Faltan 12 días para el Festival de las Dos Orillas.
La casa de Majo huele a anís, a guiso de domingo en miércoles y a una cosa dulce que no supe nombrar hasta que su abuela me puso un vaso en la mano y me dijo «pruebe, mi amor, que usted viene de lejos» — de lejos: veinte minutos de por puesto separan mi orilla de la cuadra de los Rondón, pero hay distancias que no se miden en carretera.
La familia de Majo, para los que no llevan la cuenta, no es una familia: es un municipio afectivo. Su mamá recibió al equipo con ollas ya en el fuego como si fuéramos una inspección del gobierno del hambre; su tía mayor administra los vasos, los cubiertos y la información con la misma mano; hay primos de todas las edades cumpliendo funciones que nadie les asignó y que cumplen como la gravedad, y un abuelo que no habla casi y aparece exactamente donde va a faltar una silla. «Es que en esta casa se ensaya con la barriga llena o no se ensaya», sentenció la mamá de Majo rechazando la más mínima protesta de Andrés, que intentó (pobre) decir que ya había almorzado. Esa tarde, Andrés Leal comió dos almuerzos históricos en la misma casa, y la familia Martínez lo adoptó con la velocidad de las instituciones serias: en menos de una hora ya le decían «el muchacho» y ya tenía apodo de guerra en evaluación («El Traductor», propuesto por un primo, quedó en revisión por razones que la presidencia del chat explicará después).
Era el primer ensayo oficial «de ambiente», en la cuadra de Keiber, porque el equipo había decidido una cosa grande y peligrosa: presentar el menú del festival con calipso en vivo. No con música grabada de fondo, no con un parlante prestado y dos canciones de cajón: con la tambora de la cuadra, con los muchachos que tocan en las esquinas desde que tienen permiso de trasnochar, con la gente de El Callao de Majo, que en esta ciudad es la gerencia general de la alegría con método. El plan era simple de dibujar y enorme de sostener: el pescado entra con tambor, la entrada se sirve con el coro, y la ciudad se oye antes de probarse.
La abuela de Majo preside el ensayo desde una silla de mimbre colocada en el centro exacto del patio, como un trono que además tiene rueditas. Se llama Carmen Luisa, manda en tres generaciones y en un radio de cuatro cuadras, y su instrumento de dirección no es una batuta: es una chancleta que sostiene en la mano derecha con la pereza majestuosa de quien sabe que no va a tener que usarla casi nunca. Su sistema de corrección es de una precisión que envidiarían los conservatorios del mundo: tambor desafinado, la chancleta se levanta dos centímetros. Paso mal puesto, la chancleta apunta. Niño distraído, la chancleta desciende, viaja cuatro metros con la trayectoria de un misil tierno y regresa a la mano en el bumerán afectivo de la familia Martínez.
—Eso no es regaño —me explicó Majo, viéndome la cara—. Eso es puntuación. Mi abuela dirigió el carnaval de El Callao desde esta misma silla. La chancleta es su firma.
Antes de que sonara el primer golpe, Majo hizo la advertencia que hace siempre, con la mano en alto como quien toma juramento: «Que conste en acta, equipo. El calipso no es la música que se pone mientras pasa otra cosa. El calipso es la cosa». Y tenía cómo firmarlo: el carnaval de su pueblo, El Callao, es patrimonio de la humanidad con papel y todo — lo declaró la UNESCO misma —, una fiesta que su gente sostiene desde que los abuelos de los abuelos mezclaron idiomas, tambores y disfraz en una sola calle. «Cuando ustedes me dicen que mi cultura es “colorida”, yo oigo chiquito. Mi cultura es una institución, como el mercado de Andre. Y las instituciones no decoran: funcionan».
Dicho eso, sonó el primer golpe y la institución puso a funcionar el barrio entero.
Los tambores arrancaron y el patio cambió de país. La tambora marcando el suelo como un corazón grande, el culo e' puya respondiendo, la charrasca haciendo su ruidito de lluvia de metal, y la calle entera asomándose: vecinos con sillas, niños en las aceras imitando los pasos, una señora que salió a regar las matas y se quedó regando el mismo metro cuadrado durante tres canciones enteras porque el cuerpo le pedía quedarse. Yus lo definió con su precisión de presidenta: «Esto no es un ensayo, equipo, esto es una institución con patio».
Majo baila como se respiran las cosas que se aprenden antes que el idioma. No es la mejor a pesar de la trenza que le llega a la cintura y esos zarcillos que suenan como campanitas: es la mejor con todo eso encima, girando con la falda de práctica, marcando el tiempo con los hombros, enseñándole a Óscar el paso básico con la paciencia de una santa que cobra por hora y hoy está de oferta. Óscar, para sorpresa de la ciencia, tiene ritmo. Óscar tiene demasiado ritmo: a los diez minutos estaba agregándole vueltas propias y la chancleta de la señora Carmen Luisa lo puntuó una sola vez, suave, a la pantorrilla, y él gritó «¡ACEPTO LA CRÍTICA, ES UN HONOR!». La cuadra lo aplaudió con esa generosidad que solo tienen los patios, y el muchacho quedó tan crecido que intentó una vuelta coronada y acabó saludando accidentalmente a una mata de plátano, con reverencia y todo; Yus, muerta en el suelo de la risa, decretó que eso no sumaba en la pizarra «porque la mata no es del grupo, pero queda como primera advertencia internacional».
Andrés, en cambio, es un caso de estudio sobre lo que pasa cuando un hombre entrenado en la quietud de una cocina de mantel intenta tener caderas. Se paró en la fila de los que aprenden, muy serio, con la libreta mental abierta, y produjo una secuencia de movimientos que Majo observó con respeto científico antes de dictaminarle: «Tú no bailas mal, Andrés. Tú bailas en otro idioma. Como todo tú».
—¡El profesor es bilingüe de cadera! —remató Keiber desde la tambora, sin perder el golpe—. ¡Que lo traduzcan!
La traducción oficial me la encargaron a mí, por supuesto, porque en este equipo todo lo que implique agarrarle las manos a un problema termina con mi nombre en la planilla. Le enseñé el paso como se enseñan las cosas en mi casa: sin manual, contando en voz alta y riéndome dos veces antes de corregir la tercera, con sus dos manos grandes buscando el compás como quien busca una puerta en un cuarto oscuro. Él cuenta con los labios, como cuenta recetas, y cuando por fin el paso le salió — medio paso, un golpe, la cadera llegando tarde pero llegando — el patio gritó como si hubiera metido un gol, y la señora Carmen Luisa dictó desde su trono la sentencia que me va a perseguir en voz baja durante semanas: