Faltan 16 días para el Festival de las Dos Orillas.
Hay dos formas de ir al río en esta ciudad. Está la de paseo, con la familia, el termo, las fotos y el papelón con limón mirando la confluencia como quien mira un cuadro famoso. Y está la otra, la de verdad, la de las tres y media de la mañana, sin luna, con las manos que se te van a congelar en un agua que huele a piedra y a noche, y con un señor de setenta años que se mueve en la oscuridad como si la oscuridad fuera su casa y los demás fuéramos visitas con miedo a tropezar.
El señor se llama Eusebio Rondón, es tío abuelo de Keiber, ha pescado en este río más años de los que mi abuela llevó muerta y de los que yo llevo viva juntos, y nos recibió en la orilla con un termo de café, una linterna que no prendió ni una vez y una sola frase de bienvenida:
—El que se caiga, se levanta solo. El río cobra la vergüenza en vivo y no acepta reclamos.
Nos habíamos citado en el muelle donde duermen las curiaras, que a las tres de la mañana no es un muelle: es una idea de muelle, una oscuridad con tablas. Keiber llegó primero, porque en su familia madrugar es un rasgo de sangre y no de voluntad, y venía ya convertido en funcionario fluvial: botas, linterna en la mano apagada por respeto anticipado, y un discurso de seguridad que duró cuarenta segundos y terminó en la frase «y si pasa algo, griten mi nombre, que yo conozco a todo el mundo, incluyendo al río». Majo llegó con su gorra heredada y una bolsa de empanadas frías «para la tripulación», porque hay familias en las que nadie se sube a nada sin llevar comida, y la mía es de esas, y la suya también, y así se reconoce la gente de uno. Óscar llegó afirmando que el mareo es «un mito de la gente sin equilibrio interior» y pidiendo que constara en acta. Andrés llegó último, corriendo, con su linterna frontal de tienda seria y cara de alumno nuevo en escuela de campo, y lo miramos todos con la ternura cruel de los que saben que el río cobra la vergüenza en vivo.
La curiara del señor Eusebio se llama, según la pintura gastada de la proa, «LA QUE VUELVE», que es el nombre más tranquilizador o el más amenazante del mundo dependiendo de cómo se lea a las tres y media de la mañana. Nos acomodó sin discursos: peso equilibrado, manos adentro, silencio cuando él dijera silencio. El motor tosió dos veces, aceptó la madrugada y nos fuimos adentrando en esa negrura enorme que no es ausencia de ciudad: es la ciudad al revés, vista desde el agua que la alimenta desde antes de que existieran las avenidas. A la espalda, San Félix dormía con sus luces bajas. Enfrente, negro y paciente, el Orinoco. Yo pensé, con las manos ya frías agarradas a la borda, que esta era la primera vez en mi vida que salía a buscar mi comida en vez de esperarla en una cava. Y que mi abuela hacía esto. Que la mujer del candado y del silencio, antes de ser mi mito familiar, fue una muchacha con las manos metidas en este mismo frío.
Yus, que se quedó en tierra firme porque alguien tenía que abrir el mercado y porque «mi relación con las embarcaciones es de respeto mutuo y distancia», nos despidió por el chat con la bendición oficial de la presidencia: «traigan pescado y traigan un chisme que valga la madrugada. en ese orden no, mejor al revés». No sabía, la presidenta, lo profética que estaba siendo. En esta historia, los chismes terminan siendo recetas y las recetas terminan siendo mapas, y yo iba en una curiara llamada LA QUE VUELVE, a las cuatro de la mañana, sin tener ni idea de que el mapa ya lo tenía mi propia familia cosido por dentro.
El Consejo de Emergencia Gastronómica había decretado — Yus, con su libreta institucional y su seriedad de funcionaria — que el viernes, cuando todo Chirica probara lo del equipo, el pescado tenía que ser pescado de río de verdad, «no ese señor fileteado de bandeja que viene con papel y sin historia». Y como en este equipo cada decreto cae en la cabeza de alguien, la misión amaneció con dueño: salimos al río Keiber, que heredó el oficio por los genes y el oficio de verdad no heredó porque «yo soy más de tierra firme y de motor»; Óscar, que aseguró que él pescaba «de hobby» y a los diez minutos estaba pálido mirando la curiara moverse; Majo, que se apuntó porque en su familia «el que no madruga no opina», con una gorra de su abuela y termo propio, preparada como para un examen; y Andrés y yo.
Andrés llegó a las tres y veinticinco con dos termos, otra vez, y una linterna frontal comprada obviamente en una tienda de cosas serias, que el señor Eusebio le miró como se mira un disfraz.
—Apague eso, joven. Usted no vino a operar un cerebro. Vino a aprender a ver de noche, que es un arte que no se compra.
Andrés apagó la linterna sin discutir, se guardó la dignidad en el bolsillo junto con el teléfono, y durante la siguiente hora hizo la cosa que más le cuesta a la gente que viene de saber: no saber. Preguntó cómo se sabe dónde echar la red. Preguntó por qué el agua se pone de un color antes de que salga un cardumen. Preguntó si el río «avisa», y el señor Eusebio, que habla en sentencia como mi mamá sentencia en una palabra, le respondió: «El río avisa todo. El problema es que la gente de la ciudad escucha con los audífonos».
Yo conozco esta orilla de oídas y de domingos, pero en la curiara, a esa hora, con el frío metiéndose por las mangas y la ciudad dormida a la espalda como una sola luz con sueño, me sentí tan forastera como el profesor. Mis manos sirven para masas, para freidoras, para cuentas. Para una red mojada, a las cuatro de la mañana, sirven de decoración con uñas cortas.
—Esas manos tuyas son de harina, muchacha —me dijo el señor Eusebio, sin crueldad, con la precisión de quien clasifica especies—. Las de tu abuela eran de río. Se le notaba en la muñeca. El pescado grande no lo agarra la fuerza: lo agarra la muñeca que sabe esperar.
A la segunda red, Andrés pidió aprender «el gesto», y el señor Eusebio, que enseña como sentencia, le entregó el borde mojado y le dijo una sola instrucción: «no lance el brazo, lance la espera». Andrés lanzó el brazo, la espera, la red y casi su propia persona en un solo movimiento confundido, y la red cayó al agua formando la figura exacta de una derrota. El grupo guardó un silencio profesional de dos segundos antes de que Keiber, con la mano en el pecho, declarara que eso había sido «pesca expresionista: el artista no captura el pez, captura el concepto». Cuando por fin Andrés sacó la red vacía, con una rama y una dignidad recuperable, preguntó si la rama contaba como captura y el señor Eusebio le concedió, magnánimo: «cuenta como lección, que es lo que usted vino a buscar».