Kali — Oaxaca, 2024
El teléfono vibró cuando Doña Conchita estaba sirviendo el chocolate.
Kali lo miró un segundo antes de contestar. Era Fuentes. Eso solo podía significar dos cosas
y ninguna era buena.
— Señorita Vargas — dijo la voz del encargado, con ese tono de quien está leyendo algo
mientras habla —. Le llamo porque esta mañana se presentó una orden institucional firmada
por la Dirección de Patrimonio Cultural del estado. Removieron el legajo de Asuntos Civiles
1840-1860 que usted estaba revisando ayer.
Kali no dijo nada durante tres segundos.
— ¿Lo removieron.
— Así es. La orden llegó a las ocho de la mañana. Yo no tenía autoridad para detenerlo.
— ¿Quién firmó?
— Un licenciado Castellanos. De la Dirección estatal. Yo nunca había visto su nombre antes.
Kali miró la cámara que llevaba en la mochila. Las fotos. Cuarenta y siete páginas
fotografiadas la noche anterior con la respiración contenida y los guantes puestos y el
corazón corriendo más rápido de lo que debería.
— Entendido — dijo —. Gracias por avisarme.
Colgó.
Doña Conchita había dejado las tazas de chocolate sobre la mesita de madera del puesto y
la miraba con esos ojos oscuros que no preguntaban pero que tampoco necesitaban hacerlo.
El chocolate humeaba con ese olor oscuro y dulce del cacao oaxaqueño recién hecho,
espeso y real, el tipo de olor que en otras circunstancias habría detenido a Kali un momento.
Ahora no.— Malas noticias — dijo la anciana. No era pregunta.
— El documento que encontré ya no está en el archivo — dijo Kali —. Lo removieron esta
mañana con una orden oficial.
Doña Conchita asintió despacio, con la cadencia de quien escucha algo que esperaba pero
que de todas formas duele confirmar.
— Así trabajan — dijo simplemente.
Kali envolvió las manos alrededor de la taza. La palma derecha protestó con ese ardor sordo
del corte de dos noches atrás, todavía vivo debajo de la venda improvisada. Lo ignoró. Afuera
en el mercado el ruido seguía su ritmo constante, ajeno a todo, el mundo funcionando con su
indiferencia habitual.
— Doña Conchita — dijo Kali —. Necesito que me cuente sobre San Marcos Yaganiza.
La anciana no respondió de inmediato. Tomó su propia taza. La sostuvo sin beber. Miró un
punto fijo en la madera del estante frente a ella con una expresión que Kali no supo descifrar
del todo, algo entre el cansancio y la decisión de hablar o no hablar.
— Es un pueblo de la sierra — dijo finalmente —. En la zona alta de la Sierra Juárez.
Zapoteco de toda la vida.
— ¿Existe todavía?
— Existe la gente. El nombre en los mapas oficiales no existe desde 1848. — Una pausa
larga. — Borraron el nombre pero no pudieron borrar a las personas. Las personas se
quedaron. Sin nombre oficial, sin registro, sin los derechos que el registro les daba. Como si
nunca hubieran estado ahí.
Kali sacó su libreta. Empezó a escribir.
— ¿Por qué lo borraron?
— Porque las tierras que usaban desde antes de que llegaran los españoles eran tierras que
alguien más quería. — Otra pausa. — Las tierras de la sierra tienen madera. Tienen agua.
Tienen caminos naturales que conectan la costa con los valles centrales. En 1847 eso valía
más de lo que vale hoy.
— ¿Y los documentos que prueban los derechos de esa comunidad?
Doña Conchita giró la taza entre sus manos. Despacio.— Mi abuela me contó que existían papeles muy antiguos. Títulos que venían de antes de la
independencia, de cuando la Corona todavía reconocía que esas tierras pertenecían a las
comunidades. Papeles que alguien escondió cuando entendió que iban a desaparecer. — Se
detuvo. — Siempre pensé que era un cuento de los que se cuentan para no olvidar. No para
encontrar.
— No es un cuento — dijo Kali —. Los vi. Los toqué. Están en las fotos de mi cámara.
Los ojos oscuros de Doña Conchita se movieron hacia la mochila de Kali con una lentitud que
contenía algo parecido al miedo y algo parecido a la esperanza y no era fácil distinguir cuál
de los dos pesaba más.
— ¿Y quién más sabe que los tienes?
Kali pensó en los pasos de la noche anterior. En el callejón oscuro. En la respiración
controlada detrás de ella.
— Alguien — dijo.
Doña Conchita asintió como si eso fuera exactamente lo que esperaba escuchar.
— ¿El apellido Urquiza aparece en esos papeles? — preguntó Kali.
El cambio fue inmediato.
No fue dramático, no fue un gesto grande ni una expresión exagerada. Fue algo mucho más
pequeño y por eso más difícil de ignorar. La anciana dejó de moverse. La taza quedó quieta
entre sus manos. Sus hombros subieron apenas un centímetro, ese movimiento involuntario
del cuerpo cuando escucha algo que reconoce como peligro antes de que la mente lo
procese.
Tres segundos de silencio absoluto.
Luego Doña Conchita se levantó. Recogió las tazas con movimientos precisos y controlados.
Las llevó al fondo del puesto donde había una cubeta con agua.
— Ya es tarde — dijo, de espaldas a Kali.
— Doña Conchita.
— Ya es tarde, mija.Su voz no era fría. Era algo peor. Era la voz de alguien que ha aprendido a cerrar ciertas
puertas con una velocidad que el miedo enseña mejor que cualquier otra cosa.
Kali cerró su libreta. No se movió todavía.
— Entiendo — dijo en voz baja —. No voy a pedirle que confíe en mí ahora. Solo le pido que
no cierre la puerta del todo.
Silencio.
Luego, sin voltear:
— Espera afuera.
* * *
Kali esperó de pie junto al pasillo del mercado con la mochila cruzada al pecho y la mente
corriendo más rápido que sus pies podían seguir. El mercado a esa hora olía diferente que