Donde Termina El Deber

4

3:30 a. m.

Dave bailaba sobre una mesa como si al día siguiente no existiera.

Lola estaba a su lado, riendo mientras intentaba mantener el equilibrio con una mano apoyada en su hombro. Alrededor de ellos, cinco personas más celebraban cada estupidez como si fuera la cosa más divertida que hubieran visto en su vida.

Botellas sobre la mesa.

Música demasiado alta.

Luces que cambiaban de color.

Y una cuenta que, como siempre, terminaría pagando Dave.

Era prácticamente una rutina.

Salir.

Beber.

Invitar.

Reír.

Regresar a casa cuando comenzaba a amanecer en ese estado que su abuela describía cada mañana, con evidente desaprobación, como deplorable.

Dave sabía que buena parte de aquellas personas no estarían allí si él dejaba de pagar bebidas, entradas y cenas.

También sabía que probablemente no eran verdaderos amigos.

No importaba.

Al menos durante unas horas había ruido.

Personas.

Risas.

Cualquier cosa era mejor que el silencio.

Porque el problema comenzaba cuando la fiesta terminaba.

Entonces aparecía nuevamente aquel vacío incómodo en el pecho.

Elizabeth lo amaba.

Dave nunca había dudado de eso. Su abuela había sido su familia desde que tenía memoria y posiblemente era la única persona en el mundo por la que él habría hecho cualquier cosa.

Pero el cariño de ella jamás había conseguido responder una pregunta.

¿Por qué su padre nunca lo había querido?

Dave tenía una respuesta, aunque nadie se la hubiera dado directamente.

Su madre había muerto después de traerlo al mundo.

Jon había perdido a la mujer que amaba.

Y Dave había sobrevivido.

Tal vez su padre jamás se lo hubiera dicho con todas sus letras, pero durante años Dave había terminado construyendo su propia conclusión.

Si él no hubiera nacido, su madre seguiría viva.

Había noches en las que conseguía convencer a su cabeza de que aquello era absurdo.

Otras necesitaba varias copas para lograrlo.

Aquella era una de ellas.

—¡Dave!

La música se tragó el grito de Lola.

—¡Dave!

Ella tuvo que tirarle de la camisa.

Él finalmente giró.

—¿Qué pasa, Loli?

La mirada que recibió fue inmediata.

—No me llames así.

Dave sonrió.

El verdadero apodo era Lolita, una herencia de la infancia que Lola llevaba años intentando enterrar.

Él llevaba exactamente el mismo tiempo negándose a permitirlo.

—¿Qué pasa, Lolita?

—Te odio.

—No es verdad.

Lola acercó la boca a su oído para poder hacerse escuchar.

—Me voy.

Dave hizo una mueca.

—¿Qué?

—¡Que me voy! Son casi las cuatro y mañana tengo filosofía a primera hora.

—La noche apenas empieza.

Lola lo miró como si hubiera perdido la cabeza.

—Para ti. Yo quiero conservar mi automóvil.

Dave soltó una carcajada.

Los padres de Lola habían sido claros: o aprobaba aquella materia o se despediría durante una buena temporada del coche y de las tarjetas.

Una amenaza que, para su prima, estaba muy cerca de constituir una tragedia nacional.

—Qué estrictos.

—Dice el hombre que escapó de su casa porque su abuela le puso horario.

Dave dejó de sonreír.

—No escapé.

—Claro.

Lola comenzó a bajar de la mesa y Dave le ofreció ambas manos para ayudarla.

—Cuidado.

Una vez en el suelo, ella acomodó su ropa.

—¿Vienes conmigo?

—No.

—Dave.

—Me quedaré un rato más.

Lola observó el estado de su primo.

—Ya tomaste demasiado.

—Estoy perfecto.

—Eso lo dices mientras te agarras de una mesa para mantenerte derecho.

Dave soltó la mesa inmediatamente.

—¿Ves?

Ella puso los ojos en blanco.

—¿Cómo vas a regresar?

Él señaló vagamente hacia la salida.

—Taxi.

—¿Solo?

—Tengo veintiún años.

—Y el sentido común de uno de cinco.

Dave besó su mejilla.

—Ve a estudiar filosofía.

—A dormir, idiota.

Lola comenzó a alejarse, pero regresó un paso.

—Y escríbeme cuando llegues a casa.

—Sí, mamá.

—Te lo digo en serio.

—Te escribiré.

Ella lo miró todavía unos segundos antes de marcharse.

Dave ya había vuelto a bailar cuando Lola llegó a la salida.

Suspiró.

Su primo siempre había sido así.

O, al menos, había aprendido a parecerlo.

Dave no se dio cuenta de que dos hombres lo observaban.

Llevaban cerca de media hora haciéndolo.

Lo habían visto pagar varias rondas.

Sacar la cartera.

Dejar billetes sobre la mesa sin prestar demasiada atención.

Lo habían visto beber.

Y, sobre todo, habían visto cómo poco a poco las personas que lo acompañaban comenzaban a marcharse.

Para ellos era una oportunidad.

Para alguien más, una amenaza.

Jason llevaba más de una hora recorriendo la zona.

Elizabeth había acertado.

Encontrar a Dave no había sido difícil una vez que entró en una de las discotecas más concurridas del centro.

La fotografía del expediente apenas había sido necesaria.

Era imposible no verlo.

Estaba encima de una mesa.

Jason permaneció unos segundos observándolo desde la distancia.

Veintiún años.

Lo primero que pensó fue que parecía incluso más joven.

Lo segundo fue que Elizabeth no había exagerado absolutamente nada.

Dave bebía demasiado.

Llamaba la atención.

No parecía tener ninguna conciencia de lo que ocurría a su alrededor y, para empeorar las cosas, pagaba cada bebida que aparecía sobre aquella mesa.

Una combinación perfecta para convertirse en un objetivo.

Jason no se acercó.

Todavía no.

Quería observarlo sin que Dave supiera que estaba allí.

Cómo se comportaba.

Con quién hablaba.

Quién se acercaba a él.

Quién se marchaba.

La joven pelirroja coincidía con las fotografías que Elizabeth le había enviado.



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En el texto hay: romance gay, guardespaldas, bl lgtb

Editado: 11.08.2026

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