—¡Abuela, tengo que salir!
Dave se acomodó el cuello de la camisa frente al espejo y retrocedió un poco para observar el resultado.
Bien.
Cabello en su sitio.
Ropa perfecta.
Y, si conseguía salir de aquella casa en los próximos cinco minutos, todavía llegaría antes de que sus amigos comenzaran a enviarle mensajes preguntando si había muerto.
—No vas a ninguna parte.
La voz de Elizabeth llegó desde la puerta.
Dave cerró los ojos.
Por supuesto.
Se volvió lentamente.
Su abuela permanecía ahí, con los brazos cruzados y una expresión que no prometía negociación alguna.
—Abuela…
—Fui muy clara esta mañana. Hoy llega tu nuevo guardaespaldas y vas a estar aquí para recibirlo.
—No necesito recibirlo. No es una visita de Estado.
—Necesitas conocerlo.
—Puede presentarse mañana.
—No.
Dave suspiró.
—Mis amigos me están esperando.
—Tus amigos pueden esperar.
—Habíamos quedado desde hace días.
—Y yo llevo meses esperando que entiendas que no puedes seguir recorriendo la ciudad solo a cualquier hora después de lo que ocurrió.
Dave volvió la vista hacia el espejo.
—Otra vez con eso.
—Sí. Otra vez con eso.
Elizabeth entró en la habitación.
—Intentaron meterte a la fuerza en un vehículo, Dave.
—Ya te dije que seguramente querían robarme.
—Y yo ya te dije que un ladrón normalmente roba tus cosas. No intenta llevarte también.
Dave apretó los labios.
No quería volver a hablar de aquello.
El incidente había ocurrido meses atrás y, desde entonces, su abuela se comportaba como si medio mundo estuviera esperando detrás de una esquina para secuestrarlo.
—No voy a tener a un hombre pegado a mí todo el día —murmuró.
—Sí vas a tenerlo.
Dave la miró.
Elizabeth levantó ligeramente la barbilla.
—Y esta es mi última palabra, jovencito. No pones un pie fuera de esta casa sin él.
Dave hizo una mueca.
Después levantó ambas manos en señal de rendición y caminó hasta uno de los sillones.
—Está bien. Me quedaré aquí preso.
—Qué dramático.
—Es una característica familiar.
—Entonces debes haberla heredado de tu padre.
Aquello consiguió borrar parte de la sonrisa de Dave.
Elizabeth pareció darse cuenta.
—Constanza está preparando té —continuó con suavidad—. Regreso enseguida.
Dave asintió.
Esperó hasta escuchar sus pasos alejándose por el pasillo.
Entonces miró su teléfono.
Cinco mensajes.
¿Vienes o no?
Daveeee.
Ya estamos aquí.
No seas aburrido.
El último era de Lola.
Si tu abuela te encerró, puedo llevar una lima dentro de un pastel.
Dave sonrió.
Miró hacia la puerta.
Después hacia la ventana.
No necesitó pensarlo demasiado.
Tomó su chaqueta y salió de la habitación con cuidado.
Conocía aquella casa demasiado bien.
Y también conocía los horarios de su abuela.
Cinco minutos después estaba cruzando la puerta lateral sin que nadie lo hubiera visto.
O, al menos, eso creía.
El centro estaba lleno.
Era una de esas noches en las que parecía que todo el pueblo había decidido salir al mismo tiempo. Música escapaba de los bares, grupos de jóvenes caminaban de un establecimiento a otro y las luces de los anuncios se reflejaban sobre el pavimento todavía húmedo.
Dave encontró a sus amigos cerca de uno de los lugares más concurridos.
—¡Milagro! —gritó uno al verlo—. Pensé que la abuela te había puesto cadenas.
—Casi.
Hubo algunas risas.
Dave saludó a los demás y siguió caminando con ellos.
No prestaba demasiada atención a la conversación. Uno hablaba de una fiesta para el fin de semana; otro se quejaba de una chica que llevaba tres días sin responder sus mensajes.
Entonces escuchó unas risas.
—Mira eso.
Dave siguió la dirección de la mirada de uno de sus amigos.
A pocos metros, parcialmente ocultos por la sombra de un edificio, dos hombres se besaban.
Nada exagerado.
Nada distinto a cualquier otra pareja que pudiera encontrarse en aquella zona un viernes por la noche.
Pero sus amigos comenzaron inmediatamente con las bromas.
Dave no participó.
Observó durante unos segundos más de lo necesario.
Uno de los hombres tenía una mano apoyada sobre la cintura del otro. El segundo sonrió contra sus labios antes de volver a besarlo.
Dave apartó la mirada.
Sintió una incomodidad extraña.
No por ellos.
Por él mismo.
Había tenido novias.
Varias.
Algunas relaciones habían durado semanas. Otras, apenas unos meses.
Todas terminaban de la misma forma.
Sin demasiado dolor.
Sin demasiadas ganas de recuperarlas.
Como si nunca hubiese conseguido sentir aquello que se suponía que debía sentir.
Y, desde hacía algunos años, una pregunta aparecía de vez en cuando en su cabeza.
Una que procuraba expulsar inmediatamente.
¿Qué se sentiría besar a un hombre?
Era curiosidad.
Eso se repetía siempre.
Nada más.
Curiosidad.
Pero cada vez resultaba más difícil convencerse.
—¿Dave?
Parpadeó.
Uno de sus amigos lo estaba mirando.
—¿Qué?
—Te quedaste en otro planeta.
—Estaba pensando.
—Eso sí es preocupante.
Dave le dio un golpe ligero en el hombro y continuaron caminando.
No volvió a mirar hacia la pareja.
Tampoco pudo evitar recordar una escena de su infancia.
Tendría siete u ocho años.
Lola había dejado algunas muñecas tiradas en el suelo y Dave tomó una únicamente para molestarla. Le cambió el vestido, le desordenó el cabello y corrió alrededor de la habitación mientras su prima intentaba recuperarla.
Su padre había aparecido en la puerta.
Dave todavía recordaba perfectamente su expresión.