Kali — Sierra Juárez, 2024
Tres días después del hallazgo, San Marcos Yaganiza olía igual que siempre.
A pino y a tierra húmeda y a maíz tostado en los comales de las cocinas. Las mujeres del
pueblo cargaban leña por los mismos caminos de siempre. Los niños jugaban en la plaza con
esa energía inagotable que tienen los niños en todas partes y en todas las épocas. El humo
de las cocinas subía recto hacia un cielo que había decidido ser azul esa mañana, sin nubes,
sin promesas de lluvia.
Todo igual.
Kali lo notó y supo que debería reconfortarla y no lo hacía.
Trabajaba desde las seis de la mañana en la mesa de don Anastasio, con guantes de látex
que la nieta del anciano había conseguido en el pueblo vecino, catalogando los documentos
originales con la metodología que había aprendido en la UNAM y que ahora aplicaba con una
concentración que era en parte profesional y en parte el único recurso que tenía contra el
ruido de su propia cabeza.
El artículo de Carmen había salido dos días antes en uno de los diarios de mayor circulación
del país. El titular era directo y el texto más aún, nombres, fechas, evidencia fotográfica, la
historia de San Marcos Yaganiza contada sin eufemismos y con el apellido Urquiza escrito
completo en el tercer párrafo. Kali lo había leído tres veces, buscando errores, encontrando
ninguno.
La doctora Villanueva había activado el proceso legal con tres comunidades más que se
sumaron al caso en menos de cuarenta y ocho horas. El instituto había emitido un
comunicado de protección oficial sobre los documentos. Dos universidades habían pedido
acceso para investigación.
Todo avanzaba.Sofía entró a la habitación con dos tazas de café y las puso sobre la mesa sin decir nada.
Desde hacía dos días marcaba el número de Renato cada mañana con esa regularidad
silenciosa de quien repite un ritual sabiendo que quizás no sirve de nada pero que no puede
dejar de hacer.
— ¿Contestó? — preguntó Kali sin levantar la vista de los documentos.
— No.
— A lo mejor perdió el teléfono.
— Sí — dijo Sofía, con ese tono de quien repite algo que necesita seguir creyendo aunque
algo más hondo le diga otra cosa.
Kali tomó su café. Siguió trabajando.
Afuera, en el camino principal del pueblo, un perro ladró tres veces y se calló.
* * *
Octavio recibió la llamada a las once de la mañana.
Kali lo supo antes de que colgara porque vio su espalda cambiar, esa rigidez particular que
ya conocía en él, la postura de quien está recibiendo información que necesita procesar
antes de poder mostrarla en su cara.
Habló en voz baja durante dos minutos. Luego guardó el teléfono.
Se quedó de pie junto a la ventana mirando hacia la calle sin moverse.
— ¿Qué pasó? — dijo Kali.
Octavio no respondió de inmediato. En ese silencio de tres segundos Kali entendió, sin que
nadie le dijera nada, que algo había cambiado de manera irreversible.
— Encontraron a Renato — dijo Octavio finalmente.
Sofía estaba en la puerta de la cocina con una cuchara en la mano. No se movió.
— ¿Dónde? — dijo su voz, plana y quieta de una manera que Kali reconoció como el sonido
que hace alguien cuando se prepara para recibir algo que no quiere recibir.— En su departamento en Oaxaca. — Octavio giró hacia ella. La miró directamente porque
era lo mínimo que merecía. — Un contacto mío en la ciudad me acaba de llamar. La versión
oficial es un accidente doméstico.
— ¿Y la versión no oficial?
— Que era demasiado limpio para ser un accidente.
La cuchara cayó al suelo de tierra apisonada.
Sofía no la recogió. No se movió para recogerla. Se quedó exactamente donde estaba, de pie
en el marco de la puerta, y algo en su postura cambió de una manera difícil de describir,
como si el cuerpo estuviera recalibrando su propio peso.
Un minuto entero sin que nadie hablara.
Kali contó los segundos sin querer contarlos.
Luego Sofía dijo algo en voz muy baja. No en español. Las palabras eran zapotecas, pocas,
lentas, con ese ritmo que Kali ya había aprendido a reconocer como el ritmo de las cosas que
se dicen cuando ya no quedan palabras en ninguna otra lengua.
Don Anastasio, que había estado sentado en su silla junto a la lumbre sin participar en nada
de la conversación, cerró los ojos.
Los tuvo cerrados durante el tiempo que Sofía habló.
Cuando los abrió su expresión era diferente, más vieja y más pesada, la de alguien que
acaba de escuchar algo que reconoce porque ya lo ha escuchado antes en otras bocas y en
otros tiempos.
Nadie dijo nada más durante un rato largo.
* * *
La noticia del licenciado Castellanos llegó al día siguiente.
Kali la encontró en su teléfono a las siete de la mañana, un artículo breve en la sección de
nota roja de un diario local de Oaxaca. Funcionario de la Dirección de Patrimonio Cultural
encontrado sin vida en su oficina. Suicidio según las primeras investigaciones.
Lo leyó dos veces.Luego lo pasó a Octavio sin decir nada.
Octavio leyó. Dobló el teléfono sobre la mesa con la pantalla hacia abajo. Tampoco dijo nada.
Kali soltó el lápiz que tenía en la mano y pensó en la voz de Castellanos tres días atrás. Esa
cualidad cansada que no había sabido nombrar en el momento pero que ahora, con el peso
de lo que sabía, reconocía como el sonido específico de alguien que ya ha tomado una
decisión o que sabe que alguien más la tomó por él.
Tenga cuidado. Con todos.
No había sido una amenaza. Había sido una despedida.
Había llamado para avisar porque era lo único que todavía podía hacer, y lo había hecho
sabiendo que esa llamada probablemente aceleraría lo que ya era inevitable para él.