Kali — Oaxaca, día
El primer disparo llegó cuando Kali y Sofía estaban en el Zócalo.
No fue un disparo de advertencia. Fue un disparo que buscaba matar, que pasó a
centímetros de la cabeza de Sofía y se incrustó en una fachada de cantera verde con un
sonido seco que hizo que toda la multitud entendiera de pronto que algo real estaba pasando.
Fierro estaba a dos cuadras de distancia, de pie en la entrada de una tienda, con una pistola
en la mano y la expresión de alguien que acababa de comprender que ya no había más
juego.
— Corre — dijo Kali.
No fue una sugerencia.
* * *
La persecución a través de Oaxaca ciudad no fue ordenada. Fue caótica. Fue dos mujeres
intentando sobrevivir a través de un laberinto de calles estrechas, plazas, mercados, iglesias,
todo lo que Oaxaca ofrecía como escape.
Fierro las seguía sin apuro. Sabía que no tenían lugar adónde ir. Sabía que la ciudad misma
era su aliada, que cada calle la llevaba más profundo, no hacia afuera.
Entraron al Mercado Benito Juárez buscando perder a Fierro entre los puestos. El olor a
copal y a chocolate y a hierbas medicinales que Kali había reconocido como hermoso
semanas atrás ahora era solo laberinto. Sofía corría adelante. Kali atrás con la mochila
golpeándole la espalda a cada paso.
El segundo disparo atravesó un puesto de frutas. Las naranjas explotaron en color. Los
vendedores gritaron. La multitud se dispersó en pánico que ayudó a Kali a desaparecer entre
los cuerpos.Fierro entró al mercado atrás de ellas, caminando entre las tiendas con esa calma de quien
sabe exactamente dónde están sus presas.
Sofía conocía una ruta. Una salida desde el mercado hacia las azoteas de las casas
coloniales que conectaban con callejones. Era arriesgada. Viejas. Pero era movimiento.
Treparon. Saltaron de un techo a otro, la ciudad se desplegaba abajo como un mapa de
piedra y tejas rojas. Fierro no podía seguirlas tan fácil pero podía apuntar.
El tercer disparo pasó entre ellas mientras cruzaban de una azotea a otra. El sonido rebotó
en los edificios coloniales. La ciudad entera pareció estar disponiéndose a sí misma.
* * *
Bajaron a los callejones cuando Fierro se acercó demasiado.
Las calles traseras de Oaxaca eran más estrechas, más antiguas, más propensas a los
puntos ciegos donde alguien podía desaparecer por un segundo. Sofía corría con una mano
presionando su hombro, donde el segundo disparo de Fierro la había alcanzado. No sangre
abundante pero sangre. Suficiente para que Kali viera que el tiempo se estaba terminando.
Fierro salió de un callejón lateral directamente en su camino.
Estaba más cerca ahora. Lo suficientemente cerca para ver sus ojos. Lo suficientemente
cerca para que Kali viera que no había compasión ahí, solo trabajo.
El cuarto disparo casi les da. Sofía tropezó. Kali la jaló hacia una puerta abierta, entraron a
una casa cuyo dueño estaba en el mercado, corrieron a través de habitaciones que olían a
incienso y a comida cocinada, salieron por otra puerta hacia otra calle.
Fierro entraba a la casa mientras salían de ella.
* * *
Llegaron a una plaza que Kali no reconoció.
Era pequeña. Cuadrada. Con una fuente en el centro que ya no tenía agua. Callejones en
todos lados pero ninguno que llevara a seguridad real, solo que llevaran más profundo en la
ciudad.
Sofía se detuvo. Kali se detuvo.Ambas sabían que este era el punto donde el espacio se termina.
Fierro entró a la plaza desde el callejón por donde habían venido.
Las vio. No había multitud aquí. No había testigos. No había escapatoria.
Levantó la pistola lentamente.
— Aquí termina — dijo.
* * *
Sofía sacó el cuchillo.
Era el mismo cuchillo que había tenido desde Jalatlaco, desde la noche que Doña Conchita
murió. Lo había cargado durante toda esta semana, debajo de su ropa, donde nadie lo veía
pero donde ella sabía que estaba.
Fierro vio el cuchillo y sonrió. Una sonrisa sin humor. La sonrisa de alguien que ha visto esta
película muchas veces.
— No es suficiente — dijo.
Pero Sofía ya estaba en movimiento.
No corrió hacia él con la intención de apuñalarlo dramáticamente. Simplemente corrió.
Directamente. Con el cuchillo adelante. Con la rabia de una semana de pérdidas convertida
en acción.
Fierro disparó.
La bala le rozó la costilla. No la detuvo. Sofía estaba dentro de su espacio, demasiado cerca
para que el arma fuera ventaja.
El cuchillo entró en el brazo de Fierro, el que sostenía la pistola.
La pistola cayó.
Fierro gritó. Por primera vez en toda esta persecución, el profesional frío emitió un sonido que
no era controlado. El sonido de alguien que finalmente entiende que está perdiendo.
Sofía no se detuvo. El cuchillo entró de nuevo. Esta vez en el muslo.Fierro cayó de rodillas.
* * *
Kali corrió hacia la pistola.
Sus manos temblaban cuando la levantó. Nunca había sostenido un arma antes. La pistola
se sentía demasiado pesada y demasiado ligera al mismo tiempo, como si no fuera
completamente real.
Sofía estaba de pie sobre Fierro con el cuchillo todavía en la mano.
Ambas sabían que podrían matarlo ahora. Que sería fácil. Que Fierro ya no tenía defensa.
Fierro estaba en el suelo, herido en la pierna, en el brazo, en el muslo. Sangrando.
Esperando.
Sofía miró a Kali.
Kali bajó la pistola lentamente.
— No vale la pena — dijo.
Sofía bajó el cuchillo. No por compasión sino por el agotamiento de comprender que matar a
Fierro no traería de vuelta a Renato, a Doña Conchita, a Castellanos, a Carmen.
Que si lo hacía, se convertía en asesina y eso era un peso que no podía cargar encima de