Donde se juntan los ríos

El video

Faltan 9 días para el Festival de las Dos Orillas.

El video era hermoso. Que conste eso antes que todo, porque lo que viene después no se entiende sin saber que primero fue hermoso.

Lo grabó Yus el martes en la noche, en la cocina cerrada del puesto, durante la sesión en que por fin le salió a Andrés una tanda entera de empanadas con el repulgue digno — no bonito: digno, que en la escala de Elena Paz es un ascenso militar —. Se le ve a él con el delantal azul que ya tiene su nombre en este mercado, la cara enharinada de una guerra anterior, levantando su empanada con dos dedos como una copa, y se me oye a mí fuera de cámara haciendo mi mejor imitación de presentador de noticias: «Señoras y señores, el profesor Leal nos honra friendo en su idioma»… y entonces Andrés, concentrado en su siguiente víctima, absorto, inocente, dichoso, declara mirando su empanada:

—Es que a mí no se me abre nunca.

Y cae el chinazo con todo su peso histórico, y el video se llena de la risa de este equipo en estado puro: Yus perdiendo el pulso de la grabación, Keiber golpeando la mesa, Majo gritando «¡ANOTADO CON ESTRELLAS!», Óscar cantando las notas de la pizarra, y Andrés — mi parte favorita, la que vi como nueve veces esa noche en mi cama, sonriendo como una idiota en la oscuridad — Andrés riéndose de él mismo, agarrándose la barriga, con las manos llenas de harina, diciendo «borra eso, borra eso» sin querer que nadie borrara nada.

Esa noche, además, mi mamá había dictado sentencia histórica. Probó la tanda triunfal con su neutralidad de jurado olímpico, partió la empanada, masticó, y entregó el veredicto que el equipo entero esperó con el aire detenido en los pulmones: «Digno». Ni «pasable» ni himnos. Digno. Keiber propuso enmarcar el aire donde la palabra había sonado. Andrés recibió su ascenso como reciben los militares y los niños buenos: derecho, brillante, fingiendo que no era el mejor día de su vida, y soltó — agárrense de la silla — la frase que disparó quince minutos de celebración y una anotación con estrellas: «Es que el profesor se entrena, equipo, al profesor ya no se le abre ninguna». La historia, con su mala memoria selectiva, luego recortó la frase a la mitad. Pero esa noche la frase entera era un himno, y su autor, un héroe con delantal.

Yus lo mandó al chat del grupo con el título que le ponemos a las reliquias: «ARCHIVO NACIONAL 🇻🇪». Lo vimos todos al instante. Reaccionamos todos con los emojis de reglamento. Fue, y sigo sosteniéndolo contra todo lo que pasó después, un momento de este equipo en su mejor versión: confiado, doméstico, sin cámaras de festival ni reglamentos de firmas: seis muchachos riéndose en una cocina prestada por la noche.

Lo que no sabía el video es que ya no vivía solamente en nuestro chat.

A la mañana siguiente, a las once, Keiber me mandó el enlace con un mensaje que ya venía con la risa forzada de las malas noticias: «Andre, no te arreches todavía, míralo como chisme y no como tragedia». La página se llama como se llaman todas las páginas que viven de la vida de los demás con cero trabajo propio — una cuenta de memes de la ciudad, de esas que publican peleas de tránsito y capturas ajenas — y ahí estaba. Nuestro video. Nuestro «ARCHIVO NACIONAL». Reencuadrado con un zoom grosero en la cara de Andrés, subtitulado con faltas de ortografía que nadie de este equipo cometió, y coronado por el título que todavía me arde en los ojos:

«EL HEREDERO DE CASA LEAL CAMBIÓ EL MANTEL POR EL DELANTAL DE CHIRICA 🤣 EL PROFESOR AHORA FRÍE EN SU IDIOMA 🤣»

Mil doscientas reproducciones a las once. Tres mil a la una. Los comentarios eran el zoológico completo: los que se reían del chinazo sin maldad y los que sí; los «esa gente del mercado ahora quiere salirse con la suya»; los «y así quiere representar a la ciudad, con un…» seguidos de un rosario de cosas que no pienso reproducir en este capítulo porque no merecen ni el papel; dos compañeros de su escuela etiquetándolo con esa crueldad de manada que solo funciona en plural; y un comentario fijado por la propia página, con una desfachatez administrativa: «Si el dueño del video quiere que lo bajemos, que pase por interno 😌».

Que pase por interno. Como si lo nuestro tuviera ventanilla.

Yo tengo una política con las páginas de memes de esta ciudad: no se alimenta al animal. Pero esto no era un meme: era mi cocina. Le escribí al interno a las once y veinte, con la educación de las cartas formales, identificándome, explicando que el video era de un chat privado de un equipo de jóvenes, que la persona grabada no había autorizado su difusión y que pedía, por favor, la baja inmediata. La respuesta llegó a las dos horas, fue vista por veintitrés mil personas en los comentarios porque el animal publicó mi mensaje con un sticker de payaso encima, y rezaba, textual: «si el profesor no quiere que lo vean friendo que no fría en público 😌✌️». «En público». En una cocina cerrada, de noche, entre cinco amigos: público. Esa es la palabra que me quedó dando vueltas como una mosca en un vaso. En los tiempos que corren, cualquier cuarto con un teléfono adentro es una plaza, y nadie nos preguntó si queríamos mudarnos a vivir en la plaza.

En Chirica, por cierto, la reacción fue de otro planeta, y me importa registrarla porque dice exactamente la diferencia entre las dos orillas de Andrés: aquí el video se veía bonito. La señora Carmen de las verduras me paró con el teléfono en la mano para decirme «ese muchacho salió riéndose tan lindo, mija, hasta simpático se ve el Leal», y el señor de los pollos lo había reenviado a dos grupos familiares «de pura alegría, sin maldad», y me lo confesó ofendido cuando intenté explicarle el problema: «¿Cuál problema, Paz? El muchacho está contento en tu cocina. Eso lo ve cualquiera. Lo que tenga de malo se lo pone el que lo mira afuera». Y ahí estaba el nudo completo, explicado por un hombre con una gallina bajo el brazo: el video era el mismo. La risa era la misma. Lo que cambiaba era la orilla desde donde se miraba. En la mía, era un muchacho contento. En la de él, era un apellido friéndose.




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