< Miray >>
El zumbido de la cafetera era la banda sonora de mi vida. Un ruido de fondo constante, tan predecible como los suspiros que se me escapaban cada vez que sentía ese pequeño tirón en mi delantal que conocía demasiado bien.
-¡Miray! ¡Anda! No seas mala -la voz quejumbrosa de Monserrat cortó el ritmo monótono de la mañana. Al girarme, me encontré con esos ojos color chocolate que me miraban suplicantes, rodeados de pestañas tan largas que parecían de mentira.
-Monse, mi amor, por favor... -suspiré, dejando la taza que estaba secando-. Estoy trabajando. ¿No puedes colorear un poco más? Tu princesa está quedando preciosa.
-Pero ya terminé a la princesa -argumentó con esa lógica infantil que siempre me desarmaba-. Ahora quiero colorear al payaso, ¡pero necesito ver uno de verdad!
La había traído a mi trabajo en la cafetería El Rincón Dulce porque la guardería de mi tía estaba cerrada por mantenimiento, y mi pequeño torbellino personal de cinco años no me daba tregua. Monserrat era mi mejor regalo, el ser que más amaba en este mundo, pero su tenacidad podía agotar hasta a un santo.
-Pero prometí que no te molestaría -insistió, haciendo ese puchero que siempre ablandaba mi corazón-. Y no lo he hecho, ¿ves? Solo... pregunto.
Sonreí a regañadientes. Faltaban tres días para junio, y el nuevo circo que había llegado a la ciudad -el Circo del Ritmo y Sorpresas- era el único tema que ocupaba su mente desde que vio el cartel brillante en las redes sociales sobre mi hombro.
-Miray, si me llevas, te prometo que lavo los platos por una semana -negoció con una seriedad que no correspondía a su edad, cruzando su pequeño dedo meñique sobre su corazón-. Y... y guardo todos mis juguetes sin que me lo pidas.
-Es una oferta tentadora, pequeña -admití, acariciando su suave cabello castaño-. ¿Y tu mamá? ¿No podría llevarte el fin de semana?
Su carita se ensombreció de inmediato, y ese simple gesto me partió el alma en mil pedazos. -Ella trabaja... -murmuró, encogiendo sus pequeños hombros-.
Esa frase. Esa era la frase que siempre me destrozaba por dentro. Mi tía, su madre, trabajaba sin descanso desde que el padre de Monse las había decidido que ser padre era un hobby muy exigente para el y las había abandonado hacía tres años. Yo, con mis veintidós años recién cumplidos, me había convertido en su hermana mayor, su confidente, su refugio seguro. Me esforzaba cada día para que, a pesar de todas las ausencias, se sintiera profundamente amada y protegida.
-Lo pensaré, Monse. En serio, lo pensaré mucho -concedí, con un suspiro de resignación que venía de lo más hondo. No era solo el circo, era la culpa constante de no poder darle todo lo que merecía, de no poder compensar todas las carencias que la vida le había dado.
Su sonrisa, instantánea y tan radiante que parecía iluminar toda la cafetería, fue mi recompensa. -¡Sabía que dirías que sí! -gritó, abrazándome las piernas con una fuerza inusual para su tamaño-. ¡Eres la mejor prima del mundo mundial!
Antes de que pudiera responder, ya estaba corriendo de vuelta a su mesa, donde su libro para colorear esperaba como un campo de batalla de crayones de colores.
-Oye, avísame cuando quieras renunciar -murmuró Tomás a mi lado, buscando desesperadamente un panecillo de chocolate mientras yo servía un capuchino con la mano libre-. Lo hacemos juntos. Un pacto de sangre. Podemos huir a un pueblo costero y abrir un puesto de smoothies.
-Es un trato -respondí con una sonrisa cansada-. Pero por ahora, necesito que sobrevivamos a esta hora punta sin que me echen por incompetente.
Tomás asintió con esa complicidad que solo se desarrolla entre compañeros de trabajo que han sufrido juntos los peores turnos. En un gesto que lo definía por completo, tomó el panecillo de chocolate que finalmente encontró y se acercó a la mesa de Monse.
-Para la artista más talentosa del Rincón Dulce -anunció con una reverencia exagerada que hizo reír a Monse.
-¡Gracias, Tomás! -cantó ella, cogiendo el panecillo con manos manchadas de crayón azul.
Él se volvió hacia mí, señalándose a sí mismo con el pulgar. -Apúntame eso. Un panecillo, cargado a la cuenta de Tomás "el futuro fugitivo" Rodríguez.
-Queda anotado -asentí, sintiendo una sonrisa genuina asomarse por primera vez en horas.
Cuando la calma relativa llegó después del desayuno, Tomás se apoyó en la barra junto a mí mientras lavaba tazas.
-En serio con lo del circo, ¿eh? -preguntó en voz baja, mirando a Monse que ahora cantaba una canción inventada mientras coloreaba.
-No tengo opción -susurré, frotando con más fuerza de la necesaria una mancha de labial en una taza-. La miras y dime que no harías lo mismo.
Tomás siguió mi mirada. Monse había pegado uno de sus dibujos en la pared detrás de su mesa, un corazón morado con las palabras "PARA MIRAY" escritas en letras temblorosas.
-Justo lo que pensaba -dijo él con un suspiro-. Oye, ¿cuánto cuestan las entradas?
-Demasiado para lo que gano -confesé, sintiendo un nudo en el estómago-. Pero pediré horas extra esta semana. Tal vez pueda vender algunos de mis viejos libros...
-No seas tonta -Tomás se enderezó, con esa expresión que adoptaba cuando tenía una idea-. Escucha, Monse es como una hermanita menor para mí, te ayudaré a conseguir las entradas a ese lugar así me cueste un riñón, después de todo se puede sobrevivir con uno solo - bromeó
-Tomás, no puedo pedirte eso...
-No me lo estás pidiendo, te lo estoy ofreciendo -interrumpió, con un gesto de despreocupación que no lograba ocultar su bondad- además ... a ella -señaló con la cabeza a Monse- le va a encantar.
En ese momento, supe que Tomás no era solo mi compañero de trabajo, sino uno de esos ángeles disfrazados que la vida te envía cuando más los necesitas.
-Gracias -logré decir, con la voz un poco quebrada-. En serio, gracias.
-No hay de qué -respondió, encogiéndose de hombros-. Pero esto significa que me debes una. Y algún día cobraré mi deuda.