Donde Termina El Deber

14

La casa permanecía en silencio aquella mañana de domingo.

La celebración de Elizabeth había terminado mucho más tarde de lo planeado y, por una vez, ni Constanza parecía haber comenzado su rutina habitual al amanecer.

Dave bajó poco después de las nueve.

Tenía hambre.

El día anterior apenas había comido entre los preparativos, los nervios y todo lo que había ocurrido después.

Sobre todo después.

Entró en la cocina y abrió el refrigerador.

Leche.

Fruta.

Huevos.

Algunas cosas que Constanza había guardado de la fiesta.

Dave observó todo sin ver realmente nada.

Su cabeza estaba en otro lugar.

En su habitación.

En Jason sosteniendo su rostro.

En sus labios.

En aquel primer beso inseguro que él mismo había iniciado.

Y después en el segundo.

El de Jason.

Ese era el que no conseguía dejar de recordar.

Cerró los ojos.

Había ocurrido.

Realmente había ocurrido.

Jason lo había besado.

Y no se había arrepentido.

O al menos eso había dicho.

Mañana hablamos.

Dave abrió nuevamente los ojos.

Ese mañana ya había llegado.

Y ahora no estaba tan seguro de querer tener aquella conversación.

Tal vez Jason hubiera tenido toda la noche para pensar.

Tal vez hubiera llegado a la conclusión de que había cometido un error.

Tal vez…

—Buenos días.

Dave se sobresaltó y casi golpeó la puerta del refrigerador.

Giró.

Jason estaba en la entrada de la cocina.

No llevaba traje.

Aquello por sí solo resultaba extraño.

Vestía una camiseta oscura y pantalones deportivos. Tenía el cabello todavía un poco desordenado y parecía haber dormido aproximadamente lo mismo que Dave.

Nada.

—Buenos días —respondió.

Jason lo observó.

Dave volvió rápidamente hacia el refrigerador.

—¿Buscas algo?

—Desayuno.

—Eso ya lo imaginaba.

Dave hizo una mueca.

—Entonces ¿para qué preguntas?

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Jason.

Y ahí estaba otra vez.

La tranquilidad.

Como si besar a su cliente la noche anterior fuera una cosa perfectamente normal.

Dave sacó el galón de leche.

—¿Dormiste bien? —preguntó Jason.

Dave evitó mirarlo.

—Más o menos.

—Yo también.

Hubo unos segundos de silencio.

Dave esperaba.

Jason parecía estar haciendo lo mismo.

Finalmente Dave no pudo soportarlo.

—Esto es incómodo.

Jason levantó una ceja.

—¿Qué cosa?

Dave lo miró incrédulo.

—¿De verdad?

Jason casi sonrió.

—Sé a qué te refieres.

—Ah, qué alivio.

Dave dejó la leche sobre la encimera.

—Porque estaba empezando a pensar que imaginé todo lo de anoche.

La expresión de Jason cambió.

—No lo imaginaste.

El corazón de Dave dio un pequeño salto.

—Bien.

—Bien.

Silencio otra vez.

Dave negó con la cabeza.

—Somos pésimos en esto.

Jason dejó escapar una breve risa.

—Eso parece.

Se acercó al refrigerador.

Por un momento quedó demasiado cerca.

Dave pudo percibir el olor de su loción.

Su cuerpo reaccionó inmediatamente.

Jason también pareció notarlo porque se detuvo.

Sus ojos se encontraron.

Ninguno se movió.

Después Jason abrió el refrigerador.

—¿Te gustan los hot cakes?

Dave parpadeó.

—¿Qué?

—Hot cakes.

—Sí…

Jason sacó los huevos.

—Entonces siéntate.

—¿Vas a cocinar?

—Sí.

Dave lo observó con profunda desconfianza.

—¿Sabes cocinar?

Jason se volvió lentamente.

—He conseguido sobrevivir treinta y ocho años.

—Eso no responde mi pregunta.

—Sé cocinar.

—No quiero enfermarme.

—Entonces puedes hacerlo tú.

Dave miró los ingredientes.

Después a Jason.

—Continúa.

Jason negó con la cabeza.

—Qué confianza.

Dave terminó sentado frente a la barra observándolo.

Jason preparaba la mezcla con una soltura que no esperaba.

—¿Dónde aprendiste?

—En casa.

—Pensé que en la Marina.

—También. Pero cocinar allí y cocinar bien son conceptos diferentes.

Dave sonrió.

Le gustaba verlo así.

Sin traje.

Sin aquella postura rígida que parecía acompañarlo cuando trabajaba.

Simplemente Jason.

Un hombre preparando desayuno un domingo por la mañana.

Era una imagen absurdamente doméstica.

Y quizá precisamente por eso lo hizo sentir algo extraño.

Bonito.

Peligrosamente bonito.

—¿Qué? —preguntó Jason.

Dave se dio cuenta de que lo estaba mirando.

—Nada.

—Llevas un minuto observándome.

—Estoy verificando que no pongas veneno.

—Claro.

Jason dio vuelta a uno de los hot cakes.

Dave siguió mirándolo.

La dureza que normalmente había en los ojos del mayor parecía desaparecer cuando estaba relajado.

Cada vez tenía más curiosidad por conocer al hombre que existía detrás de todas aquellas barreras.

Y sabía que había una parte importante de él que todavía desconocía.

Una mujer cuyo nombre había escuchado en medio de una pesadilla.

Madison.

No preguntó.

Todavía no.

Veinte minutos después había un plato frente a Dave.

Tomó el primer bocado.

Masticó.

Jason esperaba.

Dave intentó mantener una expresión seria.

—Bueno…

Jason entrecerró los ojos.

—¿Bueno?

—No están horribles.

—Dave.

La sonrisa terminó escapándose.

—Están muy buenos.

Jason negó con la cabeza.

—Eso creí.

—No sabía que tenías esta clase de cualidades.

—Tengo muchas cualidades.

Dave levantó la mirada.

El tono había sido claramente provocador.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Como cuáles?

Jason abrió la boca.

Dave se dio cuenta demasiado tarde de hacia dónde podía ir aquella conversación.




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