Donde se juntan los ríos

La cocina prestada

Faltan 5 días para el Festival de las Dos Orillas.

La carta llegó por mensajero, con sobre membretado y la elegancia fría de las cosas que se hacen para que consten: «Siendo las 9:00 a. m. del presente día, y a raíz de los recientes acontecimientos públicos que comprometen el nombre de esta casa, CASA LEAL informa la SUSPENSIÓN de todo apoyo logístico, institucional y de espacios al denominado Equipo Ciudad, con efecto inmediato». Abajo, dos firmas: la del gerente… y la de un notario. La de Humberto Leal no estaba. Hay ausencias que también son una forma de firmar, y esa la leí en voz alta tres veces antes de guardarla en el cajón de los cubiertos, que en mi familia es donde van los papeles que queman.

Andrés la leyó por encima de mi hombro, en silencio, y su primera frase fue una orden sin volumen: —No abrir a las cinco mañana. — ¿Es una orden? —Es la segunda parte de la carta —dijo, y me mostró el reverso del sobre, donde el mensajero había anotado de su puño: «El joven Andrés no está autorizado a usar las cavas del restaurante». —Las cavas eran mías en usufructo, Andre. Tenía ahí guardados los fondos, los caldos base, el hielo bueno. Mi papá no me ha sacado del equipo: me ha sacado el piso. Es su especialidad silenciosa: no pelea con la gente, les mueve la baldosa.

—¿Y qué vas a hacer con tu baldosa flotante? —pregunté, y él, mi profesor de 5 a. m., el heredero de los manteles, se encogió de hombros con una sonrisa pequeña y feroz que no le había visto nunca, la sonrisa de los que se quedan sin piso y descubren que saben flotar—: Cocinar en el aire, Paz. ¿Tú sabes dónde queda una cocina que ningún gerente pueda suspender?

—Conozco un mercado entero —dije.

El piso, en todo caso, se repuso solo, y se repuso a la hora de siempre. A la mañana siguiente de la carta, a las cuatro y cincuenta y cinco, Andrés Leal apareció en el portón de Chirica sin cavas, sin apellido que lo protegiera y sin una sola baldosa institucional debajo: traía su mochila de estudiante, sus cuchillos envueltos en un paño con sus iniciales bordadas por alguna abuela administrativa, y dos termos. Dos. Uno con su café de termo de restaurante, y otro — esto lo supe al abrirlo y no antes — con café hecho como lo tomo yo, claro y con la cantidad de azúcar que él lleva un mes fingiendo que no memorizó.

—Regreso de las madrugadas —dijo, instalándose en la silla que fue fantasma—, aunque se me informa, por las voces autorizadas de este mercado, que mi regreso tiene condiciones.

—¿Voces autorizadas?

—Tu mamá me agarró el jueves en la puerta de las hierbas. Me dijo, y cito con miedo: «El horario partido de mi casa es este, muchacho: si vas a estar, estás. El que madruga a medias es un estorbo con uniforme». Así que vengo a estar, Paz, con contrato de madrugadas a tiempo completo, hasta que el festival o tu mamá dispongan lo contrario. ¿Aceptas los términos?

—Los términos se aceptan con una modificación —dije, sirviendo su café en la taza de siempre, y escuchándome decirlo con una tranquilidad que hace ocho días me habría parecido ciencia ficción—: El termo de mi café ahora es obligación tuya. Forma parte del organigrama.

—Firmado —dijo él, y firmó el aire con el dedo, y el mercado, que amaneció puntual aquel día, nos tuvo cocinando hombro a hombro antes de que saliera bien el sol, como si no hubiera pasado nada, que es la mentira más hermosa que dos personas pueden decirse una mañana.

El papel, sin embargo, no entiende de familia: entiende de plazos. Las cuarenta y ocho horas de la dirección cerraban con una exigencia de letra pequeña que me quitó el sueño de manera profesional: el equipo debía declarar, con firma y representante, su «espacio aliado de producción». Sin Casa Leal en el formulario, la casilla quedaba en blanco, y una casilla en blanco en un registro final es una forma educada de desaparecer. Fui a la oficina del festival con el formulario doblado en el bolsillo y la carta de suspensión en el otro, como una acusada que lleva sus propias pruebas, y Daniela Fuentes me recibió con la carpeta abierta y la misma libreta de veredictos mínimos:

—Me enteré de lo de Casa Leal, Paz. Lo leyó medio gremio antes que usted, supongo. ¿El equipo se retira o se muda?

—Nos mudamos. —Y saqué el formulario y lo llené ahí mismo, con la letra más firme que me ha dado la vida, en la casilla que pedía el espacio aliado: MERCADO DE CHIRICA. TODOS LOS PUESTOS QUE SEA NECESARIO.

Daniela me miró por encima de los lentes con una expresión que a ella le debe de contar como emoción fuerte, porque era casi una sonrisa: —Eso no es un espacio, Paz. Eso es una declaración de principios.

—Entonces anótela como tal, licenciada. Los espacios los presta cualquiera. Los principios los cocina Chirica desde antes de que existiera su festival. —Me levanté con las rodillas vibrando una octava más arriba de lo normal, y ya en la puerta oí la última anotación de su libreta, leída en voz alta no sé si como advertencia o como el primer piropo institucional de nuestra historia—. Sepa que si el Equipo Ciudad gana con una cocina prestada, señorita Paz, el precedente es de los que hacen historia en esta ciudad. Y sepa también que la lista de espera está llena de equipos con restaurante propio dispuestos a ocupar su horario sin parpadear. Yo que usted no llegaría tarde ni un solo día.

—No pensamos llegar tarde, Daniela. Pensamos llegar con el mercado entero.

Y así fue como el Equipo Ciudad, en cuarenta y ocho horas y sin un peso de patrocinio, pasó a funcionar como funciona todo lo importante en esta ciudad: de prestado, de fiado y de familia.

El señor Atencio, el de los quesos, nos prestó media cava y dijo la frase con la que Chirica firma sus documentos: —Ese queso guayanés que ustedes sirven en canasta me lo nombran en voz alta, ¿oído? El queso tiene madre y la madre vende aquí hace treinta años. — La señora Engracia, la del casabe, nos fió la remesa entera del festival sin inmutarse, anotándolo en una libreta que huele a yuca y a paciencia: —Ustedes páguenme con lo del premio. Y si no hay premio… —miró a Elena, a Andrés, a mí, con la calma terrible de las acreedoras antiguas— …me lo pagan con que este mercado vuelva a salir en los papeles por algo bueno, que ya me cansé de salir por las tuberías. — Don Efrén, el del hielo, nos hizo a costo la palabra más sagrada de su vocabulario, y lo hizo mirando para otro lado, porque la generosidad con la frente en alto se le hace más fácil en perfil: —Hielo al costo y ni una palabra. Lo que se anuncia no es ayuda, es vitrina. — Gregoria nos bajó del altillo dos ollas de guerra, negras de décadas, que pesaban como decisiones: «Con estas dos se alimentó la cuadra en el año del deslave. Tráiganmelas con el cuento completo o no me las traigan». Eusebio Rondón, desde su telefonito de botones y por boca de Keiber, mandó a decir que el pescado del festival dormía ya «en la nevera de mi sobrino, como si fuera de su familia, con nombre y todo en el papel encerado: FESTIVAL, NO TOCAR. El que lo toque contesta conmigo».




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