Donde se juntan los ríos

Pedir perdón, que es un oficio

Faltan 6 días para el Festival de las Dos Orillas.

Pedir perdón es un oficio, como freír o como amasar. Tiene técnica, tiene tiempos y tiene la misma regla de oro de todas las cosas que se hacen con las manos: no se puede apurar, no se puede fingir, y si lo haces mal, a la primera mordida se nota.

Yo aprendí el oficio el día en que por fin entendí que no había atajo: ni mensajes redactados catorce veces, ni silencios terapéuticos, ni sentencias de viejas sabias. Había que ir. Con la cara. Con las manos vacías. Y empezar por la primera persona de la lista, que resultó no ser la que yo creía.

Mi mamá no sabía nada del plan y sin embargo, a las cinco y media, cuando me vio salir con el termo grande y el paso de las misiones imposibles, hizo la cosa que mi familia hace en vez de decir «buena suerte»: me puso en la mano una bolsa con empanadas frías de la víspera y me dijo, sin mirar, friendo su primera tanda para nadie todavía:

—Si vas a pedir perdón, lleva comida. El perdón con hambre no rinde, y con la boca llena la gente escucha distinto.

—Mamá—

—Y no me des las gracias con un discurso, Andrea. Que aquí los discursos nos salen muy largos y se nos pasa la vida en el primer párrafo. Lleva las empanadas y camina.

Esto es lo que mi casa entiende de oraciones: una bolsa tibia y una orden con cariño de sargento. Salí con mi bolsa y con la certeza rara de que Elena Paz, la mujer que no me habla en frases completas desde hace dos capítulos, acababa de armar mi primera reparación con sus propias manos, sin firmar nada. En esta familia, las bendiciones no se dicen: se fríen.

La primera persona de la lista era ella sola, en su puesto, a las seis de la mañana, pelando cocos con una sistematicidad triste que no le conocía. Yus sin público no es Yus: es una muchacha eficiente y seria que lleva dos días funcionando como el motor de una lancha, solo por inercia. Me vio llegar con el termo que yo misma cargué para las dos — inversión total de papeles, un cambio de gobierno — y su primera línea de defensa fue la de siempre, solo que usada como escudo:

—Si vienes a cobrarme la segunda parte del juicio, llega temprano la próxima vez, que—

—No vengo a cobrar nada —dije, apoyando el termo en su mostrador—. Vengo a hacer una cosa que debí hacer antes del festival, antes del equipo, antes de todo este mes: a mirarte.

Se quedó con el cuchillo en el aire.

—Siéntate, Yus.

—Yo no me siento en mi propio puesto, Andre, yo—

—Siéntate. —Y me senté yo primero, que es la parte de la técnica que no sale en ningún manual: el que pide perdón se sienta primero, para no pedir perdón desde arriba—. Llevo días ensayando un discurso y todos los discursos mienten un poco, así que escucha la versión sin ensayar: la tómbola no me quitó a mi mejor amiga. La fui dejando yo, jueves a jueves, con la agenda llena y el corazón ordenando lo urgente arriba y lo importante para después. Tú no eres un hueco en mi horario. Tú no eres la que organiza, ni la que anota, ni la presidencia de mi vida. Escúchame bien, porque esto no se lo he dicho ni a mi mamá mirándola a los ojos: tú no eres mi orilla, Yus. Tú eres mi casa. A las orillas se vuelve de visita. A la casa se vuelve siempre, y el que se tarda en volver no es un mal visitante: es un mal habitante. Y yo fui una mala habitante de mi propia casa durante un mes entero. Perdóname. No por el equipo. Por no haberte mirado.

El silencio que siguió tiene un sonido que solo se oye dos o tres veces en la vida: el de una armadura desabrochándose por dentro. Yus Martínez, que tiene respuesta para el apocalipsis, se quedó mirando la peladura de coco como si las instrucciones estuvieran escritas ahí; y cuando habló, habló bajito, con la voz de antes de la cortina, la voz de cuando teníamos doce años y nos curábamos las rodillas raspadas con saliva y solemnidad:

—Casa con filtraciones, ¿no?

—Casa con filtraciones, con la nevera ruidosa, con la pizarra llena de mis desastres… pero casa.

—Y con una cocada los jueves, ¿verdad, mal habitante? Porque una casa sin cocada los jueves es un depósito, mi amor. —Se limpió las manos en el delantal con un cuidado innecesario, porque lo que se estaba limpiando era otra cosa—. Oye lo que te voy a decir una sola vez y luego lo archivamos: yo también te debo, y lo mío no es un jueves. Es un reenvío. Y eso no te lo pago a ti sola: se lo pago al equipo entero, y sobre todo al profesor, mirándolo a la cara, como renunciaba don Óscar: como Dios manda. Hoy. Si vienen.

—Vienen —dije, y le mostré el teléfono con los mensajes que había mandado a las cinco, uno por uno, con la fórmula que le robé a mi mercado: nada de «tenemos que hablar»—.

Mi mensaje a Andrés: No es por el festival. Es por nosotros. 6 pm, puesto de Yus. Sin madrugar, sin cocinar. Solo hablar.

A Keiber: Cuando salgas del turno. Sin caja. Sin moto si puedes (no puedes, lo sé).

A Óscar: No te pido que traduzcas nada. Solo que estés parado en tu orilla y escuches.

A Majo: Trae los tambores si quieres. O no traigas nada. Pero ven.

Fueron llegando como llegan las mareas cuando el río se deja: primero Majo, sin tambores, con el pelo suelto y una seriedad de funeral alegre; después Óscar, con la camisa planchada de las renuncias honorables y una postura que decía en dos idiomas «vine a escuchar, no a quedarme»; Andrés llegó de último en la acera, se quitó la gorra antes de entrar al círculo — un hombre quitándose la gorra para oír una confesión: registro ese detalle como se registran los terremotos pequeños —; y Keiber irrumpió a las seis y veinte con el uniforme de repartidor de la distribuidora todavía puesto, la moto caliente, diciendo «yo no renuncio a escuchar, equipo, renuncié a apostar, que es otra vaina», y el círculo quedó entero alrededor del puesto de Yus, con la cortina cerrada y Chirica despidiéndose a murmullos al otro lado del plástico.

Antes de que Yus hablara, el círculo tuvo su propio preámbulo de verdades pequeñas, como un calentamiento de tambores bajito. Óscar se quitó la palabra «renuncia» de encima con la precisión de un hombre que devuelve un libro a su biblioteca: «Que conste que estoy aquí como orilla, no como puente. Vine a escuchar sin cargar el recado de nadie, y resulta que, parado en mi orilla, se ve el equipo bastante mejor que desde el medio. Solo lo registro». Y dejó sobre la mesa su cuaderno de anotaciones — no lo entregó, no lo devolvió: lo prestó, que es la palabra con que los cuadernos vuelven a las guerras — con la primera página nueva escrita en el microbús de venida: «Presentación. Minuto cero: entra el tambor. Minuto uno: entra el pescado. Minuto dos: que la ciudad se siente a la mesa». Majo, por su lado, traía en el bolso una nota de su abuela, que dice así y no necesita traducción: «Dile a la niña de las Paz que en esta casa los tambores están afinados. Que ponga la mesa». Y Keiber, entre una verdad y otra, deslizó el dato que haría estallar el círculo diez minutos después de la confesión: que su nuevo jefe, el de la distribuidora, resultó ser primo segundo del señor Eusebio. «Yo escuché el nombre Rondón y le dije: “¿usted es de los Rondón del río?”. El hombre me miró y me dijo: “¿y tú eres de los Rondón de la orilla?”. Equipo: la mitad de esta ciudad es familia de la otra mitad; la geografía es un chisme con puentes».




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