Donde Termina El Deber

13

Los meses siguientes cambiaron cosas que ninguno de los dos había planeado.

Al principio fueron detalles.

Una película después de cenar.

Una conversación que duraba más de lo necesario.

Dave apareciendo en la cocina cuando sabía que Jason estaba allí.

Jason llevándole café cuando estudiaba hasta tarde.

Pequeñas discusiones durante los trayectos a la universidad.

Bromas que antes no habrían existido.

Silencios que dejaron de resultar incómodos.

Dave volvió a pintar con frecuencia.

Jason fue una de las primeras personas que vio algunos de sus cuadros.

—Eres bueno —le había dicho.

Solo eso.

Dave había permanecido pensando en aquellas dos palabras durante días.

Porque Jason no lo había dicho para consolarlo.

Lo creía.

También comenzaron a pasar algunas noches viendo películas.

Elizabeth solía retirarse temprano.

Constanza desaparecía hacia sus habitaciones.

Y ellos terminaban ocupando extremos diferentes del mismo sofá.

Al principio.

Con el tiempo, la distancia fue disminuyendo sin que ninguno pareciera notarlo.

O quizá ambos lo notaban demasiado.

Dave ya no podía mentirse.

Estaba enamorándose.

No sabía cuándo había ocurrido.

Quizá bajo aquel árbol.

Quizá durante la cena después de la discusión con su padre.

Tal vez cuando Jason le había asegurado que no había nada malo en que besara a un hombre.

O quizá había sucedido lentamente, en cientos de momentos pequeños.

Lo único que sabía era que ahora Jason estaba en todas partes.

En sus pensamientos.

En sus pinturas.

En las noches en las que no podía dormir.

Y Dave tenía miedo.

Porque cuanto más se acercaban, más evidente le parecía una realidad.

Jason podía quererlo.

Podía protegerlo.

Podía incluso necesitar su compañía.

Pero eso no significaba que pudiera amarlo de la misma forma.

Era viernes.

Al día siguiente Elizabeth cumpliría setenta y cinco años.

La casa llevaba toda la semana preparándose para la celebración.

Dave había aceptado encargarse de algunas compras de última hora.

Jason, naturalmente, fue con él.

—Constanza escribió cereal —dijo Dave mirando la lista—, pero no puso cuál.

—Compra cualquiera.

Dave lo miró horrorizado.

—Eso explica muchas cosas sobre ti.

Jason arqueó una ceja.

—Es cereal.

—No todos son iguales.

—Son esencialmente lo mismo.

—Retiro cualquier respeto que pudiera haberte tenido.

Jason negó con la cabeza y continuó caminando.

Dave sonrió.

Se separaron durante unos minutos para buscar diferentes cosas.

Cuando Dave regresó al pasillo principal, no encontró a Jason.

Miró alrededor.

Nada.

Avanzó hacia la siguiente sección.

Entonces lo vio.

Y la sonrisa desapareció.

Victoria.

Otra vez.

Estaba junto a Jason.

Demasiado cerca.

Una mano descansaba sobre su brazo mientras hablaban.

Dave se detuvo.

No quería mirar.

Miró.

Victoria dijo algo.

Jason negó con la cabeza.

Ella sonrió.

Y antes de que él pudiera reaccionar, se inclinó y lo besó.

Fue rápido.

Un segundo.

Quizá dos.

Suficiente.

Dave sintió que el estómago se le cerraba.

Jason levantó la mirada.

Lo vio.

Dave bajó inmediatamente los ojos.

Dio media vuelta y entró en otro pasillo.

—Victoria, ¿por qué hiciste eso?

Ella sonrió.

—Quería comprobar algo.

Jason frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

Victoria miró hacia el lugar donde Dave había desaparecido.

—Eres mucho menos observador de lo que creía.

—¿De qué hablas?

Ella tomó su bolso.

—Algún día lo entenderás.

—Victoria.

—Nos vemos, Jason.

Se alejó.

Jason permaneció inmóvil.

Entonces volvió a mirar hacia el pasillo.

Dave.

Sintió una necesidad inmediata de encontrarlo.

Explicarle.

Decirle que no había nada entre Victoria y él.

La urgencia apareció tan rápido que finalmente se hizo una pregunta mucho más importante.

¿Por qué necesitaba que Dave lo supiera?

No tuvo respuesta.

Fue a buscarlo.

Lo encontró frente a los cereales.

Dave metía cajas dentro del carrito con una concentración exagerada.

—Dave.

—Ya encontré todo.

—Lo que viste…

—No tienes que explicarme nada.

Jason se detuvo.

—Quiero hacerlo.

Dave lo miró por primera vez.

—¿Por qué?

La pregunta lo dejó sin respuesta.

Dave sonrió sin alegría.

—Exactamente.

Volvió al carrito.

—Ella te besó. Es tu vida.

—No tengo nada con Victoria.

—No dije que lo tuvieras.

—Pero estás enfadado.

Dave soltó el aire.

—No estoy enfadado.

—Te conozco lo suficiente para saber cuándo lo estás.

Aquello dolió todavía más.

Porque era verdad.

Jason lo conocía.

Dave dejó una caja sobre el estante.

—Quiero irme a casa.

—Dave.

Jason tomó suavemente su brazo.

El joven se detuvo.

—¿Qué pasa?

Dave miró la mano que lo sujetaba.

Después a él.

—Nada.

—No te creo.

—Ese es tu problema.

Se liberó sin violencia.

—Ya tenemos todo.

Jason lo dejó marcharse.

El regreso fue completamente silencioso.

Al día siguiente, la casa Anderson estaba irreconocible.

Mesas en el jardín.

Flores.

Personal entrando y saliendo.

Constanza dando instrucciones.

Elizabeth protestando porque todo aquello era “demasiado” mientras sonreía cada vez que creía que nadie la observaba.

Jason intentó hablar con Dave varias veces.

No tuvo éxito.

El joven siempre encontraba alguna razón para alejarse.

—Dave.

—Tengo que ayudar a Constanza.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.