Los días siguientes transcurrieron con una tranquilidad que Dave no esperaba.
Su pierna mejoraba.
Los moretones comenzaban a desaparecer.
Y Jason seguía allí.
Siempre.
No de una manera particularmente molesta, debía reconocerlo.
No entraba en su habitación sin permiso. No intentaba conversar cuando Dave claramente no quería hacerlo y tampoco lo seguía a pocos pasos como habían hecho otros guardaespaldas que su abuela había contratado.
Pero Dave sabía que estaba.
Si bajaba, Jason aparecía en algún lugar de la casa.
Si Constanza salía de compras, él conocía el horario.
Si Elizabeth tenía que ir a algún sitio, sabía cuándo regresaría.
Parecía enterarse de todo sin necesidad de hacer ruido.
Y eso resultaba inquietante.
Por esa razón —al menos eso se decía Dave— pasó buena parte de aquellos días encerrado en su habitación.
No porque estuviera evitando a Jason.
Definitivamente no.
Era por su pierna.
Nada más.
Había pedido que le llevaran algunas comidas arriba, se había puesto al corriente con cosas de la universidad y, después de meses sin tocar seriamente un pincel, había vuelto a pintar.
Eso sí conseguía tranquilizarlo.
Cuando pintaba, las horas desaparecían.
No necesitaba pensar en su padre.
Ni en la universidad.
Ni en las preguntas que últimamente parecían aparecer con demasiada frecuencia en su cabeza.
Solo estaban el lienzo, los colores y él.
Sus amigos llamaban prácticamente todas las noches.
¿Ya puedes salir?
Hay fiesta el viernes.
No seas aburrido.
Ninguno había ido a verlo.
Dave fingía que no le importaba.
Lola, sí.
La noche siguiente, del hospital había aparecido con comida, películas y suficientes insultos como para compensar el susto que le había dado.
Y continuaba visitándolo.
Aquella tarde Dave estaba sentado frente a un lienzo cuando escuchó la puerta de su habitación abrirse de golpe.
—¡Dime!
Dave dio un pequeño salto.
—¿Qué demonios…?
Lola cerró detrás de ella y permaneció apoyada contra la puerta, respirando agitadamente.
—¿Quién es ese hombre?
Dave frunció el ceño.
—¿Qué hombre?
—El hombre.
—Excelente descripción.
—El alto. El del traje. El que está abajo hablando con mi abuela.
Dave volvió la atención hacia el lienzo.
Sabía exactamente de quién hablaba.
—No sé.
Lola abrió mucho los ojos.
—¿Cómo que no sabes?
—Hay muchas personas altas en Londres.
—Dave.
Él tomó otro pincel.
—¿Qué?
—Ese hombre parece salido de una película.
Dave tuvo que contener una reacción.
—Ah. Él.
—Sí, él.
Lola cruzó la habitación y se dejó caer sobre la cama.
—¿Quién es?
—Jason.
—¿Jason qué?
—Lee.
—¿Y qué hace aquí?
Dave mojó el pincel en pintura.
—Es mi guardaespaldas.
Hubo silencio.
Dave levantó ligeramente los ojos.
La expresión de Lola era impagable.
—¿Ese es tu guardaespaldas?
—Sí.
—¿Ese?
—Ya respondí.
—¿Y te estabas quejando?
Dave volvió al lienzo.
—Sigue siendo un guardaespaldas.
—Por mí puede seguirnos hasta el fin del mundo.
Dave dejó el pincel.
—¿Puedes dejar de decir tonterías?
Lola sonrió lentamente.
Aquello llamó su atención.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás poniendo esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara que pones cuando vas a fastidiarme.
—Solo estoy pensando que ahora comprendo por qué llevas varios días encerrado.
Dave la miró incrédulo.
—Estoy herido.
—Claro.
—Tengo puntos.
—Ajá.
—¿Quieres verlos?
—No, gracias.
Lola tomó una almohada y la abrazó contra su pecho.
—¿Estará casado?
Dave hizo un movimiento demasiado brusco con el pincel.
Una línea oscura apareció donde no debía.
—Mierda.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Intentó corregirla.
Lola continuó, completamente ajena.
—Aunque no lleva anillo.
Dave levantó la cabeza.
—¿Te fijaste en eso?
—Por supuesto.
—Qué enferma.
—¿Tendrá novia?
Dave apretó el pincel.
¿Por qué demonios le molestaba aquella conversación?
Jason podía tener novia.
Podía estar casado.
Podía tener diez hijos si quería.
No era asunto suyo.
—No tengo idea —respondió con más brusquedad de la necesaria.
Lola arqueó una ceja.
—Uy.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez esa cara.
—¿Te molesta?
—¿Qué cosa?
—Que pregunte por él.
Dave soltó una risa seca.
—¿Por qué habría de molestarme?
—No lo sé. Tú dime.
—Lola.
—Dave.
Él dejó definitivamente los pinceles.
—Viniste a ver una película. Ponla.
Lola no se movió.
Lo observó durante unos segundos.
—Debes admitir que es atractivo.
—No tengo que admitir nada.
—Tienes ojos.
Dave bufó.
—También tú.
—Exactamente. Por eso sé que es guapísimo.
La almohada que Dave tenía cerca terminó volando hacia ella.
Lola soltó una carcajada.
—¡Cállate!
—¿Por qué te enojas?
—Porque eres insoportable.
—Solo dije que es guapo.
—Pues cásate con él.
Lola dejó de reír por un instante.
Después, su sonrisa se volvió particularmente maliciosa.
—Ah.
Dave sintió peligro.
—¿Qué significa ese “ah”?
—Nada.
—Lola.
—Estás celoso.
Dave la miró horrorizado.
—¿Qué?
—Estás celoso.
—Estás loca.
—Un poco.
—No estoy celoso.
—Entonces, ¿por qué llevas cinco minutos comportándote como si quisiera robarte algo?
Dave abrió la boca.
No encontró una respuesta inmediata.