Faltan 10 días para el Festival de las Dos Orillas.
La hemeroteca de la ciudad queda en un edificio que huele a papel dormido y a ventilador cansado, y la custodia un señor llamado Anselmo que lleva cuarenta años archivando la vida de Guayana en cajas de cartón y desconfía de las computadoras «porque las computadoras no saben lo que vale un original».
Entramos en expedición oficial del Equipo Ciudad — Yus con su libreta institucional, Keiber con dos empanadas de emergencia en el bolsillo «por si el archivo es largo», Majo con la trenza recogida como quien va a un tribunal, Óscar grabando notas de voz que se le borran solas, Andrés con las manos en los bolsillos y una expresión que no le había visto: la de un muchacho que sabe que en alguna de esas cajas duerme su apellido, y no sabe si prefiere encontrarlo o que se haya perdido en una inundación amable.
—¿Qué buscan, exactamente? —preguntó Anselmo, abriendo su registro de visitas con la lentitud de las instituciones eternas.
—Un concurso de cocina de hace unos cuarenta años —dije—. Fiestas del río. Un pescado. Dos cocineras.
El señor Anselmo se me quedó mirando por encima de los lentes, con esa evaluación silenciosa que hace la gente mayor antes de decidir si una es digna de su archivo.
—Dos cocineras —repitió. Y sonrió con un solo lado de la boca, como quien abre una caja que ya sabe lo que contiene—. Ustedes son familia, entonces. De una o de la otra. Porque de ese concurso, en cuarenta años, han venido a preguntar exactamente dos personas antes que ustedes: una señora de San Félix, seria como un lunes, que vino en los noventa y se fue sin pedir copia de nada. Y un señor de restaurante, que pagó tres fotocopias y dejó propina.
Nos miramos los seis. Mi mamá, seria como un lunes, en los noventa, sin pedir copia de nada: archivada en la hemeroteca como una visitante más. Andrés no dijo nada, pero yo le vi la mandíbula hacer el trabajo de un comentario entero: su abuelo o su papá, con las fotocopias y la propina. Las familias también se archivan.
Anselmo se tomó su tiempo santo en encontrar la caja, porque los archivos, como los ríos, no se apuran por nadie. Nos hizo esperar entre torres de periódicos amarillos mientras Keiber ejecutaba su plan de contingencia y se comía la primera empanada de emergencia «en honor a todos los periodistas de la historia», y Majo leía los titulares antiguos en voz baja como quien reza en otro idioma: inundaciones, puentes, campeonatos, una ciudad entera ocurriendo en papel mientras nuestras abuelas cocinaban su pescado a dos manos sin saber que un día seis muchachos iban a venir a buscarlas a una caja de cartón. Eso hace la hemeroteca con una: te achica el presente. Te recuerda que todo lo que estamos viviendo con tanta urgencia ya cupo en ocho líneas alguna vez, y que las ocho líneas que importan cabe la posibilidad de que ni siquiera se hayan escrito todavía.
El recorte estaba en la caja de las Fiestas del Río de hace 40 años, entre anuncios de jabón y una final de béisbol, doblado entre dos cartulinas como duermen los santos laicos. Anselmo lo puso sobre la mesa con dos dedos, con guantes de un respeto que no le había visto ni con los periódicos de la fundación de la ciudad, y el Equipo Ciudad entero se inclinó sobre él como se inclinan los niños sobre un mapa de tesoro que resulta ser, además, un acta de defunción.
«DOS MANOS, UN PESCADO: EL SABOR DEL RÍO GANA EL CONCURSO».
La foto era en blanco y negro y el tiempo le había comido los bordes, pero el centro aguantaba: un pescado enorme sobre una bandeja de metal, humeante según juraba el pie de foto, y alrededor — agárrense — el jurado con sus chalecos, el organizador con su banda, y al fondo, parcialmente tapadas por un señor de la capital, se veían dos mujeres jóvenes con los delantales todavía puestos. Dos. Una con el moño alto. Otra con el pañuelo. Riéndose no se sabe de qué, fuera de foco, fuera del crédito.
El texto, abajo, era otro país. Lo copio como lo leí, con sus mayúsculas de antes:
«Resultó ganadora la propuesta “Pescado de las Dos Orillas”, de la cocinera C. PAZ, de San Félix, quien se impuso entre once participantes del certamen regional. El organizador, don R. Salvatierra, destacó que el reglamento solo contempla un nombre responsable por plato, costumbre que — dijo — “ordena las glorias”. La ganadora recibió el premio en metálico y la medalla del certamen. Consultada por este diario, Paz declaró: “Esto no lo hice yo sola”, frase que los presentes atribuyeron a la modestia propia de nuestras cocineras.»
—«Esto no lo hice yo sola» —leyó Majo en voz baja, por segunda vez, porque hay frases que se leen dos veces o no se leen—. Lo dijo. Abuela Carmen lo dijo delante de los periodistas. Y lo archivaron como modestia.
—«Costumbre que ordena las glorias» —dijo Andrés, con una voz que no era la suya, seca como un papel—. Qué ordenados. Le pusieron el nombre de una, borraron a la otra, y encima lo llamaron orden.
Había más papel, porque el papel, cuando una lo deja, siempre trae más papel. En la misma caja, tres días después según la fecha del ejemplar, una columnita social de ocho líneas contaba la cena de premiación del certamen: lista de invitados con apellidos ordenados alfabéticamente como los culpables, el menú de la noche servido por un restaurante de la capital — ni siquiera dejaron que la ganadora cocinara su propio premio — y, al final, la nota que Anselmo nos leyó en voz alta porque ya para entonces era parte del equipo por adopción forzosa:
«Se notó la ausencia de la ganadora, quien no asistió a la cena pese a haber confirmado. En su mesa, junto al ramo de flores oficial, permaneció vacío también el puesto reservado para su acompañante».
Su acompañante. Así, sin nombre, la mujer de la otra mitad del pescado pasó también por la crónica social: como acompañante ausente de una ganadora que tampoco fue. Dos sillas vacías en la cena de su propia gloria. Keiber, que llevaba dos empanadas de emergencia y ya se había comido la de la angustia, resumió la escena con la boca llena y el respeto intacto: «Esas dos no fueron ni a cobrar. Eso no es perder, equipo. Eso es otra cosa, y se parece burda a una despedida».