Kali — Oaxaca, 2024
El nombre seguía en la pantalla.
Vargas. Subrayado dos veces. Firmante.
Kali no se movió. No porque no pudiera sino porque moverse implicaba aceptar que el mundo
seguía existiendo después de leer eso, y por un momento no estuvo segura de querer
aceptarlo.
Doña Conchita la miró durante un largo rato. Afuera, en el patio, empezó a caer una lluvia fina
que golpeaba las hojas anchas de los plátanos con un sonido suave y constante. El olor a
tierra mojada entró por la puerta abierta, mezclándose con el chocolate frío de las tazas, ese
olor a petricor oaxaqueño que parece venir de las piedras mismas, como si el adobe llevara
siglos esperando ese momento para soltar su propio aroma.
— Hay dos Vargas en esta historia — dijo Doña Conchita finalmente.
Kali levantó la vista.
— El que firmó — continuó la anciana — y el que se opuso. — Hizo una pausa, escogiendo
las palabras con el cuidado de quien maneja algo filoso. — Mi abuela hablaba de un hombre
llamado Refugio Vargas. Hermano del que firmó. Cuando supo lo que su hermano había
hecho, intentó llevar una copia de los papeles a la sierra para advertir a la gente antes de que
llegaran los hombres armados.
— ¿Lo logró?
— A medias. Llegó tarde para salvar a todos pero a tiempo para salvar a algunos. — Doña
Conchita la miró directamente. — La frase que Humberto escribió, sangre de Vargas también,
no era una acusación. Era una advertencia para quien encontrara el diario. Decía: cuidado,
hay sangre de los dos lados en este apellido. El que te ayuda y el que te traiciona pueden
compartir la misma mesa.Las paredes ocres de la habitación, oscurecidas por la humedad de la lluvia, parecían más
rojas ahora, casi del color de la tierra después de un golpe. Kali sintió que algo en su pecho
se aflojaba un poco, no del todo, pero lo suficiente para poder respirar.
— Xtiidxa' — dijo Doña Conchita en voz baja, casi para sí misma —. La palabra. Lo que se
promete. Refugio Vargas hizo una promesa y la cumplió a medias, pero la cumplió. Eso
cuenta, badudxaapa'. Eso cuenta más de lo que crees.
Octavio se levantó de golpe.
Había estado junto a la ventana, observando la calle a través de la lluvia, y ahora su cuerpo
entero había cambiado de postura, tenso como una cuerda.
— Hay alguien afuera — dijo.
Sofía se acercó a la ventana. Miró.
— ¿Quién?
— Se llama Anselmo Pacheco — dijo Octavio, y su voz tenía un peso nuevo, algo parecido al
miedo pero más controlado —. Trabajaba conmigo. Si Urquiza lo mandó a él, ya no está
mandando advertencias.
La lluvia caía más fuerte ahora, un repiqueteo constante sobre el techo de lámina del patio.
Las calles de Jalatlaco, normalmente llenas de vida incluso con mal clima, estaban
completamente vacías. Ese silencio particular que cae sobre Oaxaca cuando el cielo se abre
de verdad, cuando hasta los perros callejeros buscan refugio bajo los aleros.
— Sofía, los pasajes — dijo Octavio.
Sofía ya se estaba moviendo, pero Doña Conchita no.
La anciana se levantó de su silla con esa lentitud que Kali ya conocía, pero había algo
diferente en sus ojos ahora. Algo decidido.
— Lleven la pieza — dijo —. Y las fotos. Yo me quedo.
— Tía, no —
— Esta es mi casa — dijo Doña Conchita, y su voz no dejaba espacio para discusión —.
Llevo ochenta y dos años en esta casa. No voy a correr de ella en mis últimos años como no
corrieron mis abuelas en los suyos.— Doña Conchita, por favor — dijo Kali, sintiendo el pánico subir por su garganta.
La anciana la tomó de la mano, la mano vendada, con una fuerza sorprendente para alguien
tan menuda.
— Tú tienes que llegar a la sierra — dijo —. Tú tienes el diario. Sofía tiene la pieza. Yo solo
tengo esta casa y ochenta y dos años. Eso ya no sirve para correr. Pero sí sirve para detener
a un hombre el tiempo suficiente.
La puerta principal recibió un golpe.
No fue un toquido. Fue un golpe, de hombro o de bota, algo pesado contra madera vieja.
— Vayan — dijo Doña Conchita, soltando la mano de Kali —. Ndaa guendanabani. La vida
verdadera. Eso es lo que ustedes llevan ahora. Váyanse.
Octavio ya estaba moviendo el armario del fondo, revelando un hueco en la pared, una
abertura baja que daba a oscuridad total. Sofía empujó a Kali hacia ahí con la pieza de barro
envuelta contra su pecho.
— ¡Tía!
— ¡VETE! — La voz de Doña Conchita sonó con una fuerza que Kali no hubiera creído
posible en ese cuerpo pequeño.
La puerta cedió en ese momento.
Lo último que Kali vio, antes de que Octavio la jalara hacia la oscuridad del pasaje, fue a
Doña Conchita de pie en el centro de la habitación, completamente sola, con la espalda recta
y la cabeza en alto, mirando hacia la puerta que se abría con la misma calma con que había
mirado las fotos del diario unas horas antes.
* * *
El pasaje era angosto y olía a piedra húmeda, a gato, a cien años de humedad acumulada
entre dos paredes que apenas dejaban espacio para caminar de costado. No había luz. Kali
avanzaba guiándose con la mano izquierda contra la piedra fría, sintiendo la textura áspera
del adobe viejo, mientras con la derecha apretaba la pieza de barro contra su pecho con una
fuerza que hacía arder el corte de la palma.
El dolor le recordaba que estaba viva.Detrás de ellos, amortiguado por la distancia y las paredes gruesas, llegó un sonido.
Un disparo.
Kali se detuvo en seco. Sofía, adelante de ella, también se detuvo. Por un momento nadie se
movió, nadie respiró, el pasaje entero pareció contener el aliento.
Luego, más débil, casi imposible de distinguir del sonido de la lluvia, llegó algo más.