Una semana.
Dave no sabía que siete días podían sentirse tan largos.
Jason seguía en la misma cama.
Las mismas máquinas.
Los mismos sonidos.
La misma luz blanca entrando durante el día por la ventana de la habitación.
Y la misma ausencia de respuesta.
El disparo le había provocado una hemorragia grave. Los médicos habían conseguido estabilizarlo después de varias horas de cirugía, pero su cuerpo había sufrido demasiado.
Dave había escuchado términos que apenas comprendía.
Pérdida masiva de sangre.
Shock hipovolémico.
Falta de oxígeno.
Coma.
Posibles complicaciones.
Cada explicación médica parecía terminar de la misma manera.
Había que esperar.
Dave había comenzado a odiar aquella palabra.
Esperar.
Esperar que despertara.
Esperar que reaccionara.
Esperar que no apareciera una infección.
Esperar que su cuerpo decidiera regresar.
Mientras tanto, él había dejado de vivir fuera de aquellas paredes.
La universidad dejó de importarle.
Sus amigos dejaron de existir.
Su teléfono permanecía horas sin batería.
Dormía sobre un sillón junto a la cama de Jason y comía únicamente cuando Elizabeth o Constanza prácticamente lo obligaban.
Su mundo se había reducido a una habitación.
Y al hombre que permanecía inmóvil dentro de ella.
—Mi niño.
Dave no respondió.
Estaba sentado junto a Jason, sosteniendo su mano.
Elizabeth apoyó ambas manos sobre sus hombros.
—Dave.
Él finalmente levantó la cabeza.
—¿Qué?
Su abuela sintió dolor al verlo.
Tenía profundas ojeras.
El cabello desordenado.
Había adelgazado.
—Tienes que ir a casa.
Dave negó inmediatamente.
—No.
—Solo unas horas.
—No.
—Necesitas bañarte, dormir en una cama, comer algo de verdad…
—Puedo hacerlo aquí.
Elizabeth suspiró.
—No puedes vivir en un hospital.
Dave volvió a mirar a Jason.
—Él sí.
La respuesta le rompió el corazón.
Elizabeth tomó una silla y se sentó junto a él.
—Tu semestre tampoco se ha detenido.
—No me importa.
—A ti sí te importa.
—No ahora.
—Dave…
Él soltó la mano de Jason.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que vaya a clases como si nada hubiera pasado?
La voz comenzó a quebrársele.
—¿Que me siente a escuchar a un profesor mientras no sé si Jason va a despertar?
—No.
—Entonces déjame estar aquí.
—Quiero que continúes viviendo mientras esperas.
Dave la miró.
—No puedo.
Elizabeth permaneció callada unos segundos.
Había una pregunta que llevaba días guardando.
Aunque, en realidad, hacía mucho que conocía la respuesta.
—Lo amas.
Dave quedó completamente inmóvil.
El miedo apareció inmediatamente en sus ojos.
—Abuela…
Elizabeth no apartó la mirada.
—Lo amas, ¿verdad?
Dave tragó saliva.
Por un instante volvió a sentirse como aquel niño que había aprendido demasiado pronto que ciertas partes de sí mismo podían provocar rechazo.
Pensó en su padre.
En sus palabras.
En todo lo que había escondido.
—Yo…
Elizabeth levantó una mano y acarició su mejilla.
—No tengas miedo de mí.
Aquello fue suficiente.
Los ojos de Dave se llenaron de lágrimas.
—Sí.
Su voz salió apenas.
—Lo amo.
Elizabeth cerró los ojos un instante.
Después sonrió con tristeza.
—Ya lo sabía.
Dave parpadeó.
—¿Qué?
—Cariño, tengo setenta y cinco años. No estoy ciega.
A pesar del dolor, una risa pequeña escapó de Dave.
—Pensé que…
—¿Que iba a enfadarme?
Bajó la mirada.
—No sabía qué ibas a pensar.
—Pensaría exactamente lo mismo que pienso ahora.
Elizabeth tomó sus manos.
—Que mi nieto está sufriendo porque el hombre que ama está en esa cama.
Dave comenzó a llorar.
—Me dijo que me amaba.
—Lo sé.
—Fue justo antes…
No pudo continuar.
Elizabeth lo acercó contra su pecho.
—Me lo dijo y después recibió esa bala por mí.
—Dave…
—Debí quedarme escondido como me pidió.
—No hagas eso.
—Si yo no hubiera salido…
—No puedes reconstruir aquella noche buscando una versión en la que tú tengas la culpa.
Dave cerró los ojos.
—Pero se puso delante de mí.
—Porque tomó una decisión.
Elizabeth acarició su cabello.
—Y ahora lo que puedes hacer por él no es destruirte esperando que despierte.
Dave se separó un poco.
—¿Y si despierta cuando no estoy aquí?
—Entonces alguien te llamará y vendrás corriendo como el dramático que eres.
Dave soltó una pequeña risa húmeda.
—Abuela…
—Estoy hablando en serio.
Ella sostuvo su rostro.
—Yo pasé meses dentro de hospitales con tu abuelo.
Dave conocía aquella historia.
Su abuelo había enfermado gravemente años atrás. Un tumor en el hígado terminó convirtiendo sus últimos meses en una sucesión de ingresos, médicos y habitaciones parecidas a aquella.
Elizabeth había permanecido a su lado hasta el final.
—Sé lo que es creer que, si sales cinco minutos, algo terrible ocurrirá —continuó—. Sé lo que es sentir culpa por comer mientras la persona que amas no puede hacerlo. Por dormir cuando él no puede despertar.
Sus ojos se humedecieron.
—Pero también aprendí que amar a alguien no significa dejar de existir mientras lo cuidas.
Dave bajó la mirada.
—Tengo miedo.
—Yo también.
Elizabeth lo abrazó.
—Pero necesitas estar fuerte cuando Jason despierte.
Cuando.
No si.
Dave cerró los ojos.
—¿Crees que despertará?
—Creo que tenemos que esperar que lo haga.
Dave asintió lentamente.
Quizá podía intentarlo.
No abandonar a Jason.
Simplemente aprender a seguir respirando mientras esperaba.