Kali — Oaxaca, 2024
El lápiz llevaba dos horas moviéndose.
Kali no lo había planeado así. Había apagado la lámpara a las once con la intención honesta
de dormir, pero a la una de la mañana la lámpara estaba encendida otra vez y la libreta
abierta sobre la cama y ella sentada con las piernas cruzadas copiando fragmentos del diario
con una concentración que no había pedido permiso para instalarse.
Era una costumbre de cuando estudiaba en la UNAM. Cuando algo no le entraba por la
cabeza lo copiaba a mano hasta que su cuerpo lo aprendía antes que su mente. Sus
compañeros lo llamaban manía. Ella lo llamaba método.
Esta noche el método no estaba funcionando del todo.
Había copiado doce fragmentos, los había subrayado, los había conectado con flechas,
había dibujado un mapa rudimentario de la costa de Oaxaca con los lugares que mencionaba
el diario. Todo tenía sentido por partes. Nada tenía sentido completo.
Excepto una frase que no era de Humberto. Que él había copiado de algún otro lugar con
una letra más lenta y más cuidadosa que el resto del diario.
Ndaa guendanabani, ni cadi nisa guiba.
La había escrito seis veces en la libreta. La séptima vez la escribió en el reverso de su mano
con el lápiz, como un recordatorio que no pudiera perder.
A las seis y media cerró la libreta, se puso la misma ropa del día anterior y salió a la calle.
* * *
Oaxaca de mañana temprano era completamente diferente a la ciudad de noche que la había
perseguido horas antes.El aire tenía esa frescura particular de las ciudades en altura, limpio y ligeramente frío, con
algo vegetal mezclado, el olor de la tierra de las macetas que los vecinos sacaban a los
balcones antes del calor. Las campanas de Santo Domingo marcaron las siete con una
gravedad que llenó toda la calle y rebotó entre las fachadas de cantera verde que a esa hora,
con la luz horizontal de la mañana, tenían un color que Kali no supo cómo describir. No era
verde exactamente. Era algo más antiguo que el verde.
Caminó hacia el mercado Benito Juárez sin un plan claro.
Necesitaba comer algo y necesitaba pensar y ambas cosas las podía hacer caminando, que
era como mejor pensaba desde los dieciséis años cuando su madre le había dicho que tenía
el cerebro en los pies y ella había decidido tomarlo como cumplido.
El mercado la recibió con un golpe sensorial que la detuvo dos segundos en la entrada.
Primero el chocolate. Ese olor oscuro y tostado del cacao recién molido que salía de los
puestos de la esquina norte donde las máquinas trabajaban desde el amanecer y convertían
los granos en una pasta espesa que olía a algo entre el café y la tierra y algo más dulce que
ambos. Era un olor que entraba directo al estómago antes de pasar por la nariz.
Luego la hierba santa, ancha y perfumada, apilada en manojos verdes junto a los chiles
secos que colgaban de las vigas en ristras oscuras. El epazote. El copal ardiendo en un
bracero pequeño junto a un altar de la Virgen improvisado en un rincón donde nadie
estorbaba pero todos respetaban.
Y debajo de todo, constante y honesto, el olor a comal caliente y masa fresca.
Kali compró un atole de guayaba en el primer puesto que encontró y lo bebió de pie,
quemándose la lengua porque no tuvo paciencia, mirando el mercado desperezarse a su
alrededor. Los locatarios acomodaban sus puestos con esa eficiencia silenciosa de quien
lleva años haciendo lo mismo en el mismo orden. Una señora separaba quelites con dedos
que no necesitaban mirar lo que hacían. Un hombre viejo amarraba manojos de flores de
cempasúchil con un mecate tan rápido que sus manos casi no se veían.
Kali no sabía exactamente qué estaba buscando.
Sabía que necesitaba a alguien que conociera la historia de la región desde adentro, no
desde los libros sino desde la memoria. Alguien que pudiera escuchar los fragmentos del
diario sin llamar a las autoridades ni reportarle a nadie. Alguien viejo. Alguien que guardara
cosas.Caminó entre los pasillos estrechos del mercado con el atole en la mano y la mochila en la
espalda y la frase del diario dando vueltas en su cabeza como había estado haciendo desde
la una de la mañana.
Ndaa guendanabani, ni cadi nisa guiba.
La repitió en voz muy baja, casi sin mover los labios, solo para mantenerla presente, para
que no se le escapara entre tanto estímulo sensorial. Era una costumbre técnica, la misma
que usaba cuando necesitaba memorizar una secuencia de pasos de restauración en medio
de un trabajo delicado. Repetir sin pensar para que el cuerpo recuerde lo que la mente puede
olvidar.
Ndaa guendanabani, ni cadi nisa guiba.
Pasó frente a un puesto de hierbas medicinales en el pasillo central. Manojos colgados del
techo, frascos de vidrio con cosas secas adentro, bolsas de papel rotuladas con letra
manuscrita. Detrás del puesto una mujer muy pequeña y muy anciana estaba de espaldas
acomodando algo en un estante bajo, con esa lentitud cuidadosa de quien sabe exactamente
lo que hace y no necesita apurarse.
Kali pasó de largo.
Dio tres pasos más.
Y repitió la frase.
Ndaa guendanabani, ni cadi nisa guiba.
La anciana se detuvo.
No volteó. Solo se detuvo. Sus manos dejaron de moverse sobre el estante y su espalda
encorvada se quedó completamente quieta, con esa quietud que no es pausa sino atención
absoluta, la quietud de alguien que acaba de escuchar algo que no esperaba escuchar nunca
más.
Kali no lo notó de inmediato. Siguió dos pasos adelante antes de darse cuenta de que algo
había cambiado en el aire a su alrededor, una tensión nueva que no estaba ahí un segundo