Faltan 14 días para el Festival de las Dos Orillas.
El viernes el Consejo cató el morocoto y el mercado habló con una sola boca: «huele a río».
Lo cocinamos entero, como dictó la frase cortada de mi mamá — al horno de leña del puesto de los quesos, que la señora enemiga jurada prestó «por la patria y por el chisme», con sal gruesa, ají dulce y un ajillo que Yus defendió como si fuera legislación. Mi mamá dirigió la cocción sin tocar un solo cuchillo, que es su forma elegante de mandar estando cansada: sentada en un banquito, con las muñecas en reposo obligado por mí, dictando tiempos como un reloj con opiniones. «El pescado entero se respeta y se espera. El que lo apura, lo seca. El que lo mira mucho, lo seca también: miren menos.» Andrés, que lo miraba muchísimo, tomó nota de la instrucción con la seriedad de quien recibe un artículo constitucional y se fue a mirar, disciplinadamente, la pared.
Y el mercado entero almorzó ese pescado. No exagero: yo vi la fila por el pasillo con platos de cartón y cara de acontecimiento; vi al señor de los pollos soltar su gallina un momento para probar «el patrimonio», vi a don Efrén cerrar su bodega de hielo cuatro minutos — cuatro, que en don Efrén es un duelo nacional — para comerse su pedazo con la solemnidad de un tratado. La señora Carmen dictó la conclusión de las catadoras, señalando el plato vacío como un fiscal señala la evidencia: «Esto tiene río. Lo que le falta no es sabor: es la otra mitad. Un pescado entero sin su otra mano es un buen pescado, no el pescado». Y la señora Gregoria, a la que Yus le llevó su porción en calidad de homenaje, lo probó en silencio, levantó un dedo y dictaminó la frase que llevo clavada todo el capítulo: «Huele a Carmen. Todavía no huele a las dos». Detrás del conejo de humo no habló nadie el primer minuto, y en el segundo minuto el señor de los pollos dijo la cosa más seria que se ha dicho de un plato en esta ciudad: «esto no es comida de festival, esto es comida de cuando vuelve alguien». El sobrino del pescador lloró un poco y juró que era el humo, y nadie tuvo la crueldad de contradecirlo, porque con los pescados que vuelven de lejos llora hasta el que filetea sin mirar.
Así que teníamos pescado. Teníamos el cómo entero, a dos manos, y teníamos un veredicto rondando como un zancudo que no se puede matar: «un trámite». Y teníamos, sobre todo, una reunión de estrategia que Yus canceló el sábado por decreto presidencial:
—Esto no se resuelve en una cocina, equipo. Esto se resuelve caminando. Mañana, La Llovizna. Traigan cada quien algo de comer de su casa y cero (cero) libreta cerrada de restaurante, profesor. Allá el agua hace el ruido y uno piensa mejor.
Llegar al parque, desde San Félix, ya es media excursión y todo el sistema nervioso de este equipo: microbús hasta el puente con el arsenal de comida repartido en bolsos — Keiber cargando las empanadas como un tesoro nacional, Óscar enamorado de su propia responsabilidad con las mandarinas —, cada pasaje pagado por quien lo tenía a mano y registrado en la contabilidad mental de Yus con una frase que en este grupo es ley física: «eso se lo debemos al fondo», y el fondo, hasta ese día, era una entidad mística. Nadie sabía cuánto había en el fondo, pero todo el mundo juraba que el fondo existía y que el fondo, algún día, nos cubriría a todos.
El Parque La Llovizna en domingo de tarde es el otro mercado de esta ciudad, pero sin techo y con mejor vista. Está el puerto de los botes, están las familias con sus cavas y sus cumpleaños y sus radios en competencia leal, están los niños corriendo en todas las direcciones del mapa, y está el Salto, cayendo como cae desde antes de la ciudad, con esa neblina fina que se te pega a la cara y te deja la piel oliendo a piedra limpia. La gente de Guayana viene aquí a lo mismo desde siempre: a mirar el agua y acordarse de que vive en alguna parte hermosa, que es una medicina que no dan en ninguna farmacia.
Nos sentamos en un banco largo con el arsenal encima: las empanadas de mi casa — un arsenal pequeño, que mi mamá mandó «para la caminata», contadas por ella con el amor de quien cuenta soldados —; los tequeños de la mamá de Yus, que llegaron en una bolsa con más orgullo que una bandera; las mandarinas de la casa de Óscar; el termo grande de papelón con limón de Majo, que lo lleva como se llevan las reliquias; y de parte de Andrés, que se tomó la instrucción de Yus con la seriedad de un notario, una bolsita de catalinas de la panadería de su cuadra, compradas con cara de disculpa, «porque en mi casa lo de cocinar para llevar… cocino yo, y no quise presumir».
—No presumas nunca, profesor —le dijo Keiber, ya con una catalina en cada mano—. Esa es la primera regla de esta familia: aquí el que presume paga doble.
Comimos a la vaquita, sin cuentas, pasándonos todo, peleando por la última empanada con un torneo de piedra, papel o tijera que la última empanada perdió Majo y ganó la justicia poética, y el menú del festival se fue armando caminando, que era el plan secreto de la presidenta: el morocoto entero como centro, ya no hay discusión; la entrada con la mano, algo de orilla, que se coma parado como se vive en el mercado; el palo a pique no en plato sino en su versión de abrazo; y un postre que Majo defiende con la pasión de los conversos: «algo con la fruta del río, algo que huela a este parque en diciembre». Óscar lo fue anotando todo en su teléfono caminando hacia atrás, como los camarógrafos de los conciertos, y dos veces casi lo adopta el suelo, y las dos veces Keiber lo rescató del brazo sin dejar de hablar, porque hay personas cuyo trabajo en un grupo es literalmente evitar que los demás se caigan, y hay que agradecerles en vida.
En algún punto de la tarde, porque ningún plan de Yus sobrevive intacto a un domingo, terminamos haciendo la fila de los botes que te llevan a mojarte bajo el Salto. La negociación la llevó la presidencia en persona y la resolvió la red más poderosa de esta ciudad: Keiber conoce «a un primo del muchacho de los chalecos», y entre primos de primos y empanadas de intercambio, el equipo entero salió a precio de familia numerosa. Nos enfundaron chalecos naranjas ridículos, el bote arrancó con su motor confiado, y por unos minutos La Llovizna nos trató como trata a todos los que se le acercan con respeto: nos dejó pequeños. El Salto cayendo enfrente, enorme, blanco, con el ruido que te reordena los pensamientos por tamaño, y la llovizna pegándonos a la ropa como una felicidad con mala puntería, y los seis con la cara levantada, sin hablar, mojándonos por gusto.