Kali — Sierra Juárez, madrugada de 2024
Sofía gritaba desde el patio.
No era el grito de alguien asustado sino el grito de quien ve algo que necesita que otros vean
también, urgencia pura sin adornos. Kali se levantó del petate sin hacer preguntas, ya había
aprendido que en la sierra no había tiempo para preguntas después de ese tipo de sonido.
Octavio estaba en el patio junto al pozo de agua con una herida en el costado izquierdo que
no era limpia ni pequeña. La sangre había empapado toda la mitad izquierda de su camiseta
y seguía saliendo en una cantidad que ninguno de los tres podía ignorar.
Su cara tenía ese color blanco particular que Kali reconoció de un documental sobre shock
hemorrágico que había visto años atrás, la piel reclamando sangre que el cuerpo ya no tenía
suficiente para distribuir.
— Fierro — murmuró Octavio, y su voz estaba muy lejos, como si viniera de debajo del agua
—. Lo encontré. Lo dejé, pero no lo suficiente.
Kali fue hacia él sin pensar en movimientos precisos. Sofía ya estaba sacando lo que
quedaba de las vendas que habían usado en cap 7, una eternidad atrás cuando el mundo
todavía tenía algún sentido de orden.
— ¿Cuánto tiempo hace? — preguntó Kali mientras rasgaba la camiseta para ver la
extensión del daño.
— Horas. Perdí cuenta. — Octavio intentó sonreír y falló. — Tenía que llegar antes de que
amaneciera.
La herida era profunda. No de bala sino de cuchillo, o de algo filudo y violento usado en una
pelea donde ambos hombres sabían exactamente cómo matar. Kali podía ver los bordes
desgarrados del corte, la grasa subcutánea visible, el color interior de alguien que
normalmente permanece escondido.Don Anastasio apareció en la puerta con agua caliente sin que nadie le pidiera. Ya lo sabía.
Los ochenta y dos años le daban una capacidad para estar donde necesitaba estar.
— Hospital — dijo Sofía.
— No — dijo Octavio, y por primera vez su voz tuvo algo de firmeza a pesar de todo —.
Urquiza tiene gente en los hospitales. En los de Oaxaca, en los de la región. Cualquier
registro de entrada me sitúa.
Nadie discutió porque sabían que tenía razón.
— La cueva — dijo don Anastasio simplemente.
* * *
Llevarlo fue lo más complicado de todo lo que habían hecho hasta ese momento.
Octavio no podía caminar derecho. Sofía lo sostenía de un brazo. Kali del otro. Bajaban por
caminos que parecían hermosos en la luz filtrada del amanecer que estaba llegando, pinos
altos, helechos entre las rocas, el olor a resina y a tierra mojada que debería haber sido
reconfortante pero que ahora solo era el telón de fondo de un hombre desangrándose.
Cada paso dejaba gotas de sangre en el camino, una ruta que cualquiera podía seguir.
— Fierro me dijo algo — murmuró Octavio entre respiraciones laboriosas —. Mientras
estábamos en el suelo, mientras yo le tenía el cuchillo presionado contra su garganta pero no
lo terminaba. Me dijo un nombre.
Kali no respondió. Solo siguió moviéndose.
— Dijo que la orden no vino de Urquiza. Que Urquiza solo ejecuta. Que el que
verdaderamente quiere que desaparezcamos está en la Ciudad de México. En el instituto.
Kali sintió algo en el pecho que no era miedo sino reconocimiento de algo que ya sabía sin
saber que lo sabía.
— ¿El nombre? — preguntó.
— No lo recuerdo. La sangre. Todo se volvió rojo.
Entraron a la cueva con Octavio consciente apenas, sostenido por dos mujeres y la fuerza de
voluntad de alguien que sabía que si se desmayaba ahora no volvería a despertarse.Adentro hace frío. Frío absoluto. Frío que detiene el sangrado pero que también detiene otras
cosas, el movimiento, el tiempo, la esperanza de que todo esto terminara de alguna manera
diferente.
Lo recostaron sobre el suelo de piedra y Kali hizo lo que pudo con la herida, lo cual fue muy
poco. Limpió. Presionó. Esperó que el frío hiciera su parte.
Octavio se durmió o perdió la consciencia. No había diferencia real.
* * *
Sofía encontró el teléfono cuando Kali estaba buscando agua en un rincón de la cueva.
Era nuevo. Smartphone último modelo. Colocado deliberadamente en una repisa natural de
roca, donde alguien que buscara algo específico lo encontraría.
El teléfono de Fierro.
Kali lo abrió.
Fotos. Docenas de fotos. Ella desayunando en la casa de don Anastasio. Ella caminando al
borde del pueblo. Ella durmiendo en su petate hace tres días. Una foto tomada desde el
borde de la ventana de la habitación donde dormía.
Mensajes de texto sin leer.
Ubicación confirmada. Grupo en cueva. Octavio herido. Listo para operación.
¿Procedo?
Aguardando órdenes.
Los últimos mensajes tenían timestamp de hace menos de una hora.
Fierro no había desaparecido. Fierro nunca había dejado de vigilar. Y Fierro estaba
esperando órdenes mientras su teléfono yacía en una cueva a metros de donde Octavio
agonizaba.
Eso significaba que Fierro estaba cerca.
Sofía lo vio en la cara de Kali.— ¿Qué? — preguntó.
Kali le mostró el teléfono.
Sofía miró las fotos sin decir nada. Luego metió la mano en su bolsillo y sacó el machete que
don Anastasio le había dado la primera noche que llegaron al pueblo.
No lo desenvainó. Solo lo sostuvo.
— Luces — susurró Kali.
Las vieron casi al mismo tiempo. Linternas. Moviéndose entre los árboles, acercándose.
Voces que no gritaban pero que hablaban con la claridad de quien sabe exactamente dónde
está su presa.
* * *
Don Anastasio llegó por la entrada principal diez minutos después.
No debería haber podido llegar tan rápido desde el pueblo, no con sus rodillas, no a su edad.