Donde Termina El Deber

11

El viernes llegó demasiado rápido.

Dave llevaba varios minutos frente al espejo intentando decidir si cambiarse de camisa.

Azul oscuro.

Lola había insistido en que le quedaba bien.

Dave todavía no entendía por qué había aceptado consejos de vestuario de alguien que consideraba cualquier fiesta una oportunidad para montar un desfile.

Finalmente salió de la habitación.

Al llegar al vestíbulo encontró a Lola.

Hablando con Jason.

Naturalmente.

—Entonces ¿te gusta Londres? —preguntaba ella.

—Sí.

—¿Y el clima?

—A veces.

—¿Prefieres el calor?

—Depende.

Dave se detuvo.

Jason respondía prácticamente con monosílabos.

Tuvo que contener una sonrisa.

Lola era capaz de mantener una conversación incluso con una pared.

Ella lo vio.

—¡Por fin!

Lo observó de arriba abajo.

—Qué guapo, primo.

Dave puso los ojos en blanco.

—Gracias.

—Ese azul te queda increíble.

Entonces Lola miró a Jason.

Dave sintió peligro inmediatamente.

—¿Verdad, Jason?

El mayor levantó la vista.

Sus ojos recorrieron brevemente a Dave.

Solo un instante.

Suficiente para hacer que Dave sintiera calor en el rostro.

—Es un buen color.

Silencio.

Dave parpadeó.

¿Un buen color?

Eso era todo.

Lola sonrió.

Dave la fulminó con la mirada antes de que pudiera decir algo.

—Vámonos.

—Pero…

—Ahora.

Lola comenzó a caminar, conteniendo la risa.

Durante el trayecto, Dave permaneció junto a la ventana.

Lola no aguantó demasiado.

—Por cierto…

Dave cerró los ojos.

—No.

—Ni siquiera sabes qué voy a decir.

—Cuando empiezas así nunca es bueno.

—Michael va a llevar a un amigo.

Dave miró hacia ella.

—Felicitaciones para Michael.

—Se llama Sam.

—Felicitaciones para Sam.

Lola bajó la voz.

—Es gay.

Dave la miró.

—¿Y?

—Nada.

—Lola.

Ella se acercó un poco.

—Le hablé de ti.

—¿Qué hiciste?

Jason continuó conduciendo.

No parecía prestar atención.

Dave sí se dio cuenta de que sus manos se tensaron apenas alrededor del volante.

—No le dije nada privado —aclaró Lola rápidamente—. Solo que tenía un primo soltero que quizá iría a la fiesta.

—¿Y por qué necesitaba saber que soy soltero?

—Porque pensé que podían conocerse.

—Lola…

—Sin presión.

Ella levantó ambas manos.

—Solo hablar. Sam es buena persona. Si no te gusta, no pasa absolutamente nada.

Dave miró hacia Jason casi por reflejo.

Él mantenía los ojos en la carretera.

—No estoy buscando salir con nadie.

—No tienes que salir con él.

—Entonces ¿qué estás organizando?

—Nada. Te estoy dando la oportunidad de conocer a alguien sin que tengas que preocuparte por si le incomoda que seas un hombre.

Dave permaneció callado.

Aquello sí tenía cierto sentido.

Lola sonrió.

—Además es guapo.

—Eso es lo único que te importa.

—No. También tiene buen cabello.

Dave soltó una risa.

—Eres ridícula.

—Solo conócelo.

Dave suspiró.

—Está bien.

—¿Sí?

—He dicho que puedo hablar con él.

—¡Perfecto!

—No significa nada más.

—Claro.

Dave volvió hacia la ventana.

Jason no dijo una sola palabra durante el resto del camino.

La casa de Ara estaba junto a la playa.

Grande.

Demasiado grande para que Dave pudiera calcular cuántas personas terminarían allí antes de que acabara la noche.

Elizabeth había aceptado que fueran bajo una condición: Dave y Lola dormirían en un hotel cercano y Jason permanecería en la zona.

Ninguno había discutido.

Después de los últimos acontecimientos, Dave estaba aprendiendo a elegir mejor sus batallas.

Jason estacionó frente a la casa.

—Voy a revisar el hotel y los alrededores.

Dave abrió la puerta.

—No tienes que quedarte aquí pegado toda la noche.

—No pensaba hacerlo.

—Qué amable.

Jason lo miró.

—Tienes mi número.

—Lo sé.

—Si sales de esta propiedad, me avisas.

Dave levantó una mano.

—Sí, señor.

Jason no reaccionó.

Lola bajó del automóvil.

—Nos vemos después, Jason.

—Diviértanse.

Dave cerró la puerta.

Por alguna razón, la idea de que Jason se marchara le provocó una pequeña decepción.

La ignoró.

A las seis de la tarde la fiesta ya estaba completamente instalada.

Música alrededor de la piscina.

Bebidas.

Personas entrando y saliendo de la casa.

Dave conocía a buena parte de ellas.

Recibió saludos.

Abrazos.

Bromas sobre su desaparición de las últimas semanas.

Al principio se sintió extraño.

Después comenzó a relajarse.

Había prometido no repetir lo ocurrido aquella noche en Londres.

Así que bebió, sí.

Pero despacio.

Alternando con agua.

Lola incluso lo miró con sorpresa cuando rechazó una tercera copa.

—¿Quién eres y qué hiciste con mi primo?

—Estoy aprendiendo.

—Estoy orgullosa.

—No exageres.

Entonces ella vio a alguien detrás de él.

Su sonrisa apareció.

—Ven.

Dave sintió cómo lo tomaba del brazo.

—¿A dónde?

—Solo ven.

Lo arrastró entre varias personas.

—Michael.

Un muchacho levantó la mano.

—Lola.

Junto a él estaba otro hombre.

Dave supo inmediatamente quién era.

—Dave —dijo Lola—, él es Sam.

Sam sonrió.

Era atractivo.

Cabello oscuro algo desordenado.

Barba corta.

Cuerpo trabajado sin parecer exagerado.

Más o menos de la misma estatura que Dave.

—Hola.

Extendió la mano.

Dave la tomó.

—Mucho gusto.

—Igualmente. Lola me ha hablado bastante de ti.

Dave miró a su prima.




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