Dave recordaba la noche a fragmentos.
La música.
Las luces.
El rostro preocupado de Lola antes de marcharse.
Después, el frío de la calle.
Una pared contra su espalda.
El cristal rompiéndose bajo su cuerpo.
Y miedo.
Eso era lo que recordaba con mayor claridad.
Miedo.
No el que solía sentir cuando Elizabeth comenzaba a hablarle de secuestros, amenazas y enemigos de su padre. Ese podía descartarlo con una sonrisa, una broma o un movimiento de hombros.
Aquello había sido diferente.
Real.
Había estado tirado en una calle oscura, demasiado ebrio para defenderse, mientras dos desconocidos decidían qué podían quitarle.
Por primera vez comprendió que su abuela quizá no exageraba tanto como él había querido creer.
También pensó en ella.
En Elizabeth recibiendo una llamada.
En su rostro, si algo le ocurría.
En la posibilidad de hacerle daño a la única persona que había permanecido a su lado durante toda su vida.
Después apareció aquella voz.
Grave.
Tranquila.
Déjalo.
Dave no recordaba exactamente qué había ocurrido posteriormente.
Gritos.
Golpes.
Uno de los hombres cayendo.
Y entonces aquel desconocido inclinándose sobre él.
El mismo que después lo había levantado entre sus brazos como si Dave no pesara absolutamente nada.
Recordaba haber protestado.
Mucho.
O al menos creía haberlo hecho.
También recordaba unos ojos verdes observándolo con una paciencia que le había parecido insoportable.
Después…
Nada.
Luces demasiado blancas.
Voces.
Alguien diciéndole que permaneciera quieto.
El olor particular de un hospital.
Y nuevamente oscuridad.
Jason permaneció varias horas sentado fuera de la habitación.
Después de aceptar un trabajo, siempre estudiaba el lugar en el que tendría que desenvolverse.
Calles principales.
Hospitales.
Comisarías.
Rutas alternativas.
Puntos de acceso y salida.
Era una costumbre adquirida después de años trabajando en protección privada, y aquella noche había resultado especialmente útil.
Dave había necesitado varios puntos en la pierna, además de atención por los golpes y observación debido a la cantidad de alcohol que había consumido.
Nada parecía particularmente grave.
Eso debería haberlo tranquilizado.
Sin embargo, Jason no podía dejar de pensar en lo ocurrido.
Su nuevo cliente no tenía conciencia alguna del peligro.
Salió de casa sin avisar.
Bebió hasta apenas poder mantenerse en pie.
Había permitido que todo el mundo viera cuánto dinero llevaba encima.
Y después terminó solo en una calle lateral.
Para cualquier profesional de seguridad, la lista era prácticamente una pesadilla.
Pero había algo más.
Jason había observado a Dave durante buena parte de la noche.
Había reído.
Bailado.
Pagado bebidas.
Se había rodeado de personas.
Y, aun así, en algunos momentos, cuando nadie parecía prestarle atención, la expresión del joven cambiaba.
La sonrisa desaparecía.
La mirada se perdía en algún punto.
Solo duraba segundos.
Después Dave volvía a reír como si nada hubiera ocurrido.
Jason conocía aquella expresión.
La había visto demasiadas veces en un espejo.
Años atrás también había aprendido a rodearse de ruido para no escuchar lo que ocurría dentro de su propia cabeza.
La diferencia era que él había perdido a Madison, enterrado a su esposa y a su hijo.
Dave apenas tenía veintiún años.
¿Qué podía pesar tanto sobre alguien tan joven?
Jason apartó aquella pregunta.
No era asunto suyo.
Su trabajo consistía en mantenerlo con vida.
Nada más.
Sacó el teléfono y llamó a Elizabeth.
Ella respondió antes del segundo tono.
—¿Lo encontró?
Jason escuchó inmediatamente el miedo en su voz.
—Sí.
—¿Está bien?
—Está en el hospital.
Hubo silencio.
—¿Qué pasó?
Jason cerró los ojos un instante.
—Dos hombres intentaron asaltarlo. Tiene algunas heridas, pero los médicos dicen que está estable.
—Voy para allá.
—Señora, no es necesario que...
—¿En qué hospital?
Jason entendió que discutir sería inútil.
Le dio la dirección.
Elizabeth llegó poco después. Y permaneció junto a la cama de su nieto hasta el amanecer.
La luz que entraba por la ventana fue lo primero que Dave percibió.
Después llegó el dolor de cabeza.
Abrió los ojos. Se arrepintió inmediatamente.
—Mierda…
—Dave.
Conocía aquella voz. Giró ligeramente la cabeza.
Elizabeth estaba sentada junto a la cama.
Tenía el cabello menos arreglado que de costumbre y unas profundas señales de cansancio bajo los ojos.
Dave sintió una punzada de culpa.
—Abuela…
Ella tomó su mano.
—Gracias a Dios.
Dave intentó incorporarse.
El cuerpo entero protestó.
—No, no. Despacio.
—Estoy bien.
Elizabeth lo miró.
Dave dejó escapar el aire.
—Bueno… quizá no tan bien.
Ella acarició sus dedos.
—Me asustaste.
Eso dolió más que cualquiera de los golpes.
Dave bajó la mirada.
—Lo siento.
No acostumbraba a disculparse demasiado.
Mucho menos con facilidad.
Pero aquella vez lo decía en serio.
—No quería preocuparte.
—Precisamente por eso te pedí que no salieras solo.
—Lo sé.
Elizabeth pareció sorprendida por la falta de discusión.
Dave cerró los ojos.
—Tenías razón.
Aquello sí consiguió dejarla completamente en silencio.
—¿Puedes repetirlo? Creo que quiero grabarlo.
Dave abrió un ojo.
—No abuses del momento.
Una sonrisa temblorosa apareció en el rostro de su abuela.
—El médico vendrá en un momento. Jason fue a buscarlo.