Faltan 3 días para el Festival de las Dos Orillas.
Mi mamá abrió el cajón de los cubiertos a las cinco de la mañana, sin luz de cocina todavía, como se abren las cosas que han estado esperando a que las abran: con la llave chica que lleva cuarenta años viviendo en un cenicero de cobre, y con un «siéntate» que significaba exámenes generales.
Los reversos de las facturas eran quince. Quince papeles amarillos de proveedores desaparecidos, de empresas que en letra impresa promocionaban arroz a precios de otra Venezuela, y que en el reverso, escritos a lápiz con la caligrafía grande y asustada de una muchacha de diecisiete años, guardaban el tesoro completo de mi familia: «Mami dice que la clara nace del primer hervor: el pescado entra cuando el agua ya está brava, no antes, que pescado que entra en agua mansa suelta el alma antes de tiempo». «La oscura es de paciencia: el fondo se acaricia, no se raspa». «Mami echaba dos clavos de olor contra la peste del río y se los sacaba ANTES de servir, que el clavo es visita, no familia». «Pina trajo hoy el punto de la hoja: la hoja entra a la mitad, sale antes que la espuma, dice». Y en el reverso más gastado de todos, el de una factura de papel carbón ya azulada por las décadas, la frase que me dejó la muñeca inútil un minuto entero: «Hoy la Pina se fue a su casa riendo con la mitad de la masa en la blusa. Mami dijo: un plato de dos cocinas nunca es de nadie. La comida espera a la gente. La gente no espera a la comida. Por eso no la peleemos jamás». Jamás duró muy poco. Jamás no alcanzó ni a la cena de premiación.
Las leí de pie, con el lápiz no prestado que mi mamá ordenó, transcribiendo en mi cuaderno hasta que me dolió la muñeca buena y la mala y tuve que decirlo en voz alta, porque mi cabeza estaba llena y la cocina llena de vapor de café y necesitaba testigos del tamaño de mi mamá:
—Esto no es una receta, mamá. Es un diario. Están las dos en cada papel. Mi abuela cocina y tú escribes lo que opina la otra abuela de Andrés como si fuera una ley de la cocina. ¿Cómo se pierde una familia entera si dejó escrito que era una sola?
—Las familias no se pierden, Andrea —dijo mi mamá, cerrando el cajón con la llave pequeña y una serenidad que me partió el alma en formatos nuevos—. Las familias se dejan de visitar. Y de eso hace cuarenta años yo también cargo mi parte, para que lo tengas presente en tu cuaderno: yo crecí escuchando el silencio de la mía en esta mesa, y en vez de preguntarle, aprendí el silencio como quien aprende un idioma. Tú no saliste tonta: saliste preguntando. Eso es lo único distinto entre tu abuela y tú. Y es suficiente, ¿oíste? Es suficiente. —Me puso la mano en la mejilla con la aspereza exacta de los cariños oficiales de esta casa—. Ahora lávate la cara, que hoy te toca casa de Leal.
—¿Hoy me toca… qué?
—La visita no avisa en esta familia: se presiente. —Y como quién no quiere la cosa, poniendo el café—: Tu madrugador no ha llegado porque está del otro lado del río haciendo un mandado que se parece mucho a ti. Espéralo sin cara de espera, Andrea. En esta familia los muchachos también se presienten.
Andrés llegó a las seis con el mandado confirmado, la gorra en la mano desde la puerta — este muchacho anota protocolos en el alma — y la frase menos gastronómica que ha cruzado el río Orinoco en una mocedad:
—Mi abuela mandó a buscarte. —Hizo una pausa para que aterrizara el tornado—. A ti. Con nombre y apellido. Dijo, y te juro que cito porque soñé con la frase: «Que venga la Paz chiquita. El heredero puede esperar afuera, que ya esperó bastante». ¿Tú sabes, Andre, cuántas veces mi abuela mandó a buscar a alguien en lo que va de siglo? Mi papá dice que tres: dos presidentes y una alcaldesa. Yo acabo de amanecer derrotado por una cocinera de mercado en la fila de mi propia abuela.
—Sin embargo sonríes.
—Sonrío porque mi abuela eligió con una puntería que daba miedo desde antes de que yo naciera. Ella no pide las cosas dos veces ni a las personas equivocadas. Ve a verla, Paz. Y si te pregunta una vaina rara… —se calzó la gorra al revés, para cocinar o para serenarse, una de dos— ...contéstale con la verdad. A mi abuela la verdad le dura lo mismo que la mentira, pero la mentira la reconoce por el olor, y cobra intereses.
La casa de la abuela Pina no es la casa que yo había ensayado en mi imaginación de San Félix, y registro aquí mi derrota imaginativa con humildad: no era una mansión de Puerto Ordaz con escalera de retratos, era un aporte antiguo de la ciudad vieja, de patio interno y plantas con nombres propios, donde una señora de ochenta y cuatro años reinaba desde un sillón de mimbre como quien preside una junta permanente del universo. Tenía las manos de Andrés en grande — hay herencias que no saltan por los papeles —, las uñas cuidadas, un moñito de canas de una simetría insultante y los ojos de un halcón que hubiera leído mucho mundo.
—Siéntese, Paz chiquita. —Examinó mi delantal, mi moño, mis manos de muñeca con cicatrices de oficio—. Usted es el retrato con otro pelo. Su abuela entraba a mi casa con esa misma cara de no pedir permiso. Dígame una cosa sin corregirme la cortesía: ¿usted quiere la página o quiere la historia? Porque son dos visitas distintas, mija, y mi edad cobra peaje según el largo del cuento.
—Quiero lo que haga falta para cocinar el plato entero, señora Pina. La página y la historia. Y quiero que su nieto deje de pagar una pelea donde no firmó nadie de su edad. —Subió una ceja valorada en décadas de negociación doméstica.
—Esta es de Carmen, no hay duda —dijo, más para el patio que para mí—. Carmen también entraba negociando por los demás antes que por ella. —Se incorporó con la ayuda de un bastón que usa más como cetro que como apoyo—. Venga. Lo que se ha guardado cuarenta años no se entrega por teléfono, ni se deja en herencia de abuelos testarudos: se entrega en la cocina, que fue donde se rompió.
La caja era de galletas importadas, de lata con flores holandesas, de esas que en una casa seria guardan botones y documentos históricos en capas geológicas: arriba, hilos; al medio, fotografías con sus orillas tragadas por el tiempo; y abajo, forrada en papel encerado como el pescado sagrado de Eusebio, la página.