Donde se juntan los ríos

Donde se juntan los ríos

Día del Festival de las Dos Orillas.

La feria amaneció con la ciudad entera ya despierta antes que nosotros, que es lo que pasa cuando una ciudad decide que un evento también es suyo: a las cinco, cuando nuestro convoy de por puestos cargados de cavas, ollas de guerra, queso con madre y un pescado en custodia bajó hacia el parque de la confluencia, las calles ya tenían su tropa caminando en la misma dirección: familias con sillas plegables al hombro, viejos con sus franelas de Mineros lavadas para la ocasión — porque hoy jugaba la ciudad entera, jugara quien jugara —, vendedores de todo lo que se puede vender al paso, y una brisa del río que entraba por las avenidas como un funcionario buenísimo, abriendo las banderas.

Nuestro stand era el último de la fila de los equipos con restaurante… porque no teníamos restaurante. Al lado de las estructuras de acero con logos, con sus cocinas de demostración y sus filas de cuchillos alineados como soldados, el Equipo Ciudad instaló su declaración de principios: dos ollas de guerra, la cava prestada de Atencio con su papel manteca de contrato, mesas del mercado y una nevera portátil con la pizarra — sí, Yus trajo la pizarra, amarrada como se amarran los estandartes — presidiendo el puesto con la TABLA entera a la vista del público, para escándalo de las relaciones públicas y regocijo de la literatura:

—La pizarra se queda —dictó la presidenta, clavándola entre dos cavas con la llave inglesa de Keiber—. Si ganamos, es documento histórico. Si no ganamos, es documento histórico igual pero con más lágrimas encima. En ambos casos: se queda.

El capitán del equipo favorito — un muchacho de escuela de cocina con delantal impecable, cuyo restaurante puso hasta el camión — pasó por delante del stand a las siete y media con la sonrisa de los pronósticos cerrados y dijo, no con maldad sino con la franqueza de los que nunca han cocinado de prestado: «Suerte con el folclore, Paz. Esto gana con técnica, no con mercado». La frase dio vueltas por el stand como una mosca torpe. Andrés, que estaba probando el punto de la clara con mi cuchara heredada, fue quien la archivó en su sitio exacto, sin subir el volumen ni bajarle la dignidad: «Guárdala para el acta de mañana, capitán. Hoy la técnica y el mercado desayunan juntos, y el jurado es el que decide si se marchan separados». El muchacho se rio con una risa que no era de burla, y yo lo dejé registrado en mi contabilidad secreta como el gesto de un rival honesto: los libros como este no necesitan villanos en la final, les basta con una ciudad mirando.

La fila de las fundadoras se instaló a las ocho, con logística de cumbre: a Elena Paz, con su blusa de botones de concha y la carpeta cerrada sobre el regazo, le correspondió la silla del centro, que no es la mejor para ver pero sí la mejor para presidir; a su izquierda, con su moñito de tratado y su bastón de cetro apoyado en la rodilla, Josefina Leal, que se negó a sentarse en el área de invitados especiales con una frase que Daniela anotó en su libreta sin inmutarse: «Yo no soy invitada especial, licenciada: soy material de archivo en vivo. Me sienta con la otra mitad de mi receta». Entre las dos, en la silla pequeña que Óscar había traído de su casa sin declarar procedencia, quedó el tercer puesto de la fila, vacío, con una flor del mercado encima — lo dispuso Majo en silencio, a las 8:05, y nadie le preguntó nada, porque en esta ciudad hay sillas que se dejan puestas para las personas que cruzaron el puente en microbús hace cuarenta años y siguen llegando cada mañana a cocinar en las manos de sus nietas —.

Humberto Leal, con el hielo prometido, llegó supervisando personalmente la cava como un inspector de su propia conciencia: «La cadena de frío de esta casa hoy trabaja para el equipo. Ordénelo en el informe como quiera, Daniela: suministros y conciencia». Y Daniela, cronometrando la mañana con la libreta que nos condenó y nos salvó por turnos, pasó por nuestro stand a las nueve con su única frase del día sin formato de sentencia: «Paz. Su declaración de principios tiene audiencia completa. No la defrauden: las listas de espera ya se fueron a desayunar». Lo que Daniela quiso decir con eso — me lo tradujo Óscar desde su orilla mientras revisaba el cuaderno de la presentación por décima vez — es que los equipos con restaurante que esperaban nuestro horario se habían rendido de tanto esperar: nadie quiere heredar el horario de un equipo que trae su propio mercado en la maleta.

Dieron las once, con un calor que la brisa negociaba sin ganar del todo, y Óscar abrió el acta viva de la presentación con su voz de tratado: «Minuto cero. Que la ciudad se entere de que la mesa está puesta».

Minuto cero: los tambores. La cuadra de Keiber entró por el pasillo central de la feria con esa felicidad militar que solo tienen los tambores de El Callao cuando salen de su cuadra a decirle al mundo cómo se llama. Majo iba al frente con su trenza larga y los aretes de su generación balanceando el compás, y cuando llegó frente a la mesa del jurado no bailó para la mesa: tomó la palabra, con la voz de plaza que le sale cuando el calipso lo deja, y contó la entrada en voz alta como se cuentan las cosas que tienen que quedar en el acta de la ciudad:

—Esto que van a probar primero no es un plato de feria: es la entrada de una casa. Canastas de casabe con queso guayanés, que tiene madre y vende en el mercado de Chirica hace treinta años, y una historia que les ahorramos en carteleras: en El Callao, la madama no adorna la fiesta: la dirige. Yo no soy el adorno típico de este equipo: soy su directora de entrada. Abran la ciudad por donde se abren las casas: por la puerta, y con respeto.

Y el calipso bajó de volumen hasta quedar en su cuna de fondo — porque la abuela Carmen Luisa lo había enseñado así: la música acompaña el plato, no lo interrumpe — y el jurado probó las canastas con la cara seria de los que esperaban folclore y recibieron oficio.




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