Donde se juntan los ríos

Cada quien en su orilla

Faltan 8 días para el Festival de las Dos Orillas.

Los equipos no se rompen con un golpe. Se rompen como se rompen las ollas buenas en las casas pobres: primero una grieta que solo se oye si pegas la oreja, después un tintineo raro cuando les echas agua, y un día, sin que nadie la haya soltado, la olla amanece partida en la mesa, con las dos mitades mirándose como dos orillas que ya no se acuerdan de haber sido una sola cosa.

Lo primero que se rompió fue la hora. Las cinco de la mañana, que llevaba un mes siendo el timbre de este capítulo de mi vida, llegó dos días seguidos sin Andrés Leal al otro lado. Sin termos. Sin «llego ocho minutos antes por educación». Monté el puesto sola, con las cajas pesándome el doble que pesaban en julio — las cajas no cambiaron; cambié yo, que ya me había acostumbrado a que montar un puesto fuera cosa de dos pares de manos — y mi mamá, viendo la escena por encima del primer café, hizo la pregunta más quirúrgica de su repertorio entero:

—¿Y tu ayudante?

—Hoy no.

—Ajá —dijo ella, y friendo la primera tanda agregó la frase que me va a perseguir hasta que repare este desastre o me muera—: Un muchacho que madruga un mes entero no deja de venir porque sí, Andrea. Algo se le rompió allá afuera. O adentro, que es donde se rompen las cosas que no hacen ruido.

Trabajé el día entero con una silla vacía al lado de la mesa de amasar. Hay ausencias que se explican y ausencias que se sientan al lado de una, en silencio, ocupando su puesto en la mesa como unos comensales más. La de Andrés se sentó en mi cocina desde el primer día y pidió, de puro fantasma, que le guardara el termo.

Nuestra grieta empezó a tintinear el día en que Keiber escribió al grupo.

Fue un mensaje largo para ser de Keiber, que en el chat funciona a base de audios eternos y de fotos de su moto. Largo y ordenado, que es la forma que tiene el dolor de presentarse cuando viene de un muchacho alegre: con las palabras puestas en fila, sin un solo sticker, sin una sola carcajada escrita.

Keiber: equipo. les voy a decir una vaina sin vuelta. me salió trabajo fijo de repartos con una distribuidora. contrato, pago seguro, empieza YA. ustedes saben cómo está el mercado de mi casa. saben que mi mamá… bueno. saben. los ensayos no pagan el mercado de mi casa, equipo. y yo no puedo seguir apostando a que ganemos una vaina que… perdón, pero que ahora mismo ni siquiera sé si existe. me salgo. no es rabia con nadie. es hambre con fecha

Lo leí en el puesto, a media mañana, con la fila andando y la freidora pidiendo aceite, y tuve que leerlo dos veces porque mi cabeza no aceptaba la primera: Keiber no. De todos los nombres de esta historia, el de Keiber era el que mi corazón tenía archivado bajo «incondicionales», junto al hielo de don Efrén y la salida del sol. Y sin embargo ahí estaba su renuncia, firmada con la palabra más honesta del idioma: hambre con fecha.

Fue a devolver la caja del equipo esa misma tarde. La caja de los repartos «del fondo», la que llevó cavas al río y termos a La Llovizna, la trajo cargada en la moto y la dejó en el mostrador sin ceremonia, como se devuelven las llaves de una casa en la que una fue feliz. No me miró casi. Miraba la pizarra vacía de la nevera, que seguía vacía, que nadie había vuelto a tocar: el rectángulo blanco era ya el monumento oficial de este equipo.

—¿Y esa vaina sigue así? —dijo, señalándola con la barbilla.

—Así amanece desde el martes.

—Este equipo antes peleaba por un chinazo en revisión y ahora tiene la pizarra como un hospital. —Se metió las manos en los bolsillos; le sobraban las manos sin caja—. Andre, oye. Si la cosa resucita, yo sigo siendo el mismo número. Solo que… no puedo resucitar con el estómago. Primero déjame asegurar el rancho de mi casa. Después vuelvo a ser millonario en madrugadas.

No le dije «no te vayas», que era lo único que tenía en la garganta, porque hay frases que suenan a consuelo y son una jaula: decirle a un hombre que no se vaya a trabajar por su casa, a cambio de la gloria inestable de mi festival, era exactamente el tipo de egoísmo con buen vocabulario que este libro — perdón, que esta vida — no me puede permitir narrar sin vergüenza. Le di un abrazo corto y él olía a gasolina y a jabón barato y se fue en su moto con la caja vacía amarrada atrás, y Chirica entera, que lo ha visto cruzar desde que tenía piernas para llegar a los pedales, hizo lo mismo que hizo con Andrés: nada. Chirica en duelo solo baja el volumen y finge que mira para otro lado.

Óscar renunció en persona, como renuncian las personas que fueron criadas para dar la cara. Llegó al puesto un mediodía con su camisa planchada y su cuaderno de anotaciones del equipo bajo el brazo, pidió permiso a mi mamá con educación de otro siglo, y me entregó el cuaderno como se entrega un cargo: con las dos manos.

—Vine a renunciar como Dios manda, Andrea. Sin mensaje, sin intermediarios. Porque de intermediario ya estoy hasta aquí. —Se tocó el cuello con dos dedos, y la frase que llevaba ensayada se le ordenó sola en la boca. La frase completa. La que llevaba guardando desde que lo conocí, el «puente cansado» que nació en San Félix y vive en Puerto Ordaz y traduce en las dos direcciones sin cobrar peaje—: Yo nací de este lado y vivo del otro, y toda mi vida ha sido eso: cargar recados entre las dos orillas. «Dile a tu abuela». «Explícale a tu tía». «Tú que entiendes a esa gente». En este equipo pasó igual: el que suaviza, el que traduce, el que dice "él no quiso decir eso" en las dos direcciones. Yo estoy cansado de ser el puente, Andrea. Los puentes no llegan a ninguna parte: se quedan en el medio, con todo el mundo pasándoles por encima. Quiero, por una vez, ser una orilla. Estar parado en un sitio y que el río me pase por el lado y no por el pecho.

No tengo respuesta para una frase así ni la voy a fabricar aquí. Óscar no renunció enojado: renunció harto, que es una renuncia con la que no se negocia, y yo firmé su cuaderno como se firman los documentos de las despedidas honorables, con la mano temblando lo justo. Se despidió de Elena con una reverencia de medio lado, saludó la pizarra vacía como se saluda a un enfermo en su cama, y cruzó el mercado caminando hacia su puente, hacia su orilla, con la camisa impecable y la espalda más recta que le he visto a un hombre retirándose.




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