En 1995, a sus diecisiete años, Jason estaba convencido de que sabía exactamente cómo sería su vida.
No aspiraba a grandes riquezas.
Ni siquiera soñaba con abandonar para siempre el pequeño pueblo donde había crecido.
Quería algo mucho más sencillo.
Una casa.
Un trabajo estable.
Ayudar a sus padres.
Ver crecer a su hermana menor, Lucía.
Y casarse con Madison.
Sobre todo, casarse con Madison.
Ella era la única parte de su futuro que Jason nunca había puesto en duda.
Madison quería convertirse en enfermera. Hablaba de hospitales, pacientes y turnos interminables con un entusiasmo que a él le resultaba incomprensible, pero le gustaba escucharla. Cuando se emocionaba, movía demasiado las manos y hablaba tan rápido que algunas palabras parecían atropellarse entre sí.
Jason podía pasar horas observándola.
En su imaginación siempre aparecía igual: vestida de blanco, caminando hacia él mientras él esperaba frente a un altar.
Después vendrían los hijos.
Dos, decía Madison.
Tres, contestaba él únicamente para molestarla.
Una niña primero.
Un niño primero.
Nunca conseguían ponerse de acuerdo.
Pero tenían tiempo.
Eso creían.
Para Jason, el único obstáculo era el dinero.
Sus padres mantenían una pequeña granja que apenas alcanzaba para sostener a la familia y él sabía que una universidad estaba fuera de sus posibilidades. Por eso decidió enlistarse.
La idea no entusiasmó a nadie.
Mucho menos a Madison.
—Podrías buscar otra cosa —le había dicho ella.
—¿Y pagarla cómo?
—Encontraremos la manera.
Jason había sonreído.
A esa edad todavía creía que proteger a las personas que amaba significaba solucionar sus problemas antes de que ellos tuvieran que enfrentarlos.
—Será solo por un tiempo.
Ese tiempo terminó convirtiéndose en diez años.
Jason descubrió muy pronto que tenía facilidad para aquella vida.
Era fuerte, disciplinado y aprendía rápido. Nunca había sido particularmente hablador y tampoco necesitaba demasiado para sentirse cómodo. Cumplía órdenes, observaba, evaluaba y reaccionaba.
Cualidades que, con los años, lo llevaron cada vez más lejos de casa.
Entrenamientos.
Destinos.
Misiones.
Meses enteros sin volver.
Pero Madison continuaba allí.
A veces mediante cartas.
Después mediante llamadas.
Siempre esperándolo.
Y cuando Jason finalmente dejó aquella etapa de su vida atrás, cumplió la promesa que le había hecho cuando ambos todavía eran adolescentes.
Se casó con ella.
Durante algún tiempo, Jason tuvo exactamente la vida que había imaginado.
Y fue feliz.
Verdaderamente feliz.
Un año después, Madison quedó embarazada.
Un niño.
Jason fingió durante días que no estaba especialmente emocionado.
No engañó a nadie.
Compró una pequeña pelota cuando todavía faltaban meses para el nacimiento, discutió durante horas sobre nombres y comenzó a arreglar una habitación que probablemente su hijo no utilizaría durante su primer año de vida.
Madison se burlaba de él.
Jason la dejaba hacerlo.
Faltaban apenas tres meses para conocer a su hijo cuando llegó aquel día de agosto.
Llovía desde temprano.
No era una tormenta particularmente fuerte, pero el cielo llevaba horas cubierto por nubes oscuras y el agua había convertido los caminos alrededor del pueblo en superficies peligrosamente resbaladizas.
Jason había pasado buena parte de la tarde en casa de sus padres.
Su padre necesitaba reparar algunas cosas en la granja y, como ocurría cada vez que regresaba, Jason terminaba encargándose de cualquier trabajo que encontrara pendiente.
Estaba terminando cuando sonó su teléfono.
Al ver el nombre en la pantalla, respondió inmediatamente.
—Hola.
—Hola, amor.
La voz de Madison consiguió hacerle sonreír.
—¿Todo bien?
—Sí. Me llamaron del hospital.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué pasó?
—No encuentran el expediente de uno de los pacientes que ingresó durante mi turno de ayer. Creo que sé dónde puede estar y necesitan que vaya un momento.
Jason miró hacia el exterior.
La lluvia golpeaba el techo del cobertizo.
—No.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿No?
—Está lloviendo demasiado. Espérame. Ya casi termino aquí y te llevo.
Madison suspiró.
—Jason…
—Madison.
Ella se rio al otro lado de la línea.
—No utilices ese tono conmigo.
—¿Qué tono?
—Ese tono de marido mandón.
Jason frunció el ceño aunque ella no pudiera verlo.
—No estoy siendo mandón.
—Claro que sí.
—La carretera está mojada.
—Y yo sé conducir.
—También estás embarazada.
—Gracias por recordármelo. Había olvidado por completo esta barriga enorme.
Jason no consiguió evitar una sonrisa.
Madison siempre tenía una manera de desarmarlo.
—Espera veinte minutos —insistió.
—Para cuando llegues, probablemente ya estaré regresando. Además, está dejando de llover.
Jason volvió a mirar afuera.
No le gustaba.
No sabía explicar por qué.
Una sensación extraña se había instalado en su pecho desde que ella mencionó que saldría.
—Madison…
—Nada va a pasarme.
La frase consiguió incomodarlo todavía más.
—No digas eso.
—Entonces dejaré de decirlo si dejas de preocuparte por absolutamente todo.
—Eso tampoco va a pasar.
Ella rio nuevamente.
Jason cerró los ojos por un momento.
Si hubiera sabido…
Si hubiera tenido siquiera una señal…
Cualquier cosa…
Habría abandonado lo que estaba haciendo y habría ido por ella.
Pero en aquel momento solo era una conversación cotidiana entre marido y mujer.
Una de cientos.
Quizá de miles.
—¿Qué hiciste de cenar? —preguntó finalmente, intentando apartar aquella sensación.