Kali — Sierra Juárez, 2024
La oscuridad de la cueva era total.
Kali apretó los documentos contra su pecho con ambas manos, sin pensar en la palma
vendada, sin sentir el ardor. Afuera las voces seguían, dos hombres al menos, moviéndose
entre los árboles con una seguridad que no era la de gente que busca sino la de gente que ya
encontró.
— Hay otra salida — dijo Octavio en la oscuridad, tan cerca que Kali sintió su respiración.
— ¿Cómo lo sabes?
— Porque cuando trabajaba para Urquiza investigué este lugar. Él lleva años sabiendo que la
cueva existe, solo que no sabía entrar. — Una pausa —. Todas las cuevas ceremoniales
zapotecas tienen dos entradas. Una principal y una de escape. Es arquitectura, no accidente.
— ¿Dónde?
— Al fondo. Tiene que estar al fondo.
Sofía ya se estaba moviendo, la mano extendida tocando la pared de la cueva con esa
confianza de quien ha aprendido a moverse por lugares oscuros. Kali la siguió. Octavio cerró
el grupo.
Avanzaron hacia el interior más profundo de la cámara, alejándose del eco de las voces
afuera, hacia donde el silencio se volvía más denso y el olor a mineral más intenso. La mano
de Sofía se detuvo de pronto.
— Aquí — susurró.
Una corriente de aire. Fría, delgada, viniendo de algún punto en la roca que a simple vista era
igual al resto de la pared pero que el aire delataba como diferente. Kali palpó con los dedos
hasta encontrar el borde de una abertura, más pequeña que la entrada principal, suficiente
para pasar agachado.— Yo primero — dijo Octavio.
Desapareció en la oscuridad.
Treinta segundos que a Kali le parecieron media hora.
— Está despejado — llegó su voz, amortiguada, desde el otro lado.
Sofía pasó. Luego Kali, con los documentos envueltos apretados contra el pecho,
agachándose hasta casi arrastrarse, sintiendo la roca fría rozarle la espalda, respirando ese
aire que olía a tierra profunda y a tiempo sin contar.
Salió al otro lado de la ladera, la que daba hacia el norte, cubierta de vegetación densa que
los ocultó de inmediato. La luz del sol entre los pinos era dorada y directa a esa hora, hiriendo
los ojos después de la oscuridad total.
Se quedaron quietos durante un minuto entero, escuchando.
Las voces de los hombres seguían en el lado opuesto de la cueva, moviéndose alrededor de
la entrada principal que seguía, para ellos, cerrada y vacía.
— Vamos al pueblo — dijo Sofía —. Por ese lado.
* * *
Encontraron a don Anastasio sentado en una piedra a veinte metros del sendero principal,
con tres hombres del pueblo de pie a su alrededor, machetes en mano, ninguno de ellos con
cara de haber tenido una mañana tranquila.
El anciano los vio llegar y su expresión no cambió demasiado, como si hubiera esperado
exactamente esto.
— ¿Cuántos son? — preguntó Octavio.
— Dos llegaron por el sendero principal — dijo uno de los hombres del pueblo, joven, con una
cicatriz en el mentón que sugería que esta no era su primera situación difícil —. Otros dos se
quedaron en el camino con un vehículo. Cuando los vimos subir mandamos aviso al pueblo.
— ¿Los detuvieron?
— Los convencimos de que no valía la pena seguir subiendo. — El hombre miró sus propias
manos, luego miró a Octavio con una expresión que no era amenazante sino informativa —.Aquí sabemos cómo defender lo nuestro, señor. Llevamos siglos haciéndolo.
Kali miró a Sofía. Sofía miraba el suelo con los ojos brillantes.
— Gracias — dijo Kali al hombre.
Él asintió sin mayor ceremonia, como quien recibe agradecimiento por algo que habría hecho
de todas formas.
Don Anastasio se levantó con ayuda de su bastón y miró el bulto que Kali cargaba contra el
pecho.
— ¿Los encontraron?
— Sí.
El anciano cerró los ojos un momento. Cuando los abrió había algo diferente en su cara, no
alivio exactamente sino la expresión de quien ha esperado algo tanto tiempo que cuando
llega no sabe todavía qué hacer con el espacio que deja la espera.
— Entonces — dijo — hagámoslo bien.
* * *
De regreso en la casa de don Anastasio, con café de olla humeando en las tazas y el sol ya
alto sobre San Marcos Yaganiza, Kali extendió los documentos sobre la mesa con el cuidado
meticuloso de su oficio mientras simultáneamente abría su laptop con la otra mano.
Tenía tres llamadas que hacer.
La primera fue a Carmen Ríos, periodista de investigación que llevaba una década cubriendo
despojo de tierras indígenas en Oaxaca y cuyo número Kali había guardado en su teléfono
dos años atrás después de leer uno de sus reportajes sin saber nunca que iba a necesitarlo.
— Tengo los títulos primordiales de San Marcos Yaganiza — dijo Kali cuando Carmen
contestó —. Originales. Con documentación fotográfica del proceso de hallazgo. Y el nombre
de la familia que orquestó el despojo en 1847 y que sigue controlando esas tierras hoy.
Silencio al otro lado.
— ¿Dónde estás? — dijo Carmen.
— En el pueblo.— No te muevas. Voy para allá.
La segunda llamada fue a la doctora Amparo Villanueva, abogada especializada en derechos
territoriales indígenas que trabajaba con una organización en Oaxaca ciudad y que, según
Sofía, era la única persona en la región capaz de mover un caso así por los canales correctos
a la velocidad que este momento requería.
La tercera llamada fue al único contacto del instituto en quien confiaba todavía, una
investigadora de mayor rango que le había enseñado los fundamentos de la restauración
documental en su primer año y que, Kali sabía con certeza, no tenía ninguna relación con
Urquiza porque llevaba veinte años peleando contra exactamente ese tipo de personas.