La escuela se alzaba frente a mí como un mal chiste.
Rejas blancas, jardines perfectos, vidrios brillantes. Todo demasiado limpio para alguien como yo. Me detuve del otro lado de la calle con la mochila colgada de un hombro y pensé que, si el mundo fuera justo, yo no debería estar ahí.
Pero la justicia nunca fue parte de mi historia.
Crucé la reja sintiéndome un intruso. Cada paso era una mentira nueva. El uniforme me quedaba raro, como si perteneciera a otro cuerpo. Me había mirado al espejo esa mañana y no me reconocí: el mismo rostro endurecido, pero envuelto en ropa cara.
No sos uno de ellos, me repetí.
El murmullo de voces jóvenes me golpeó de frente. Risas, bromas, planes para fiestas. Chicos que nunca habían contado monedas para comer. Chicas que no miraban por encima del hombro al caminar.
Yo sí.
Siempre.
Caminé por los pasillos intentando memorizar todo: salidas, cámaras, puntos ciegos. No por paranoia. Por costumbre. La violencia te entrena incluso cuando querés olvidarla.
—Ey, vos debés ser el nuevo.
Me giré.
Un tipo alto, sonrisa fácil, rodeado de gente. Seguro de sí mismo. Demasiado.
Y entonces lo vi bien.
Los ojos.
Ese maldito detalle que no cambia con los años.
El aire se me quedó atrapado en los pulmones.
Gael.
Mi hermano.
No me reconoció.
Y eso dolió más de lo que esperaba.
—Álex —dije, forzando la voz—. Becado.
Hubo un silencio incómodo. Algunos intercambiaron miradas. La palabra becado siempre suena diferente en lugares así.
—Gael —respondió él, extendiéndome la mano—. Bienvenido.
Cuando nuestras manos se tocaron, sentí un golpe seco en el pecho. No fue emoción. Fue rabia. Tristeza. Todo junto.
Él no sabe quién soy.
No sabe que compartimos sangre.
No sabe que yo me quedé.
—¿De dónde sos? —preguntó alguien más.
—De lejos —respondí.
No mentía.
Gael rió, como si mi respuesta fuera graciosa. Esa risa… la había olvidado. O tal vez la había enterrado.
—Hoy hay una fiesta —dijo—. Venís, ¿no?
Asentí sin pensar.
La misión exigía cercanía. El destino exigía crueldad.
Fue entonces cuando la vi.
Estaba sentada en las escaleras, leyendo, ajena al ruido. El sol le daba de costado y hacía que su cabello brillara. No era como las demás. No estaba pendiente de miradas ni de aprobación.
Lía.
No sabía su nombre aún, pero algo dentro de mí se tensó.
No fue deseo inmediato. Fue algo peor.
Paz.
Y yo no estaba hecho para sentir eso.
—Ella es Lía —dijo Gael, siguiendo mi mirada—. Mi amiga.
Mi objetivo, susurró una voz oscura en mi cabeza.
Pero cuando levantó la vista y nuestros ojos se encontraron, sentí que todo se desordenaba. No había miedo en su mirada. Tampoco juicio. Solo curiosidad.
—Hola —dijo.
Una palabra.
Y aun así me atravesó.
—Hola —respondí, más bajo de lo que quería.
Ese fue el comienzo de todo.
Las horas pasaron lentas. Clases, profesores que me observaban como si esperaran que fallara, compañeros que me medían. Yo jugaba el papel: callado, correcto, invisible.
Pero Lía no me ignoraba.
Me preguntó cosas simples. Si me gustaba leer. Si me costaba adaptarme. Si estaba bien.
Nadie me había preguntado eso en años.
La fiesta fue esa misma noche.
Luces, música, alcohol escondido. El tipo de noche donde todo puede romperse. Gael brillaba. Era querido. Admirado. Todo lo que yo nunca fui.
Lo vi mirarla. La forma en que se inclinaba hacia ella. Cómo se reían.
Y algo oscuro se movió en mi pecho.
Cuidado, me advertí.
Pero ya era tarde.
Lía me buscó entre la multitud. Se acercó. Demasiado cerca.
—No parecés de acá —me dijo.
—No lo soy.
—Se nota… pero no en el mal sentido.
Sonrió.
Y por primera vez en mi vida, quise ser alguien distinto.
Esa noche, mientras la música vibraba y el alcohol corría, entendí que la misión no iba a ser sencilla.
Porque matar a alguien es una cosa.
Pero enamorarte de ella…
Eso era otra condena.
Y el peor error de mi vida.
Editado: 08.02.2026