Dave cerró la puerta del estudio detrás de él.
Su padre no le pidió que se sentara.
Tampoco preguntó cómo estaba.
Ni miró la herida que todavía le obligaba a caminar con cierta precaución.
Jon permaneció de pie junto al escritorio de Elizabeth, con una mano dentro del bolsillo de su pantalón y aquella expresión que Dave conocía demasiado bien.
Decepción.
Siempre parecía decepcionado cuando lo miraba.
—Me contaron lo que hiciste.
Dave dejó escapar el aire lentamente.
—¿Viniste hasta Londres para hablar de eso?
—Casi consigues que te maten.
—No me mataron.
—Ese es exactamente tu problema.
Dave frunció el ceño.
—¿Cuál?
—Que todo te parece un juego.
Jon dio un paso hacia él.
—Sales cuando quieres, gastas dinero como si no tuviera límite, te rodeas de personas que solo están esperando aprovecharse de ti y después terminas tirado en una calle a las cuatro de la mañana.
Dave apretó la mandíbula.
—Ya recibí el discurso de la abuela.
—Tu abuela te consiente demasiado.
Aquello hizo que Dave levantara la cabeza.
—No la metas en esto.
—Ella tiene buena parte de la culpa de que seas así.
—¿Así cómo?
—Irresponsable.
Dave soltó una pequeña risa incrédula.
—Claro.
—¿Te parece gracioso?
—No. Me parece curioso que ahora te interese cómo me educaron.
Jon lo miró fijamente.
—Soy tu padre.
La frase consiguió algo en Dave.
Una mezcla de rabia y dolor acumulada durante demasiados años.
—¿Desde cuándo?
El silencio fue inmediato.
Jon endureció el rostro.
—Cuida cómo me hablas.
—¿Por qué? ¿Vas a dejar de visitarme?
Jon apretó la mandíbula.
—No tienes idea de cómo funciona el mundo real, Dave. Tu abuela te ha mantenido toda la vida encerrado en una burbuja.
—Mi abuela estuvo aquí.
Jon guardó silencio.
Dave continuó.
—Cuando estaba enfermo, ella estaba aquí. Cuando tenía miedo, estaba aquí. Cuando entré a la escuela, cuando me gradué, cuando cumplí años…
Su voz comenzó a cambiar.
—Así que no te atrevas a culparla por haber hecho el trabajo que tú no quisiste hacer.
—Todo lo que tienes lo he pagado yo.
Dave soltó una risa amarga.
—¿Eso es ser padre?
—Te he dado una vida que muchas personas desearían.
—Me diste dinero.
Jon levantó la voz.
—¡Porque nunca te ha faltado absolutamente nada!
—Tú.
La palabra cayó entre ambos.
Dave respiró con dificultad.
—Tú me faltaste.
Por primera vez, algo se movió en la expresión de Jon.
Pero desapareció demasiado rápido.
—Ya eres suficientemente mayor para dejar de comportarte como un niño abandonado.
Aquello dolió.
Dave se quedó mirándolo.
Jon continuó, incapaz de detenerse.
—Tienes veintiún años y todavía no has hecho nada con tu vida. Estudias una carrera que apenas te tomas en serio, pierdes el tiempo pintando y cada semana apareces en una fiesta diferente.
Dave apretó los puños.
—Estoy estudiando Derecho porque tú querías.
—Porque esperaba que por lo menos hicieras algo útil.
—¿Útil para quién?
—Para tu futuro.
—Para ti.
—Para demostrar que puedes convertirte en alguien.
La respiración de Dave se detuvo un instante.
—¿En alguien?
Jon se dio cuenta demasiado tarde.
—No quise decir eso.
Dave sintió que algo dentro de él comenzaba a romperse.
—Claro que sí.
—Dave…
—Siempre lo haces.
—¿Qué cosa?
—Me miras como si hubiera algo mal conmigo.
Jon cerró los ojos un instante.
—Estoy intentando evitar que destruyas tu vida.
—Ni siquiera sabes nada de mi vida.
—Sé suficiente.
Dave negó con la cabeza.
—No. Solo sabes que soy el hijo que nunca quisiste.
—Eso no es verdad.
—Entonces mírame y dímelo.
Jon quedó inmóvil.
Dave esperó.
Una parte ridícula de él todavía esperaba escucharlo.
Te quiero.
Eres mi hijo.
Me alegra que estés vivo.
Cualquier cosa.
Jon no dijo ninguna.
Dave sintió que los ojos comenzaban a arder.
—Eso pensé.
Se volvió hacia la puerta.
—Dave.
Él se detuvo.
No giró.
—¿Qué habría pasado si esos hombres te hubieran matado? —preguntó Jon—. ¿Alguna vez piensas en lo que eso le habría hecho a Elizabeth?
Dave cerró los ojos.
Había pensado exactamente eso aquella noche.
—Sí.
Giró lentamente.
—Lo pensé.
Su voz tembló.
—Pensé que ella iba a quedarse sola por mi culpa.
Jon permaneció callado.
—Pero ¿sabes qué más pensé?
Dave lo miró.
—Que quizá tú estarías feliz.
Jon palideció ligeramente.
—No digas estupideces.
—Quizá por fin tendrías lo que siempre quisiste.
—Dave.
—Ella estaría muerta y yo también.
Jon dio un paso hacia él.
—No vuelvas a hablar de tu madre de esa manera.
—¿Por qué?
—Porque no sabes nada de ella.
Dave sintió la rabia subir.
—¡Claro que no sé nada! ¡Tú te aseguraste de eso!
—Basta.
—¿Eso es lo que quieres? ¿Que muera como ella para que finalmente puedas dejar de verme y recordar que mamá murió por tenerme?
Jon reaccionó antes de pensar.
La bofetada resonó en el estudio.
Dave perdió el equilibrio y cayó contra uno de los sillones.
Silencio.
Jon miró su propia mano.
Parecía sorprendido.
Dave llevó lentamente los dedos hacia su mejilla.
No lloró.
Todavía no.
Levantó la mirada hacia su padre.
—Ahí está.
—Dave…
—Por fin.
—No debí golpearte.
Dave soltó una risa rota.
—Pero querías hacerlo.
—No.
—Dime la verdad una vez.