Dave Anderson llegó al mundo un viernes lluvioso de octubre de 1995.
Antonieta lloró cuando lo pusieron por primera vez entre sus brazos.
No por miedo ni por dolor. Lloró de felicidad.
Después de meses de incertidumbre, médicos, advertencias y noches en las que Jon fingía dormir para que ella no notara su preocupación, finalmente podía sostener al pequeño por el que había decidido arriesgarlo todo.
—Míralo —susurró, agotada—. Es perfecto.
Jon estaba a su lado y, por unos minutos, también creyó que lo era.
Su esposa.
Su hijo.
La familia que habían imaginado.
Todo estaba ahí.
Lo que ninguno de los dos sabía era que aquella felicidad tenía los días contados.
Antonieta padecía una enfermedad cardíaca poco común desde muy joven. Durante años había logrado mantenerla bajo control, pero un embarazo suponía un riesgo que los médicos habían intentado dejarle claro desde el principio.
Su madre también se lo había suplicado.
No lo hagas.
No arriesgues tu vida.
Antonieta había escuchado a todos y, aun así, había tomado su decisión.
Quería ser madre.
Y durante poco más de dos meses pudo serlo.
El embarazo había dejado consecuencias que su corazón debilitado no consiguió superar. Primero llegó el cansancio. Después la falta de aire. Los dolores en el pecho se volvieron cada vez más frecuentes y, para diciembre, Antonieta pasaba más tiempo entre médicos, medicamentos y respiradores que en casa.
Aun así, insistía en tener a Dave cerca.
Lo sostenía aunque apenas tuviera fuerzas.
Le hablaba.
Le acariciaba el cabello.
Le decía una y otra vez cuánto lo amaba, como si de alguna manera supiera que debía dejarle suficientes palabras para toda una vida.
La noche del veinticuatro de diciembre, mientras afuera las familias celebraban y las luces navideñas iluminaban una ciudad que parecía ajena a ellos, Antonieta comprendió que no volvería a casa.
La habitación del hospital estaba en silencio.
Jon permanecía junto a la cama. Dave dormía entre sus brazos, demasiado pequeño para entender que estaba a punto de perder a su madre.
Antonieta apenas podía mantener los ojos abiertos.
—Prométeme que lo vas a cuidar.
Jon apretó la mandíbula.
—No hables así.
—Jon…
—Vas a salir de esta.
Ella sonrió.
Una sonrisa cansada, pero todavía hermosa.
—Siempre fuiste terrible mintiendo.
Él bajó la mirada.
Antonieta alzó una mano con esfuerzo y rozó la mejilla de su esposo.
—Los amo.
Jon cerró los ojos.
—Antonieta…
—Nos volveremos a encontrar —susurró ella—. En algún lugar donde ya no pueda alcanzarnos el dolor.
Fueron sus últimas palabras.
Cuando el monitor emitió aquel sonido largo y continuo, Jon no reaccionó.
No lloró.
No gritó.
Simplemente permaneció sentado con su hijo entre los brazos, mirando un punto indefinido de la habitación mientras el médico se acercaba a la cama.
Era Nochebuena.
Y Antonieta estaba muerta.
Jon miró al bebé que dormía contra su pecho.
Dos meses antes, sostenerlo le había producido una felicidad que jamás había creído posible. Esa noche, en cambio, solo podía pensar en todo lo que había perdido.
Y apareció un pensamiento.
Oscuro.
Cruel.
Uno que le provocaría vergüenza durante muchos años.
¿Por qué él?
¿Por qué tenía a su hijo entre los brazos y no a su esposa?
Lo odió en cuanto cruzó por su mente.
Dave no tenía la culpa.
Era apenas un bebé.
Era el hijo que Antonieta había deseado con todas sus fuerzas.
Pero saberlo no consiguió arrancarle aquel resentimiento.
Algo dentro de Jon murió aquella noche junto con ella.
Y lo que quedó no supo cómo ser padre.
Elizabeth recibió a su nieto sin hacer preguntas.
Quizá porque entendía demasiado bien lo que estaba ocurriendo. Había perdido a su hija y, en medio de su propio dolor, tuvo que hacerse cargo del pequeño que Antonieta había dejado atrás.
Jon prometió que sería temporal.
No lo fue.
Los días se convirtieron en semanas.
Las semanas en meses.
Y después en años.
Dave creció en casa de su abuela.
Nunca le faltó nada.
Al menos, nada que pudiera comprarse.
Ropa, colegios privados, juguetes, viajes, automóviles cuando tuvo edad suficiente para conducir. Bastaba que Elizabeth mencionara algún gasto relacionado con su nieto para que Jon lo cubriera sin preguntar.
Dinero jamás faltaba.
Jon sí.
Al principio visitaba a su hijo ocasionalmente.
Después las visitas comenzaron a espaciarse.
Una semana.
Un mes.
Tres meses.
Hasta que Dave dejó de preguntar cuándo volvería.
Elizabeth intentaba justificarlo.
—Tu padre trabaja demasiado.
—Tu padre está de viaje.
—Tu padre tiene problemas en la empresa.
Cuando Dave era niño, le creía.
Cuando fue adolescente, dejó de hacerlo.
Y cuando llegó a la adultez, simplemente dejó de importarle.
O eso decía.
Porque había cosas que nunca había conseguido decir en voz alta y que terminaban apareciendo en otro lugar.
En sus pinturas.
Dave podía pasar horas frente a un lienzo.
Le gustaba pintar desde pequeño, aunque jamás admitía cuánto significaba para él. Había algo incómodo en observar después lo que había creado. Colores oscuros. Figuras solitarias. Rostros sin ojos. Espacios vacíos.
Era como si el lienzo tuviera la desagradable costumbre de mostrar cosas que él prefería ignorar.
Por eso pintaba durante temporadas y después abandonaba los pinceles durante meses.
Era más sencillo salir.
Beber.
Regresar de madrugada.
Rodearse de personas que aseguraban ser sus amigos mientras aceptaban encantadas cualquier cosa que él estuviera dispuesto a pagar.
Dave sabía perfectamente qué los atraía.