Los días siguientes pasaron con una normalidad extraña.
Dave no volvió a mencionar la noche en la habitación de Jason.
Jason tampoco.
Ninguno habló de la pesadilla.
Ni de Madison.
Ni de la forma en que Dave había entrado para despertarlo.
Aparentemente, habían llegado a un acuerdo silencioso: fingir que nada había ocurrido.
Para Dave era más fácil así.
O eso intentaba convencerse.
Porque desde aquella madrugada Jason parecía más serio de lo habitual.
No era grosero.
No lo evitaba.
Seguía llevándolo a la universidad, esperaba por él y cumplía cada una de sus rutinas exactamente igual que antes.
Pero hablaba poco.
Y Dave había llegado a una conclusión.
Estaba enfadado.
Probablemente, seguía molesto porque había entrado en su habitación sin permiso.
Así que decidió darle espacio.
Si Jason no quería hablar, él tampoco.
El problema era que Jason tenía algo bastante más serio ocupando su atención.
Durante los últimos días había observado dos vehículos.
Nunca aparecían juntos.
Uno gris.
Otro negro.
A veces los encontraba detrás de ellos camino a la universidad.
Otras, estacionados a una distancia prudente cerca de alguno de los lugares que Dave frecuentaba.
La primera vez podía ser coincidencia.
La segunda también.
A la tercera, Jason dejó de creer en coincidencias.
Aquella mañana volvió a encontrar el automóvil oscuro a varias calles de la universidad.
Miró por el espejo retrovisor.
Dos hombres dentro.
Los mismos del día anterior.
—Dave.
El joven levantó la cabeza de su teléfono como si acabaran de despertarlo.
—¿Qué?
—¿Qué clase tienes primero?
Dave frunció ligeramente el ceño ante la pregunta.
Era probablemente la frase más larga que Jason le había dirigido desde hacía varios minutos.
—Con la señora Walk.
—¿Cuánto dura?
—Dos horas.
Jason asintió.
—Bien.
Eso fue todo.
Dave esperó.
Nada más.
Miró hacia la ventana.
Claro. Un “bien”. Qué conversación tan emocionante.
Cuando llegaron, tomó su mochila.
—Nos vemos.
—Dave.
Él se detuvo.
Jason lo observó unos segundos.
—Mantén el teléfono contigo.
—Siempre lo hago.
—Hoy no lo pongas en silencio.
Dave arqueó una ceja.
—¿Pasó algo?
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Dave lo estudió.
—Está bien…
Bajó del vehículo.
Jason esperó hasta verlo entrar.
Solo entonces volvió a mirar el automóvil estacionado a varios metros.
El hombre del asiento del copiloto estaba fumando.
El conductor observaba hacia la universidad.
Jason arrancó y avanzó algunas calles.
Después estacionó.
Volvió caminando.
No iba a perderlos de vista.
La universidad tenía varios accesos, patios interiores y edificios conectados entre sí.
Jason recorrió el perímetro antes de entrar.
Se movió sin llamar demasiado la atención.
Años de protección privada le habían enseñado que observar era mucho más útil cuando nadie sabía que lo estaba haciendo.
Encontró nuevamente a los dos hombres.
Habían abandonado el automóvil.
Uno permanecía cerca de una cafetería.
El otro fingía revisar su teléfono.
Jason reconoció algunos tatuajes visibles sobre la mano y el cuello de uno de ellos.
No podía asegurar qué significaban.
Pero había visto símbolos similares años atrás en trabajos relacionados con empresarios de Europa del Este.
Organizaciones criminales.
Seguridad privada dudosa.
Gente que no aparecía por casualidad.
Jason sintió que algo se endurecía en su interior.
Jon Anderson.
Elizabeth había mencionado Rusia desde el primer día.
Negocios de los que nadie parecía saber demasiado.
Un intento previo de secuestro.
Ahora hombres observando a su hijo.
Jason miró nuevamente hacia ellos.
—¿En qué te metiste, Anderson? —murmuró.
No tenía pruebas.
Todavía.
Pero pensaba conseguirlas.
Antes de que comenzara la clase, Jason pasó por el corredor correspondiente al aula de Dave.
No entró.
Solo necesitaba comprobar que estuviera allí.
Lo encontró a través de la puerta abierta.
Dave hablaba con dos muchachas.
Una de ellas dijo algo y él rio.
Jason se detuvo un instante.
Era una sonrisa completamente diferente a la que había visto en aquella discoteca semanas atrás.
No había alcohol.
Ni exageración.
Ni un grupo de personas esperando que Dave pagara la siguiente ronda.
Solo un joven de veintiún años riéndose con sus compañeras antes de entrar a clase.
Le gustaba verlo así.
Tranquilo.
Normal.
Sin miedo.
Inmediatamente, recordó el día de la discusión con Jon.
Dave llorando contra su pecho.
Aquellas palabras.
Él deseaba que muriera yo.
Jason apretó la mandíbula.
Todavía sentía rabia al recordarlo.
Y aquello resultaba problemático.
No porque no pudiera preocuparse por un cliente.
Era normal.
Su trabajo consistía precisamente en preocuparse por su seguridad.
Pero con Dave comenzaba a ser diferente.
No quería protegerlo únicamente de los hombres que pudieran perseguirlo.
Quería protegerlo de cualquier cosa capaz de borrar aquella sonrisa de su rostro.
Incluso de su propio padre.
Jason apartó la mirada.
No.
Aquello estaba cruzando una línea.
Dave era su cliente.
Y Jason necesitaba recordarlo.
Las dos horas transcurrieron sin incidentes.
Los hombres se marcharon antes de que terminara la clase.
Jason memorizó la matrícula.
Después haría algunas llamadas.
Cuando Dave salió, lo encontró apoyado contra el automóvil.
—Hola.