Kali — Sierra Juárez, 2024
La camioneta del primo de Sofía, un Ford pickup de los noventa pintado de un verde que ya
no tenía nombre, tomaba las curvas con un gemido que Kali prefería no pensar demasiado
en qué significaba.
Subían desde hacía dos horas.
El cambio había sido gradual al principio y luego, de pronto, total. Las palmeras y los árboles
de hoja ancha de la ciudad habían cedido paso a pinos cada vez más altos, encinos
retorcidos que se aferraban a las laderas con raíces visibles como nudos de músculo. El aire
entraba por la ventana entreabierta más frío con cada kilómetro, más delgado, cargado de un
olor a resina y tierra húmeda que no se parecía en nada al copal de la ciudad.
Kali miraba por la ventana las terrazas de cultivo talladas en las montañas, escalones verdes
de maíz que algún antepasado había diseñado con una precisión que ninguna máquina
moderna hubiera podido superar, generaciones de manos dándole forma a la ladera para que
la tierra pudiera dar lo que daba. Más arriba, donde el cultivo cedía a la montaña salvaje, las
nubes se enredaban entre los picos como si la sierra misma respirara y esa fuera su forma de
exhalar.
— Ahí — dijo Sofía, señalando un punto en el horizonte donde una cascada diminuta caía por
una barranca lejana, apenas un hilo blanco contra el verde oscuro —. Esa barranca tiene
nombre zapoteco que significa donde el agua canta. Mi tía me trajo aquí de niña.
Su voz se quebró ligeramente en la última palabra. Era la primera vez que mencionaba a
Doña Conchita desde que salieron de Oaxaca.
Octavio, sentado atrás con la pieza de barro envuelta en su tela sobre las piernas, la giraba
despacio entre las manos, estudiando las incisiones con una concentración que Kali no le
había visto antes.
— Esto no es solo un mapa — dijo de pronto.Kali volteó.
— ¿Qué quieres decir?
— Mira esta secuencia de puntos. — Octavio señaló un patrón de pequeñas marcas
alrededor del borde circular de la pieza —. No son aleatorios. Si los cuento... son veinte. Y
hay un grupo de cinco separado de los otros quince por esta línea más profunda.
— Un calendario — dijo Kali, inclinándose para ver mejor.
— El sistema calendárico zapoteca usaba veinte días por mes, organizados en grupos. —
Octavio la miró —. Trabajé brevemente en un proyecto de catalogación arqueológica antes
de... bueno. Antes de Urquiza. Esto podría no ser solo dónde está la cueva. Podría ser
cuándo se puede entrar.
— ¿Cuándo?
— Necesito más tiempo para descifrarlo. Pero hay algo aquí marcado de forma diferente.
Una fecha específica.
La camioneta dio un tirón violento y el motor soltó un sonido que no era de máquina sino de
protesta final.
— No, no, no — murmuró el primo de Sofía, un hombre callado de unos cuarenta años
llamado Renato, mientras orillaba el vehículo hacia el único espacio plano disponible en ese
tramo de curva cerrada, con una barranca profunda a un lado y la pared de roca al otro.
El motor murió.
* * *
Bajaron mientras Renato levantaba el cofre y soltaba una serie de palabras que Kali no
necesitó traducir para entender el sentimiento general. El silencio de la sierra, una vez
apagado el motor, era casi físico, denso, interrumpido solo por el viento entre los pinos y,
muy lejos, el canto de algún pájaro que Kali no supo nombrar.
Fue Octavio quien lo vio primero.
— No se muevan — dijo en voz baja.
Kali siguió su mirada hacia atrás, hacia el tramo de carretera que habían dejado minutos
antes, una cinta de asfalto agrietado serpenteando entre dos laderas boscosas.Había un vehículo detenido ahí. Una camioneta oscura, demasiado lejos para distinguir el
color exacto o si había gente adentro, pero claramente detenida, sin razón aparente para
estarlo en ese tramo sin curvas ni cruces.
— ¿Crees que nos siguió desde Oaxaca? — preguntó Sofía.
— No lo sé — dijo Octavio —. Pero no se detiene nadie ahí sin motivo.
Observaron durante un minuto entero. La camioneta no se movió.
— Renato — dijo Sofía sin alzar la voz —, ¿cuánto falta para arreglar esto?
— Si es lo que creo, diez minutos.
— Hazlo rápido.
El vehículo lejano seguía inmóvil cuando por fin el motor de la pickup volvió a la vida con un
rugido que sonó, para Kali, como el sonido más hermoso que había escuchado en su vida.
Subieron de prisa. Cuando Kali miró por el espejo retrovisor unos minutos después, el otro
vehículo ya no estaba donde lo habían visto.
Eso no la tranquilizó en absoluto.
* * *
San Marcos Yaganiza apareció ante ellos al doblar una última curva, asentado en una
hondonada entre dos crestas montañosas como si la sierra hubiera ahuecado las manos para
sostenerlo.
Era pequeño. Casas de adobe con techos de teja roja desgastada por décadas de lluvia,
dispuestas no en cuadrícula sino siguiendo la lógica caprichosa del terreno, calles de tierra
apisonada que subían y bajaban según la inclinación natural de la ladera. En el centro, una
iglesia de cantera gris, mucho más humilde que cualquiera de las de Oaxaca ciudad, con una
sola torre y una campana que en ese momento permanecía en silencio.
Alrededor del pueblo, las milpas formaban un cinturón verde brillante que contrastaba contra
el verde oscuro y profundo de los pinos que subían por las laderas hasta perderse en las
nubes bajas de la tarde.
El humo de las cocinas se elevaba en columnas delgadas desde varios techos, recto al
principio y luego deshaciéndose en el aire frío de la altura.Bajaron de la camioneta frente a lo que parecía ser la plaza central, apenas un espacio de
tierra apisonada con una cruz de piedra en el medio. Algunas personas se asomaron desde