera de decir «cuenta conmigo»: cerrar la libreta y mirar a la persona.

—Yo pregunto como estudiante. Los estudiantes podemos preguntar cualquier cosa porque estamos oficialmente autorizados a no saber nada.

La primera fue la señora Carmen — la otra Carmen, la de las verduras, sesenta y tantos años vendiendo en este mercado y una memoria que debería cotizar en bolsa.

—Joven, ¿y ese interés por las cocinas de antes? —le dijo a Andrés, que le había formulado la pregunta de práctica («estoy reuniendo recetas antiguas de pescado de río para un trabajo de la escuela»). A mí me dejó de pie a su lado, cargada de ají dulce, en calidad de mueble con oídos.

—¿Recetas de pescado? Ay, mi niño. Aquí la receta de pescado era una sola y tenía dos dueñas. —Se persignó con el mismo gesto con que pesa un kilo de tomates—. Carmen Paz y Pina Leal, las hermanas del río, les decían así porque no eran hermanas de sangre sino de algo más serio: de fogón. En las fiestas, en los velorios, en los bautizos grandes, cocinaban juntas. Carmen ponía el punto, la fuerza; Pina ponía… la mano distinta, ¿cómo te digo? Una sabía el qué. La otra sabía el cómo se siente. Se dividían la olla como se dividen dos comadres una conversación: sin turnos.

—«¿Y qué pasó?» pregunté yo, porque los muebles también hablan cuando la historia les pega en el apellido.




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