Donde termina la música

El hermano que se quedó atrás

No recuerdo el día exacto en que mi hermano se fue.
Recuerdo el ruido.
Recuerdo a mi madre gritando mi nombre con una voz que no le conocía, como si se le hubiera quebrado algo por dentro. Recuerdo una puerta cerrándose demasiado fuerte. Recuerdo mis manos pequeñas aferradas a su falda, temblando, sin entender por qué de pronto la casa se sentía más vacía.
Gael tenía cinco años.
Yo, siete.
A mí nadie me explicó nada.
Solo supe que una mañana desperté y su cama estaba hecha. Demasiado ordenada. Como si nunca hubiera dormido ahí. Como si él nunca hubiera existido.
—Se lo llevaron —escuché decir a mi madre días después, con la mirada perdida—. Dijeron que iba a estar mejor.
Mejor.
Esa palabra se convirtió en una burla con los años.
Nuestra casa era pequeña, húmeda, con paredes que se descascaraban como nuestra esperanza. Mi madre trabajaba limpiando casas ajenas, regresaba agotada, con las manos partidas y los ojos apagados. Yo aprendí temprano que llorar no servía de nada.
En el barrio nadie te regalaba compasión.
Ahí aprendí a correr antes que a confiar. A callar antes que a preguntar. A mirar al piso para evitar problemas… o a levantar la mirada para provocarlos.
La violencia no llegó de golpe.
Llegó en empujones. En gritos. En puños cerrados que no sabían amar.
Cuando mi madre comenzó a traer hombres a la casa, yo dejé de sentirme un niño.
Algunos gritaban. Otros bebían. Uno pegaba.
Yo me encerraba en el baño, apretaba los dientes y pensaba en un hermano al que apenas podía recordar el rostro. Me preguntaba si él también escuchaba gritos antes de dormir. Si también tenía miedo.
Pero en el fondo ya sabía la respuesta.
Él estaba a salvo.
Yo no.
A los doce años dejé la escuela.
No porque quisiera.
Porque necesitábamos comer.
Empecé haciendo mandados, luego vigilando esquinas. Nadie te enseña cuándo cruzás la línea. Simplemente un día te das cuenta de que ya no hay vuelta atrás.
Fue ahí cuando conocí a Bruno.
No parecía un monstruo.
Eso era lo peligroso.
Tenía una sonrisa tranquila, una voz firme, y una manera de mirarte que te hacía sentir visto. Importante. Necesario.
—Tenés rabia —me dijo una vez—. Y hambre. Eso se puede usar.
Yo no pregunté para qué.
A los quince ya sabía pelear. A los dieciséis ya sabía obedecer. A los diecisiete ya tenía sangre en las manos… aunque no quisiera admitirlo.
La banda se convirtió en mi familia. La calle, en mi escuela. El miedo, en mi sombra.
Y aun así… había noches en las que soñaba con Gael.
Con su risa. Con su voz llamándome hermano. Con una vida que no fue mía.
Nunca imaginé que el destino iba a ser tan cruel como para cruzarnos de nuevo.
Cuando Bruno me habló de la beca, pensé que era una broma.
—Es simple —me dijo—. Entrás, te mezclás, cumplís la misión y salís.
No me dijo el nombre al principio.
Cuando lo hizo, sentí algo romperse dentro de mí.
La escuela. El apellido. La familia.
Mi hermano.
—¿Y si no acepto? —pregunté.
Bruno me miró como se mira a alguien que ya está muerto.
—No hay “si”.
Acepté.
Porque siempre acepto. Porque sobrevivir tiene un precio. Porque algunos nacimos para cargar culpas que no elegimos.
No sabía que esa decisión me iba a llevar directo al infierno.
No sabía que ahí conocería a Lía. Que volvería a sentir algo parecido al amor. Que el pasado y el presente chocarían de frente.
Y que, al final…
iba a perderlo todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.