Donde Termina El Deber

6

Llegar hasta su habitación resultó más complicado de lo que Dave estaba dispuesto a admitir.

La casa tenía dos plantas y, por primera vez en toda su vida, los escalones que conducían a la segunda le parecieron una pésima decisión arquitectónica.

—¿Quieres que te ayude? —preguntó Elizabeth desde abajo.

—No.

Dave se aferró al pasamanos.

Un escalón.

Luego, otro.

La pierna protestaba con cada movimiento y los golpes del costado tampoco ayudaban, pero su orgullo se negaba a permitir que su abuela lo viera incapaz de subir hasta su propia habitación.

—Dave…

—Estoy bien.

Jason permanecía unos pasos detrás de él.

No decía nada.

Eso era casi peor.

Dave podía sentir su presencia sin necesidad de volverse.

—Y tú deja de mirarme —murmuró.

—No te estoy mirando.

Dave giró apenas la cabeza.

Jason estaba, efectivamente, mirándolo.

—Mentiroso.

—Estoy asegurándome de que no te caigas.

—Es prácticamente lo mismo.

Jason no respondió.

Dave continuó subiendo.

Cuando finalmente llegó al segundo piso, sintió que había escalado una montaña.

—Ves —dijo, respirando con más dificultad de la que le habría gustado—. Perfectamente capaz.

Jason bajó la mirada hacia su pierna.

—Impresionante.

Dave entrecerró los ojos.

No consiguió decidir si aquello había sido sarcasmo.

Y eso lo irritó todavía más.

Elizabeth apareció pocos minutos después con el medicamento recetado por el médico y un vaso de agua.

—Tómatelo.

Dave obedeció sin protestar.

Eso consiguió que su abuela lo observara con evidente sospecha.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—Estoy disfrutando este momento.

Dave tomó las pastillas.

—¿Qué momento?

—Uno en el que haces lo que te digo sin discutir.

—Estoy herido. No muerto.

Elizabeth sonrió y le acomodó la almohada.

—Descansa.

Le dio un beso en la frente antes de marcharse.

Cuando se quedó solo, Dave cerró los ojos.

El cansancio terminó alcanzándolo rápidamente.

Pero justo antes de dormirse apareció nuevamente un rostro en su cabeza.

Jason.

Qué fastidio.

No sabía prácticamente nada de él.

Solo su nombre.

Que era guardaespaldas.

Que podía derribar a dos hombres sin demasiado esfuerzo.

Que tenía una irritante capacidad para mantenerse tranquilo cuando Dave quería discutir.

Y que iba a estar siguiéndolo a todas partes a partir de ese momento.

Aquella última parte debería haber sido suficiente para que lo detestara.

De hecho, estaba decidido a hacerlo.

Pero había algo que no terminaba de encajar.

La noche anterior había estado demasiado ebrio para confiar en sus propias impresiones, pero esa mañana, en el hospital, había vuelto a ocurrir.

La voz.

Los ojos.

La cercanía.

Dave se había sentido demasiado consciente de Jason cada vez que se acercaba.

No le gustaba.

O quizá le gustaba demasiado.

—Estupideces —murmuró.

Se dio vuelta con cuidado.

Probablemente todavía tenía demasiado alcohol dando vueltas por su organismo.

Esa era una explicación bastante mejor.

Cerró los ojos.

Minutos después estaba dormido.

Jason pasó un par de veces por el corredor durante la tarde.

No entró.

La primera vez se detuvo unos segundos frente a la puerta entreabierta y escuchó la respiración tranquila de Dave.

Todo parecía estar bien.

Continuó su recorrido por la casa.

Todavía tenía que familiarizarse con la propiedad.

Accesos.

Ventanas.

Entradas de servicio.

Jardines.

Sistema de seguridad.

Rutinas del personal.

Comparado con algunos de sus trabajos anteriores, aquel lugar parecía excesivamente tranquilo.

Y Jason agradecía eso.

Había pasado demasiados años viviendo entre aeropuertos, hoteles, eventos, empresarios paranoicos y artistas cuyas agendas cambiaban cada hora.

Por primera vez en mucho tiempo tendría un solo cliente y una residencia fija.

No sonaba mal.

Entró en la cocina.

Constanza preparaba la cena.

—¿Cómo sigue? —preguntó ella sin necesidad de especificar a quién se refería.

—Dormido.

—Mejor. Lo necesita.

Jason asintió.

Constanza removió algo dentro de una olla.

—Ese muchacho no sabe detenerse.

Jason se apoyó ligeramente contra uno de los muebles.

—Eso he notado.

Ella sonrió.

—No dejes que te engañe.

Jason levantó una ceja.

—¿Con qué?

—Con esa actitud de que todo le importa poco.

Jason recordó nuevamente la discoteca.

La sonrisa exagerada.

Y aquellos instantes en los que la expresión de Dave se apagaba cuando nadie parecía observarlo.

—No parece precisamente sencillo.

Constanza rio.

—Eso tampoco te lo voy a negar.

Jason estuvo a punto de responder cuando escuchó pasos.

Lentos.

Irregulares.

Venían de la escalera.

Salió de la cocina.

Dave descendía sujetándose firmemente del pasamanos.

Había llegado a los últimos escalones, pero su rostro dejaba bastante claro que el esfuerzo le estaba costando más de lo que quería reconocer.

Jason se acercó.

—¿Necesitas ayuda?

Dave levantó la vista.

—No.

Jason permaneció donde estaba.

Dave descendió otro escalón.

Se detuvo.

Otro.

El gesto de dolor fue suficiente.

Jason extendió una mano.

—Dave.

El joven observó primero la mano.

Después a él.

Parecía librar una batalla interna bastante seria por algo tan simple.

Finalmente, aceptó.

Sus dedos se cerraron alrededor de los de Jason.

—Solo para bajar —advirtió.

—Claro.

Dave dio otro paso.

—No significa que necesite ayuda.

—Por supuesto que no.




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